LA LUZ DE LA VERDAD QUE ILUMINA LA HISTORIA

Una primera lectura de la segunda parte de “Jesús de Nazareth”

Por Stefano Fontana*

Finalmente podemos ponernos ante la obra entera sobre Jesús de Nazareth escrita por Benedicto XVI. La segunda parte podrá iluminar a la primera y viceversa. Una obra es siempre un todo unitario y no un sencillo ensamblaje porque es siempre el todo el que da luz a las partes.

No hemos podido evitar replantearnos la pregunta: ¿Por qué Benedicto XVI ha decidido escribir este libro?

La respuesta es la misma que entonces: para mostrar que Jesús es el Mesías y que esta verdad de fe y de razón a la vez, es hoy, como siempre, el Camino hacia la Verdad y por tanto hacia la salvación. ¿Nada más que esto? Nada más.

 

Benedicto persigue este objetivo en cada línea de su libro, desde la Introducción hasta la exposición de la pasión, de la muerte y de la resurrección. Para poderlo seguir, y por tanto poder comprender y disfrutar la brillantez de sus observaciones y la genialidad de sus reconstrucciones, es necesario aceptar su punto de vista, que no es sólo histórico, sino que presupone siempre la verdad de la fe.

 

La gran pretensión de este libro es mostrar como la luz de la fe permite comprender hasta el final, también los hechos de la historia y que no es Jesús el que muestra al Mesías sino el Mesías que muestra a Jesús. Los hechos permanecerán incomprensibles sin la luz de la fe. Ratzinger lo había ya dicho en la Introducción del primer volumen y sigue así en toda la primera parte de la obra. En esta segunda parte se confirma esta perspectiva.

 

Centrémonos sus reflexiones sobre la cronología del relato de la Pascua. Los Evangelios Sinópticos proponen una cronología de los sucesos distinta de la del Evangelio de Juan. Para este último la muerte de Jesús se produce en la hora nona del viernes, en la vigilia de la Pascua judía, al mismo tiempo que el sacrificio de los corderos en el Templo de Jerusalén. En los Sinópticos, sin embargo, sucede en el mismo día de la Pascua judía. Desde el punto de vista de la fe, la versión de Juan es más densa y está más llena de significado: la Pascua de Jesús no es la Pascua de Israel, es una “nueva Pascua”, porque ahora el Cordero es Él mismo. El hecho de que su sacrificio sucede en el mismo momento en el que sucede el de los corderos, es, por tanto, teológicamente muy significativo. Esto ayuda también a la reconstrucción histórica en cuanto a que las tesis de los Sinópticos, aparentemente más verosímiles, pueden ser impugnadas con argumentos razonables, a favor de la versión de Juan. La cronología teológica ilumina también la cronología histórica.

 

De esto se deduce también, que todo el libro es una comparación con el Antiguo Testamento y con la religión judía. Ratzinger se encarga de mostrar como la figura de Jesucristo no es comprensible sin el Antiguo Testamento, que Él supera, proponiéndose a sí mismo como el “Nuevo Israel”. No se puede eliminar la Ley antigua: esta permanece y es superada, con la Nueva Ley que es Jesús mismo. La dimensión social de las leyes del sábado no son rechazadas por la anteposición del hombre al sábado, sino retomadas y confirmadas en la Nueva Alianza, una demostración de que Jesús se coloca como Dios. Lo mismo sucede en el relato del proceso a Jesús , conducido por Pilato, que Benedicto cuenta en esta segunda parte. Según Ratzinger la atribución de la culpa de la muerte del Mesías a los “judíos” entendida como “pueblo entero” está equivocada. La muerte de Dios no puede recaer sobre los judíos y sobre sus descendientes. El motivo de estas afirmaciones ¿son históricas o teológicas? Benedicto parte de la luz de la visión teológica: la sangre vertida por Jesús no es de condena sino de reconciliación. No exige venganza sino amor incondicional.

 

Desde esta perspectiva, trata después el análisis histórico, lingüístico, filológico para confrontar en terrenos, digamos, más profanos , la confirmación científica. Este análisis científico demostraría que la acusación de los Evangelios se dirigiría a “los sacerdotes del templo” y no a los judíos en cuanto a pueblo. Como se puede observar, la visión teológica y de fe no se añade después de que el método histórico-crítico ha seguido su curso y unido sus datos, sino que los anticipa instaurando con esto una diálogo circular.

 

Grandiosas, en este sentido, son las reflexiones sobre la Verdad a propósito del diálogo de Jesús con Pilatos, que le pregunta qué es la verdad. La respuesta de Jesús es que Él, Cristo mismo, es la verdad y que su Reino no es de este mundo. Ratzinger aprovecha para preguntar porque Pilatos lo condenó y para establecer una relación entre la Verdad de Dios y la sociedad humana. Pilatos no pudo haber condenado a Jesús porque lo considerase un peligro político: Él le había dicho claramente que su reino no era de este mundo. Más probable -y real- es el hecho de que Pilatos puede haber sido condicionado por un temor supersticioso, encontrando en Jesús algo extraño y por el peligro de perder su posición en el caso de un posible evento nefasto. En cuanto a la sociedad humana, dice Benedicto, esta se da cuenta ante Jesús, que dice ser la Verdad, de que tiene necesidad de ella, para no quedar a merced del más fuerte. También en este caso, por tanto, el anuncio de la verdad de la fe es luz que ilumina, en una relación circular, también la realidad histórica y humana.

 

Este libro de Benedicto XVI es muy importante. Ha afirmado que no lo ha escrito como Papa sino como teólogo y que puede ser rebatido por los estudiosos. También, a pesar de esta declaración, el libro desarrolla un papel muy importante no sólo para dar una dirección a los teólogos y exégetas, sino para poder entender mejor a este Papa y a la naturaleza de su Pontificado.

 

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*Stefano Fontana es director del Observatorio Internacional “Cardenal Van Thuan” sobre la Doctrina Social de la Iglesia (http://www.vanthuanobservatory.org/).

 

 

7 comentarios en “LA LUZ DE LA VERDAD QUE ILUMINA LA HISTORIA”

  1. Benedicto XVI: La Verdad ante Pilato Pasaje del libro “Jesús de Nazaret”

    Presentamos un pasaje del libro del Papa “Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección”, adelantado por la “Libreria Editrice Vaticana”, de acuerdo con “Ediciones Encuentro”, encargada de la edición de la obra en lengua española.

    El texto está tomado del tercer punto -“Jesús ante Pilato”- relativo al séptimo capítulo titulado “El proceso a Jesús”.

