INSPECTOR DE GALLINAS

por Jesús Ruiz Nestosa

“Inspector de gallinas” fue el cargo que le otorgó el gobierno de Juan Domingo Perón a un funcionario de la Biblioteca Nacional que no se mostraba de acuerdo con el régimen. Su