    * * *

    El interrogatorio de Jesús ante el Sane­drín concluyó como Caifás había pre­visto: Jesús había sido declarado culpa­ble de blasfemia, un crimen para el que estaba previsto la pena de muerte. Pero como la facultad de sancionar con la pena capital estaba reservada a los ro­manos, se debía transferir el proceso ante Pilato, con lo cual pasaba a primer plano el aspecto político de la senten­cia de culpabilidad. Jesús se había de­clarado a sí mismo Mesías, había, pues, reclamado para sí la dignidad regia, aunque entendida de una manera del todo singular. La reivindicación de la realeza mesiánica era un delito político que debía ser castigado por la justicia romana.

    En la descripción del desarrollo del proceso los cuatro evangelistas concuer­dan en todos los puntos esenciales. Juan es el único que relata el coloquio entre Jesús y Pilato, en el que la cues­tión de la realeza de Jesús, del motivo de su muerte, se resalta en toda su pro­fundidad (cf. 18,33-38).

    Pero preguntémonos antes de nada: ¿Quiénes eran exactamente los acusadores? ¿Quién ha insistido en que Jesús fuera condenado a muerte? En las res­puestas que dan los Evangelios hay di­ferencias sobre las que hemos de refle­xionar. Según Juan, son simplemente «los judíos». Pero esta expresión de Juan no indica en modo alguno el pue­blo de Israel como tal -como quizás podría pensar el lector moderno-, y mucho menos aún comporta un tono «racista». A fin de cuentas, Juan mis­mo pertenecía al pueblo israelita, como Jesús y todos los suyos. La comunidad cristiana primitiva estaba formada ente­ramente por judíos. Esta expresión tie­ne en Juan un significado bien preciso y rigurosamente delimitado: con ella designa la aristocracia del templo. En el cuarto Evangelio, pues, el círculo de los acusadores que buscan la muerte de Jesús está descrito con precisión y claramente delimitado: designa justamente la aristocracia del templo e, incluso en ella, puede haber excepciones, como da a entender la alusión a Nicodemo (cf. 7,50ss).

    Pasemos de los acusadores al juez, el gobernador romano Poncio Pilato. La imagen de Pilato en los Evangelios nos muestra muy realísticamente al prefecto romano como un hombre que sabía in­tervenir de manera brutal, si eso le pa­recía oportuno para el orden público. Pero era consciente de que Roma debía su dominio en el mundo también, y no en último lugar, a su tolerancia ante las divinidades extranjeras y a la fuerza pa­cificadora del derecho romano.

    Así se nos presenta a Pilato en el proceso a Jesús.

    La acusación de que Jesús se habría declarado rey de los judíos era muy grave. Es cierto que Roma podía reco­nocer efectivamente reyes regionales, como Herodes, pero debían ser legiti­mados por Roma y obtener de Roma la circunscripción y delimitación de sus derechos de soberanía. Un rey sin esa legitimación era un rebelde que amena­zaba la Pax romana y, por consiguiente, se convertía en reo de muerte. Pero Pi­lato sabía que Jesús no había dado lu­gar a un movimiento revolucionario. Después de todo lo que él había oído, Jesús debe haberle parecido un visiona­rio religioso, que tal vez transgredía el ordenamiento judío sobre el derecho y la fe, pero eso no le interesaba. Era un asunto del que debían juzgar los judíos mismos. Desde el aspecto del ordena­miento romano sobre la jurisdicción y el poder, que entraban dentro de su competencia, no había nada serio con­tra Jesús.

    La acusación provenía de los mismos connacionales de Jesús, de las autorida­des del templo. Para Pilato tuvo que ser una sorpresa que los compatriotas de Jesús se presentaran ante él como defensores de Roma, desde el momento que, por lo que conocía personalmente, no tenía la impresión de que fuera ne­cesaria una intervención.

    Pero he aquí que, de improviso, surge algo en el interro­gatorio que le in­quieta: la declara­ción de Jesús. A la pregunta de Pilato: «Conque ¿tú eres rey?», Él responde: «Tú lo dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mun­do, para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la ver­dad, escucha mi voz» (Jn 18,37). Ya antes Jesús había dicho: «Mi reino no es de este mun­do. Si mi reino fue­ra de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí» (18,36).

    Esta «confesión» de Jesús pone a Pi­lato ante una situación extraña: el acu­sado reivindica realeza y reino (basi­leia). Pero hace hincapié en la total di­versidad de esta realeza, y esto con una observación concreta que para el juez romano debería ser decisiva: nadie combate por este reinado. Si el poder, y precisamente el poder militar, es ca­racterístico de la realeza y del reinado, nada de esto se encuentra en Jesús. Por eso tampoco hay una amenaza para el ordenamiento romano. Este reino no es violento. No dispone de una legión.

    Con estas palabras Jesús ha creado un concepto absolutamente nuevo de realeza y de reino, y lo expone ante Pi­lato, representante del poder clásico en la tierra.

    Junto con la clara delimitación de la idea de reino (nadie lucha, impotencia terrenal), Jesús ha introducido un con­cepto positivo para hacer comprensible la esencia y el carácter particular del poder de este reinado: la verdad.

    Pero la verdad, ¿es acaso una catego­ría política? O bien, ¿acaso el «reino» de Jesús nada tiene que ver con la polí­tica? Entonces, ¿a qué orden pertenece? Si Jesús basa su concepto de reinado y de reino en la verdad como categoría fundamental, resulta muy comprensible que el pragmático Pilato preguntara: «¿Qué es la verdad?» (18,38).

    Es la cuestión que se plantea tam­bién en la doctrina moderna del Esta­do: ¿Puede asumir la política la verdad como categoría para su estructura? ¿O debe dejar la verdad, como dimensión inaccesible, a la subjetividad y tratar más bien de lograr establecer la paz y la justicia con los instrumentos disponi­bles en el ámbito del poder? Y la polí­tica, en vista de la imposibilidad de po­der contar con un consenso sobre la verdad y apoyándose en esto, ¿no se convierte acaso en instrumento de cier­tas tradiciones que, en realidad, son só­lo formas de conservación del poder?

    Pero, por otro lado, ¿qué ocurre si la verdad no cuenta nada? ¿Qué justicia será entonces posible? ¿No debe haber quizás criterios comunes que garanticen verdaderamente la justicia para todos, criterios fuera del alcance de las opiniones cambiantes y de las concentraciones de poder? ¿No es cierto que las gran­des dictaduras han vivido a causa de la mentira ideológica y que sólo la verdad ha podido llevar a la liberación?

    ¿Qué es la verdad? La pregunta del pragmático, hecha superficialmente con cierto escepticismo, es una cuestión muy seria, en la cual se juega efectiva­mente el destino de la humanidad. En­tonces, ¿qué es la verdad? ¿La pode­mos reconocer? ¿Puede entrar a formar parte como criterio en nuestro pensar y querer, tanto en la vida del individuo como en la de la comunidad?

    Dios es «ipsa summa et prima veritas, la primera y suma verdad» (S. Theol. I, q. 16, a. 5 c). Con esta fórmula estamos cerca de lo que Jesús quiere decir cuan­do habla de la verdad, para cuyo testi­monio ha venido al mundo. Verdad y opinión errónea, verdad y mentira, es­tán continuamente mezcladas en el mundo de manera casi inseparable. La verdad, en toda su grandeza y pureza, no aparece. El mundo es «verdadero» en la medida en que refleja a Dios, el sentido de la creación, la Razón eterna de la cual ha surgido. Y se hace tanto más verdadero cuanto más se acerca a Dios. El hombre se hace verdadero, se convierte en sí mismo, si llega a ser conforme a Dios. Entonces alcanza su verdadera naturaleza. Dios es la reali­dad que da el ser y el sentido.

    «Dar testimonio de la verdad» signi­fica dar valor a Dios y su voluntad frente a los intereses del mundo y sus poderes. Dios es la medida del ser. En este sentido, la verdad es el verdadero «Rey» que da a todas las cosas su luz y su grandeza. Podemos decir también que dar testimonio de la verdad signifi­ca hacer legible la creación y accesible su verdad a partir de Dios, de la Razón creadora, para que dicha verdad pueda ser la medida y el criterio de orienta­ción en el mundo del hombre; y que se haga presente también a los grandes y poderosos el poder de la verdad, el de­recho común, el derecho de la verdad.

    Digámoslo tranquilamente: la irre­dención del mundo consiste precisa­mente en la ilegibilidad de la creación, en la irreconocibilidad de la verdad; una situación que lleva necesariamente al dominio del pragmatismo y, de este modo, hace que el poder de los fuertes se convierta en el dios de este mundo.

    ¿Qué es la verdad? Pilato no ha sido el único que ha dejado al margen esta cuestión como insoluble y, para sus propósitos, impracticable. También hoy se la considera molesta, tanto en la contienda política como en la discusión sobre la formación del derecho. Pero sin la verdad el hombre pierde en defi­nitiva el sentido de su vida para dejar el campo libre a los más fuertes. «Re­dención», en el pleno sentido de la pa­labra, sólo puede consistir en que la verdad sea reconocible. Y llega a ser re­conocible si Dios es reconocible. Él se da a conocer en Jesucristo. En Cristo, ha entrado en el mundo y, con ello, ha plantado el criterio de la verdad en me­dio de la historia. La realeza anunciada por Jesús en las parábolas y, finalmen­te, de manera completamente abierta ante el juez terreno, es precisamente el reinado de la verdad. Lo que importa es el establecimiento de este reinado como verdadera liberación del hombre.

    Pilato era ciertamente un escéptico. Pero como hombre de la Antigüedad tampoco excluía que los dioses, o en todo caso seres parecidos, pudieran aparecer bajo el aspecto de seres huma­nos. Juan dice que los «judíos» acusa­ron a Jesús de haberse declarado Hijo de Dios, y añade: «Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más» (19,8). Pienso que se debe tener en cuenta este miedo de Pilato: ¿acaso ha­bía realmente algo de divino en este hombre? Al condenarlo, ¿no atentaba tal vez contra un poder divino? ¿Debía esperarse quizás la ira de estos pode­res? Pienso que su actitud en este pro­ceso no se explica únicamente en fun­ción de un cierto compromiso por la justicia, sino precisamente también por estas cuestiones.

    Obviamente, los acusadores se perca­tan muy bien de ello y, a un temor, oponen ahora otro temor. Contra el miedo supersticioso por una posible presencia divina, ponen ante sus ojos la amenaza muy concreta de perder el fa­vor del emperador, de perder su puesto y caer así en una situación delicada. La advertencia: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César» (Jn 19,12), es una in­timidación. Al final, la preocupación por su carrera es más fuerte que el mie­do por los poderes divinos.

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  2. El libro del Pontífice sobre Cristo es de lectura obligada
    El volumen 2 de “Jesús de Nazareth” es denso pero merece la pena
    Por el padre Thomas Rosica, CSB

    La renovadora experiencia de leer las Escrituras es algo muy querido por el Papa Benedicto XVI. Su primer libro “Jesús de Nazareth” es una obra maestra y un modelo auténtico de erudición sobre las Escrituras, la vívida experiencia de oración y de pensamiento de la Iglesia, de fe, de piedad y de devoción todo unido en uno.

    Estoy muy agradecido a Ignatius Press por haberme invitado a leer el segundo manuscrito de Benedicto XVI: Jesús de Nazareth, parte II: la Semana Santa -De la Entrada a Jerusalén a la Resurrección”, antes de su publicación y presentación al mundo realizado por la oficina de prensa.

    Como estudiante de las Sagradas Escrituras, erudito y lector en el Nuevo Testamento, pasé dos días leyendo el nuevo y denso texto de Benedicto XVI (Joseph Ratzinger), y salí de esta experiencia como si fuese un retiro bíblico sobre los relatos de los evangelios de la Pasión y Resurrección, que son las historias que están en el corazón de la fe cristiana.

    Este libro debe ser de lectura obligatoria para todos los obispos, sacerdotes, ministros pastorales y católicos serios que quieren encontrarse con Jesús de Nazareth y aumentar el conocimiento sobre la misma persona de Jesús y el misterio central de nuestra fe, creo que no hay mejor manera de prepararse para la Semana Santa y la Pascua de este año, que leyendo este texto.

    Le advierto que no es una lectura fácil, sino más bien un texto denso y de meditación que requiere de frecuentes pauses e incluso de ratos de oración para absorber la riqueza del pensamiento de Benedicto.

    La conducta de Judas

    Permítame centrarme en tres puntos importantes que Benedicto XVI ha destacado de la Pasión y Resurrección de Jesús.

    Todos hemos observado que el tema de la amistad con Jesús es uno de los temas centrales de la predicación de Benedicto XVI. No sorprende, por tanto, que este tema sobresalga en las narraciones de la Pasión. El Papa dice que Judas vivió dos tragedias: la traición y un “equivocado tipo de remordimiento”, que es un remordimiento en el que “no cabe la esperanza”.

    Benedicto XVI destaca que Juan no ofrece una “interpretación psicológica” de la conducta de Judas: “Para Juan lo que le pasó a Judas va más allá de un explicación psicológica. Este cae bajo el dominio de otro. Alguien que rompe su amistad con Jesús, haciéndole rechazar su ‘yugo suave’, y esto no le hace alcanzar la libertad, no se libera sino que sucumbe a otros poderes. Por decirlo de otra manera, él traiciona su amistad porque sucumbe bajo el poder de otro al que se ha abierto”

    No venganza sino reconciliación

    Benedicto XVI dice que la condenación de Cristo tuvo causas políticas y religiosas complejas y que no se puede culpar al pueblo judío en su totalidad. El Papa también dice que es un error interpretar las palabras citadas en el Evangelio “Su sangre caerá sobre nosotros y nuestros hijos” como una maldición sobre los judíos.

    Estas palabras, dichas por la multitud que pedía la muerte de Jesús, necesitan ser leídas a la luz de la fe. Estas palabras no claman por venganza sino por reconciliación, el Papa ha escrito: “significa que todos necesitamos de este poder purificador de amor, que es su sangre”.

    Benedicto XVI reafirma la enseñanza sobre que muchos líderes judíos de la época de Jesús, no lo consideraron como el mesías y rey de Israel, que lo rechazaron y condenaron por el crimen de blasfemia.

    Jesús ante Pilatos

    Poncio Pilatos presentó a Jesús a la gente con estas enigmáticas palabras : “Ecce homo”, y esta expresión tomó un profundo significado de forma espontánea que fue mucho más allá de ese momento de la historia.

    “En Jesús”, escribe el Papa, “hay un hombre que se ha manifestado a sí mismo. En él se muestran todos los sufrimientos de los que son sometidos a la violencia, de todos los oprimidos. Su sufrimiento refleja la falta de humanidad del poder mundano, que tan despiadadamente aplasta al impotente”.

    “En él se refleja lo que llamamos el “pecado”: que es lo que sucede cuando el hombre le da la espalda a Dios y toma el control del mundo en sus propias manos”.

    Epílogo: Ascensión a los cielos

    Algunos de los aspectos más llamativos del libro son cuando Benedicto XVI pasa de ser el exégeta y pastor a ser el amigo con sus aficiones personales. Uno de ellos es el epílogo del libro con la Ascensión del Señor al cielo.

    Benedicto escribe: “Después de la multiplicación de los panes, el Señor hace que los discípulos se suban a la barca y vayan antes que él a Betsaida, la orilla opuesta, mientras que él despide a las gentes. Luego ‘sube a la montaña’ a orar. De manera que los discípulos están solos en la barca. Hay una tormenta y el lago se vuelve turbulento. Estos son amenazados por las olas y la tormenta”.

    “El Señor parece estar lejos en la montaña orando. Pero precisamente porque está con el Padre, los ve. Y porque los ve, cruza por encima del agua, entra en el bote con ellos, haciendo posible que estos puedan continuar con su misión”.

    Benedicto continúa diciendo: “Es un reflejo actual de la Iglesia – y nuestro. El Señor está ‘en la montaña’ del Padre. Por esto el nos ve. Por esto el puede entrar en la barca de nuestra vida en cualquier momento. Por esto siempre podemos recurrir a él, estamos seguros de que nos ve y nos escucha siempre”.

    “En nuestros propios días, la barca de la Iglesia viaja a través de las tormentas de la historia, a través del turbulento océano del tiempo. A menudo parece que se va a hundir. Pero el Señor está allí, y llega siempre en el momento justo. ‘Me iré y volveré a vosotros’, que es la esencia de la fe cristiana, la causa de nuestra alegría”.

    Este es el encuentro con el Señor vivo, viajando con nosotros en la barca, que está en el corazón del “Jesús de Nazareth” de Benedicto XVI.

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    El padre basiliano Thomas Rosica, presidente de la fundación Salt and Light Catholic Media and Television Network de Canadá, es asesor del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales. Se le puede contactar en: rosica@saltandlighttv.org.

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    En la Red:

    Salt and Light: http://www.saltandlighttv.org

    Salt and Light blog: http://www.saltandlighttv.org/blog

    [Traducción del inglés por Carmen Álvarez]

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  3. El libro de la vida de Joseph Ratzinger

    Presentada la segunda parte de Jesús de Nazaret

    Alguien podría decir que Joseph Ratzinger no es biblista, sino teólogo, y uno, por cierto, de los más grandes contemporáneos. Podría pensarse que son otras obras suyas, como su famosa Introducción al cristianismo (un clásico ya del pensamiento contemporáneo cristiano), o su primera encíclica, Deus caritas est, las que merecen el título de el libro de su vida. Y, sin embargo, este libro es especial y, en cierto sentido, supera a los otros…
    Cuestión de vida o muerte
    Como el Papa confiesa, el sentido de su vida ha sido y es Cristo, el amigo que le llamó a seguir sus huellas, como lo hizo, hace dos mil años, en el lago de Tiberíades a Cefas, el apóstol Pedro, su predecesor. Si Jesús no hubiera existido, o el personaje real fuera tan distinto del que presentan las Escrituras, como afirman diversos teólogos, entiende Joseph Ratzinger que su vida habría sido un desperdicio. Si Cristo no era más que un sabio judío, muerto y sepultado, la vida de este alemán, que a los 19 años decidió consagrarse totalmente a Él, quedaría truncada. Si Cristo no resucitó, ¿de qué sirven todos los años que ha dedicado a la investigación y a la enseñanza de Su mensaje de salvación? ¿Y qué sería entonces su pontificado, sino un teatro, una farsa?
    Ésta es la cuestión central en la vida de Joseph Ratzinger. Ya cuando era colaborador de Juan Pablo II, en la Congregación para la Doctrina de la Fe, le pidió al entonces Papa poder retirarse para dedicarse en cuerpo y alma a investigar la vida de Jesús, y mostrar, a la luz de los últimos estudios científicos, que el Jesús que presentan los cuatro evangelistas es realmente el Hijo de Dios, el Salvador que, desde hace dos mil años, anuncia la Iglesia, por el que millones de personas han dado la sangre en estos veinte siglos. Juan Pablo II no quiso privarse de la colaboración de su fiel amigo teólogo, de manera que el cardenal Ratzinger se puso a sacar tiempo de sus horas de sueño y de sus vacaciones para comenzar esta aventura. Pero su pasión por escribir este libro era tan grande, que, cuando el 19 de abril de 2005, los cardenales le eligieron como obispo de Roma, tras la conmoción inicial, no cejó en este empeño. De ese modo, ha dedicado, incluso como Papa, su poco tiempo libre a investigar y escribir estos volúmenes, que, de algún modo, son volúmenes de su vida.
    Su herencia a la Iglesia

    Matthew Levering, profesor en la Universidad Ave Maria University, de los Estados Unidos, considera que «Jesús de Nazaret será la gran herencia de Benedicto XVI» a la Iglesia. Ratzinger se formó en tiempos en los que la interpretación (exégesis) de la Biblia se encomendaba al método histórico-crítico. Gracias a este método, han surgido nuevas posibilidades para comprender el texto en su sentido original. Pero este método, que ha tenido evidentes elementos positivos, encierra también peligros, ante los que alertó ya el cardenal Ratzinger en 1993, en particular con el documento de la Comisión Pontificia Bíblica La interpretación de la Biblia en la Iglesia. La búsqueda del sentido originario de la Palabra, afirmaba el entonces purpurado, puede encerrar la Palabra exclusivamente en el pasado, de manera que su alcance para el presente deje de ser percibido. El resultado puede ser que sólo la dimensión humana de la Palabra aparezca como real, mientras que el verdadero autor, Dios, se escapa a un método que, en realidad, había sido creado para interpretar otros textos surgidos de la pluma del ser humano.
    El periodista británico Simon Caldwell, encargado de la promoción del volumen, está convencido de que «el Papa ha vuelto a demostrar, una vez más, su capacidad para sorprendernos. No es un volumen teológico aburrido. Es una meditación sobre la persona de Jesús durante Su pasión, muerte y resurrección, realizada por uno de los intelectuales más grandes de la Iglesia. Si el Papa busca acercar a los católicos a Cristo escribiendo Jesús de Nazaret, creo que logrará su objetivo», añade, insistiendo en que el ritmo narrativo facilita este objetivo. Ahora bien, advierte Caldwell, el Papa no sólo se dirige a los católicos, sino a toda persona que esté intrigada por la persona de Jesús.
    El sacerdote don Massimo Camisasca, amigo de Ratzinger y Superior General de la Fraternidad Sacerdotal de los Misioneros de San Carlos Borromeo, explica la importancia decisiva de este libro aclarando que, «si hay un deber del Papa, éste consiste en interrogarse sobre quién es Cristo para él, para los hombres y para el mundo». El resultado, dice este sacerdote italiano, es que el Papa mostrará con este volumen cómo «el Jesús que la fe, es decir, la tradición de la Iglesia, nos ha transmitido, no es un personaje inventado, el fruto de un sentimiento irracional, que no sabe atenerse a los hechos. Realmente existió y tenemos muchos testimonios de Él casi contemporáneos a su misma existencia. Fe e Historia no se excluyen, sino que se integran mutuamente».
    Y aquí está precisamente el riesgo de este libro, que se publica hoy en siete idiomas: alemán, italiano, inglés, español, francés, portugués y polaco. El Papa, al escribir estas líneas, deja al lado su autoridad magisterial como Papa y se echa al terreno de juego de los investigadores, exegetas y teólogos, para ofrecer las conclusiones de la investigación de toda una vida. Este libro es de Joseph Ratzinger que, claro está, también es Papa. Pero, como dijo en la introducción al primer volumen, no es un libro de magisterio, y «cada cual tiene libertad para contradecirme. Sólo pido a los lectores el anticipo de simpatía sin la cual no existe comprensión posible».

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  4. El Papa muestra cómo el pueblo judío no pidió la condena de Jesús

    Su nuevo libro es aplaudido por exponentes judíos

    CIUDAD DEL VATICANO – El pueblo judío como tal no condenó a Jesús: esta afirmación de Benedicto XVI en el segundo volumen de su libro sobre Cristo, “Jesús de Nazaret. De la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección” (Ediciones Encuentro) ha suscitado aplausos entre exponentes judíos. Pero, ¿qué dice el texto?

    Para responder a la pregunta hay que hojear las páginas hasta llegar al capítulo dedicado al “proceso de Jesús”, cuando se encuentra ante Pilato (página 217). “Quiénes eran exactamente los acusadores? ¿Quién ha insistido en que Jesús fuera condenado a muerte?”, se pregunta el Papa.

    “Según Juan, son simplemente ‘los judíos’. Pero esta expresión de Juan no indica en modo alguno el pueblo de Israel como tal –como quizás podría pensar el lector moderno–, y mucho menos aún comporta un tono ‘racista’. A fin de cuentas, Juan mismo pertenecía al pueblo israelita, como Jesús y todos los suyos. La comunidad cristiana primitiva estaba formada enteramente por judíos”.

    “Esta expresión tiene en Juan un significado bien preciso y rigurosamente delimitado: con ella designa la aristocracia del templo. En el cuarto Evangelio, pues el círculo de los acusadores que buscan la muerte de Jesús está descrito con precisión y claramente delimitado: designa justamente la aristocracia del templo, e incluso en ella, puede haber excepciones, como da a entender la alusión a Nicodemo”, fariseo y miembro del Sanedrín.

    El Papa analiza después la cuestión en el evangelio de Marcos, donde, en el contexto de la amnistía pascual (Barrabás o Jesús), aparece el “ochlos”, que opta por dejar libre a Barrabás. “Ochlos”, aclara el Papa, “significa ante todo simplemente un montón de gente, la ‘masa'”.

    “No es raro que la palabra tenga una connotación negativa, en el sentido de ‘chusma’. En cualquier caso, no indica el ‘pueblo’ de los judíos propiamente dicho. Esta “masa”, “se trata en realidad de partidarios de Barrabás, movilizados para la amnistía; naturalmente, como rebelde al poder romano podía contar con cierto número de simpatizantes”.

    “Por tanto, estaban presentes los secuaces de Barrabás, la ‘masa’, mientras que los seguidores de Jesús permanecían ocultos por miedo; por eso la voz del pueblo con la que contaba el derecho romano se presentaba de modo unilateral. Así, en Marcos, aparecen los ‘judíos’, es decir, los círculos sacerdotales distinguidos, y también el ochlos, el grupo de partidarios de Barrabás, pero no el pueblo judío propiamente dicho”.

    Los verdaderos acusadores de Jesús

    “El ochlos de Marcos se amplía en Mateo con fatales consecuencias, pues habla del ‘pueblo entero’ (27,25), atribuyéndole la petición de que se crucificara a Jesús. Con ello Mateo no expresa seguramente un hecho histórico: ¿cómo podría haber estado presente en ese momento todo el pueblo y pedir la muerte de Jesús? La realidad histórica aparece de manera notoriamente correcta en Juan y Marcos. El verdadero grupo de los acusadores son los círculos del templo de aquellos momentos, a los que, en el contexto de la amnistía pascual, se asocia la ‘masa’ de los partidarios de Barrabás”.

    Algunos han atribuido la “culpa” del pueblo judío en la muerte de Jesús a las palabras recogidas por san Mateo entre la turba que pide la muerte de Jesús: “Su sangre caiga sobre nosotros y nuestros hijos” (27,25).

    Ahora bien, aclara el Papa y teólogo, “el cristiano recordará que la sangre de Jesús habla una lengua muy distinta de la de Abel (cf. Hb 12,24); no clama venganza y castigo, sino que es reconciliación. No se derrama contra alguien, sino que es sangre derramada por muchos, por todos”.

    Estas palabras, concluye, “significan que todos necesitamos del poder purificador del amor, que esta fuerza está en su sangre. No es maldición, sino redención, salvación. Sólo sobre la base de la teología de la Última Cena y de la cruz, que recorre todo el Nuevo Testamento, las palabras de Mateo sobre la sangre adquieren su verdadero sentido”.

    Un paso en las relaciones judeocristianas

    Este pasaje ha servido para dar un paso adelante en las relaciones entre judíos y cristianos, según ha declarado en días pasados el presidente de la Unión de las Comunidades Judías Italianas, Renzo Gattegna. Por su parte, el portavoz de la Federación de las Comunidades Judías de Rusia, Andrei Glotzer, ha aplaudido las palabras del Papa.

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  5. Benedicto XVI afronta con su nuevo libro cinco cuestiones disputadas

    Presentación del cardenal Marc Ouellet

    CIUDAD DEL VATICANO – Benedicto XVI al presentar una interpretación de la Sagrada Escritura que armoniza análisis histórico y fe su libro “Jesús de Nazaret. De la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección” (Ediciones Encuentro), aclara cinco “cuestiones disputadas” sobre la vida de Cristo que todavía hoy provocan acalorados debates entre teólogos y en la misma opinión pública.

    Así lo explicó en la tarde de este jueves el cardenal Marc Ouellet, prefecto de la Congregación para los Obispos y relator del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios (2008), al presentar el texto en la tarde de este jueves en la Sala de Prensa de la Santa Sede.

    El purpurado canadiense reconoció que al aclarar estas cuestiones disputadas, esta obra, que lleva la firma de Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, “tendrá un efecto liberador para estimular el amor de la Sagrada Escritura”.
    Fundamento histórico del cristianismo

    La primera cuestión que aclara el libro, según el cardenal Ouellet, es “el fundamento histórico del cristianismo”. “Dado que el cristianismo es la religión del Verbo encarnado en la historia, para la Iglesia es indispensable atenerse a los hechos y a los acontecimientos reales, precisamente porque éstos contienen ‘misterios’ que la teología debe profundizar utilizando claves de interpretación que pertenecen al dominio de la fe”.

    “Desde esta perspectiva, se comprende el interés del Papa por la exégesis histórico-crítica, que conoce bien, y de la que saca lo mejor para profundizar en los acontecimientos de la Última Cena, el significado de la oración de Getsemaní, la cronología de la pasión y en particular las huellas históricas de la resurrección”.

    El pontífice arroja luz a los hechos del Nuevo Testamento con la ayuda del Antiguo Testamento y viceversa, constató el purpurado. “El lazo del cristianismo con el judaísmo queda reforzado por esta exégesis que se arraiga en la historia de Israel”, indicó.

    Como ejemplo concreto, citó la presentación que el Papa hace de la oración sacerdotal de Jesús, “que en él alcanza una dimensión totalmente nueva gracias a su interpretación iluminada de la tradición judía del Yom Kippur”.

    Jesús, ¿un revolucionario?

    La segunda cuestión disputada que aclara el Papa, según el cardenal Ouellet, afecta al mesianismo de Jesús. “Algunos exegetas modernos han hecho de Jesús un revolucionario, un maestro de moral, un profeta escatológico, un rabí idealista, un loco de Dios, un mesías en cierto sentido a imagen de su intérprete influenciado por las ideologías dominantes”.

    “La exposición de Benedicto XVI sobre este punto está difundida y bien arraigada en la tradición judía”, aclaró. “Jesús declara ante el Sanedrín que es el Mesías, aclarando la naturaleza exclusivamente religiosa del propio mesianismo. Por este motivo, es condenado por blasfemo, pues se ha identificado con ‘el Hijo del Hombre que viene sobre las nubes del cielo”.

    El Papa subraya que el objetivo del mesianismo de Jesús es “instaurar el nuevo culto, la adoración en Espíritu y Verdad, que involucra a toda la existencia personal y comunitaria, como una entrega de amor por la glorificación de Dios en la carne”, indicó el prefecto de la Congregación vaticana para los Obispos.

    La expiación de los pecados

    El tercer debate aclarado por el sucesor del apóstol Pedro afecta a la “redención y al lugar que en ella debe ocupar la expiación de los pecados. El Papa afronta las objeciones modernas a esta doctrina tradicional. Un Dios que exige una expiación infinita, ¿no es acaso un Dios cruel, cuya imagen es incompatible con nuestra concepción de un Dios misericordioso?”.

    Para responder a esta pregunta Joseph Ratzinger-Benedicto XVI “muestra cómo la misericordia y la justicia se dan de la mano en el marco de la Alianza querida por Dios. Un Dios que perdonara todo sin preocuparse de la respuesta que tiene que dar su criatura, ¿se estaría tomando en serio la Alianza y sobre todo el horrible mal que envenena la historia del mundo?”

    Estas preguntas invitan “a la reflexión y en primer lugar a la conversión”, siguió diciendo el cardenal Ouellet. “No es posible tener una visión clara de estas cuestiones últimas permaneciendo neutrales o manteniéndose a distancia. Es necesario implicar la propia libertad para descubrir el sentido profundo de la Alianza, que justamente compromete a la libertad de cada persona”.

    La conclusión de Benedicto XVI es perentoria: “El misterio de la expiación no debe ser sacrificado por ningún racionalismo prepotente”.

    El sacerdocio de Cristo

    Otra cuestión disputada afrontada por el Papa es la del sacerdocio de Cristo. “Según las categorías eclesiales de hoy, Jesús era un laico revestido de una vocación profética. No pertenecía a la aristocracia del Templo y vivía al margen de esta institución fundamental para el pueblo de Israel. Este hecho ha llevado a muchos a considerar la figura de Cristo como totalmente ajena y sin ninguna relación con el sacerdocio. Benedicto XVI corrige esta interpretación apoyándose firmemente en la Carta a los Hebreos, que habla ampliamente del sacerdocio de Cristo”.

    “El Papa responde a las objeciones históricas y críticas mostrando la coherencia del sacerdocio nuevo de Jesús con el culto nuevo que vino a establecer en la tierra, obedeciendo a la voluntad del Padre. El comentario de la oración sacerdotal de Jesús es de una gran profundidad y lleva al lector a praderas que nunca había podido imaginar. La institución de la Eucaristía aparece en este contexto con una belleza luminosa que se refleja en la vida de la Iglesia como su fundamento y manantial perenne de paz y alegría”.

    La resurrección

    La última cuestión disputada mencionada por el cardenal Ouellet es la cuestión central del cristianismo, la resurrección. Benedicto XVI lo reconoce sin pelos en la lengua: “La fe cristiana tiene sentido o desfallece en virtud de la verdad del testimonio según el cual Cristo resucitó de entre los muertos”.

    “El Papa se alza contra las elucubraciones exegéticas que declaran como compatibles el anuncio de la resurrección de Cristo y la permanencia de su cadáver en el sepulcro –explica Ouellet–. Excluye estas absurdas teorías observando que el sepulcro vacío, si bien no es una prueba de la resurrección, de la que nadie ha sido testigo, queda como un signo, un presupuesto, una huella dejada en la historia por un acontecimiento trascendente”.

    La importancia histórica de la resurrección se manifiesta en el testimonio de las primeras comunidades que dieron vida a la tradición del domingo como signo de identificación y pertenencia con el Señor.

    “Si se considera la importancia que tiene el sábado en la tradición veterotestamentaria, basada en el relato de la creación y en el Decálogo, resulta evidente que sólo un acontecimiento con una fuerza sobrecogedora podía provocar la renuncia al sábado y su sustitución por el primer día de la semana”, escribe el Papa.

    Por eso, hace esta confesión: “Para mí, la celebración del Día del Señor, que distingue a la comunidad cristiana desde el principio, es una de las pruebas más fuertes de que ha sucedido una cosa extraordinaria en ese día: el descubrimiento del sepulcro vacío y el encuentro con el Señor resucitado”.

    El cardenal Ouellet concluyó su intervención lanzando la propuesta que hace Benedicto XVI al diálogo a los exegetas y expertos de la Sagrada Escritura para que su lectura se convierta en un encuentro con Jesús.

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  6. En su nuevo libro, Benedicto XVI quiere encontrar al “Jesús real”

    Invita a usar más el método de interpretación del Vaticano II

    CIUDAD DEL VATICANO – “Este es el primer libro de teología que me transmite una verdadera emoción: me ha sacado las lágrimas”; confiaba un periodista “vaticanista” italiano a sus colegas, tras haber leído el segundo tomo del libro de Benedicto XVI sobre Jesús, “Jesús de Nazaret. De la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección” (Ed. Encuentro).
    ¿Qué método utiliza el Papa para lograr semejante resultado? Si bien se trata de un libro de rigurosa investigación, llega a conclusiones como ésta: “La victoria del amor será la última palabra de la historia del mundo”.

    Nos encontramos ante una exégesis (la interpretación de la Sagrada Escritura) que comunica la esperanza de “encontrar a Jesús y creer en Él”. Aplica las indicaciones del Concilio Vaticano II en la Dei Verbum – no suficientemente exploradas -, y cita recientes publicaciones alemanas.

    El Papa explica su método en el prólogo. Cita autores (de los que hace rigurosamente referencia en una bibliografía abundante aunque no asfixiante): Martin Hengel, Peter Stuhlmacher y Franz Mußner, quienes le han “confirmado explícitamente en el proyecto de seguir” este trabajo y “de acabar la obra iniciada”: “un precioso aliento”.

    Evoca también el “Jesús” publicado en 2008 por el que él llama un “hermano ecuménico”, el teólogo protestante Joachim Ringleben. Subraya que entre los dos libros hay una “profunda unidad en la comprensión esencial de la persona de Jesús y de su mensaje”.

    Y añade: “Si bien con enfoques dispares, es la misma fe la que actúa, produciendo un encuentro con el mismo Señor Jesús”. El Papa espera que ambas publicaciones puedan constituir “un testimonio ecuménico que a su modo pueda servir a la misión fundamental común de los cristianos”.

    Cita también el libro de crítica bíblica de Marius Reiser, de 2007 del que recoge “indicaciones relevantes para las nuevas vías de la exégesis, sin abandonar la importancia que siempre tiene el método histórico-crítico”.

    Armonizar dos métodos de interpretación

    El Papa, de hecho, subraya los frutos del método histótico-crítico, el estudio de las Escrituras a la luz de las circunstancias históricas. “Una cosa me parece obvia: en doscientos años de trabajo exegético la interpretación histórico-crítica ha dado ya lo que tenía que dar de esencial”.

    Pero para que la exégesis pueda renovarse, el Papa considera que es necesario que dé “un paso metodológicamente nuevo volviendo a reconocerse como disciplina teológica, sin renunciar a su carácter histórico”

    Propone pasar de una “hermenéutica positivista” a una “hermenéutica de la fe”, desarrollada de manera correcta”, de manera “conforme al texto”, uniéndose a una “hermenéutica histórica, consciente de sus propios límites para formar una totalidad metodológica”.

    “Esta articulación entre dos géneros de hermenéutica muy diferentes entre sí es una tarea que ha de realizarse siempre de nuevo”, afirma el autor.

    Un paso en la dirección adecuada
    Añade que la armonía entre “hermenéutica de la fe” y “hermenéutica histórica” no sólo es posible sino sobre todo fecunda: “por medio de ella las grandes intuiciones de la exégesis patrística podrán volver a dar fruto en un contexto nuevo”, como logra hacerlo precisamente Marius Reiser.

    Modestamente reconoce: “No pretendo afirmar que en mi libro esté ya totalmente acabada esta integración de las dos hermenéuticas. Pero espero haber dado un paso en dicha dirección. En el fondo, se trata de retomar finalmente los principios metodológicos para la exégesis formulados por el Concilio Vaticano II (cf. Dei Verbum 12), una tarea en la que, desgraciadamente, poco o nada se ha hecho hasta ahora”.

    En el mismo prólogo, el Papa recuerda que no ha querido escribir una “Vida de Jesús”. Lo que busca, recuerda citando el primer volumen de esta obra, es presentar “la figura y el mensaje de Jesús”.

    “Podría decirse, exagerando un poco, que quería encontrar al Jesús real”. El “Jesús histórico” que presentan algunos teólogos y exegetas “es demasiado insignificante”, “está excesivamente ambientado en el pasado para dar buenas posibilidades de una relación con Él”

    Con la hermenéutica de la fe y la hermenéutica histórica, el Papa ha tratado “de desarrollar una mirada al Jesús de los Evangelios, un escucharle a él que pudiera convertirse en un encuentro; pero también en la escucha en comunión con los discípulos de Jesús de todos los tiempos, llegar a la certeza de la figura realmente histórica de Jesús”.

    El obispo de Roma reconoce que este objetivo era más difícil en el segundo volumen, porque toca los momentos culminantes de la muerte y resurrección. “He tratado de mantenerme al margen de las posibles controversias sobre muchos elementos particulares y reflexionar únicamente sobre las palabras y las acciones esenciales de Jesús. Y esto guiado por la hermenéutica de la fe, pero teniendo en cuenta al mismo tiempo con responsabilidad la razón histórica, necesariamente incluida en esta misma fe”.

    “Aunque siempre quedarán naturalmente detalles que discutir, espero sin embargo que haya podido acercarme a la figura de Nuestro Señor de una manera que pueda ser útil a todos los lectores que desean encontrarse con Jesús y creerle”, concluye.

    Quizá sea este encuentro el que haya suscitado la “emoción profunda” del periodista italiano.

    Por Anita S. Bourdin

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  7. Joseph Ratzinger – Benedicto XVI: La fecha de la Última Cena

    Pasaje del libro “Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección”

    CIUDAD DEL VATICANO,- El libro del Papa “Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección” ha sido publicado este jueves. La Librería Editorial Vaticana, de acuerdo con “Ediciones Encuentro” -encargada de la edición de la obra en lengua española-, ha anticipado algunos fragmentos de este segundo volumen cuyo lanzamiento ha tenido lugar, simultáneamente, en siete idiomas. Publicamos una selección de pasajes del primer punto –“La fecha de la Última Cena”- del cuarto capítulo del volumen.

    * * *

    El problema de la datación de la Última Cena de Jesús se basa en las divergencias sobre este punto entre los Evangelios sinópticos, por un lado, y el Evangelio de Juan, por otro. Marcos, al que Mateo y Lucas siguen en lo esencial, da una datación precisa al respecto. «El primer día de los ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?”… Y al atardecer, llega él con los Doce» (Mc 14,12.17). La tarde del primer día de los ácimos, en la que se inmolaban en el templo los corderos pascuales, es la víspera de Pascua. Según la cronología de los Sinópticos es un jueves […]

    Esta cronología se ve comprometida por el hecho de que el proceso y la crucifixión de Jesús habrían tenido lugar en la fiesta de la Pascua, que en aquel año cayó en viernes. Es cierto que muchos estudiosos han tratado de demostrar que el juicio y la crucifixión eran compatibles con las prescripciones de la Pascua. Pero, no obstante tanta erudición, parece problemático que en ese día de fiesta tan importante para los judíos fuera lícito y posible el proceso ante Pilato y la crucifixión. Por otra parte, esta hipótesis encuentra un obstáculo también en un detalle que Marcos nos ha transmitido. Nos dice que, dos días antes de la Fiesta de los Ácimos, los sumos sacerdotes y los escribas buscaban cómo apresar a Jesús con engaño para matarlo, pero decían: «No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo» (14,1s). Sin embargo, según la cronología sinóptica, la ejecución de Jesús habría tenido lugar precisamente el mismo día de la fiesta.

    Pasemos ahora a la cronología de Juan. El evangelista pone mucho cuidado en no presentar la Última Cena como cena pascual. Todo lo contrario. Las autoridades judías que llevan a Jesús ante el tribunal de Pilato evitan entrar en el pretorio «para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua» (18,28). Por tanto, la Pascua no comienza hasta el atardecer; durante el proceso se tiene todavía por delante la cena pascual; el juicio y la crucifixión tienen lugar el día antes de la Pascua, en la «Parasceve», no el mismo día de la fiesta. Por tanto, la Pascua de aquel año va desde la tarde del viernes hasta la tarde del sábado, y no desde la tarde del jueves hasta la tarde del viernes.

    Por lo demás, el curso de los acontecimientos es el mismo. El jueves por la noche, la Última Cena de Jesús con sus discípulos, pero que no es una cena pascual; el viernes -vigilia de la fiesta y no la fiesta misma-, el proceso y la ejecución. El sábado, reposo en el sepulcro. El domingo, la resurrección. Según esta cronología, Jesús muere en el momento en que se sacrifican los corderos pascuales en el templo. Él muere como el verdadero Cordero, del que los corderos pascuales eran mero indicio […].

    Juan tiene razón: en el momento del proceso de Jesús ante Pilato las autoridades judías aún no habían comido la Pascua, y por eso debían mantenerse todavía cultualmente puras. Él tiene razón: la crucifixión no tuvo lugar el día de la fiesta, sino la víspera. Esto significa que Jesús murió a la hora en que se sacrificaban en el templo los corderos pascuales. Que los cristianos vieran después en esto algo más que una mera casualidad, que reconocieran a Jesús como el verdadero Cordero y que precisamente por eso consideraran que el rito de los corderos había llegado a su verdadero significado, todo esto es simplemente normal […].

    Jesús era consciente de su muerte inminente. Sabía que ya no podría comer la Pascua. En esta clara toma de conciencia invita a los suyos a una Última Cena particular, una cena que no obedecía a ningún determinado rito judío, sino que era su despedida, en la cual daba algo nuevo, se entregaba a sí mismo como el verdadero Cordero, instituyendo así su Pascua […].

    Una cosa resulta evidente en toda la tradición: la esencia de esta cena de despedida no era la antigua Pascua, sino la novedad que Jesús ha realizado en este contexto. Aunque este convite de Jesús con los Doce no haya sido una cena de Pascua según las prescripciones rituales del judaísmo, se ha puesto de relieve claramente en retrospectiva su conexión interna con la muerte y resurrección de Jesús: era la Pascua de Jesús. Y, en este sentido, Él ha celebrado la Pascua y no la ha celebrado: no se podían practicar los ritos antiguos; cuando llegó el momento para ello Jesús ya había muerto. Pero Él se había entregado a sí mismo, y
    así había celebrado verdaderamente la Pascua con aquellos ritos. De esta manera no se negaba lo antiguo, sino que lo antiguo adquiría su sentido pleno.

    El primer testimonio de esta visión unificadora de lo nuevo y lo antiguo, que da la nueva interpretación de la Última Cena de Jesús en relación con la Pascua en el contexto de su muerte y resurrección, se encuentra en Pablo, en 1 Corintios 5,7: «Barred la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ácimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo» (cf. Meier, A Marginal Jew, I, p. 429s). Como en Marcos 14,1, la Pascua sigue aquí al primer día de los Ácimos, pero el sentido del rito de entonces se transforma en un sentido cristológico y existencial. Ahora, los «ácimos» han de ser los cristianos mismos, liberados de la levadura del pecado. El cordero inmolado, sin embargo, es Cristo. En este sentido, Pablo concuerda perfectamente con la descripción joánica de los acontecimientos. Para él, la muerte y resurrección de Cristo se han convertido así en la Pascua que perdura.

    Podemos entender con todo esto cómo la Última Cena de Jesús, que no sólo era un anuncio, sino que incluía en los dones eucarísticos también una anticipación de la cruz y la resurrección, fuera considerada muy pronto como Pascua, su Pascua. Y lo era verdaderamente.

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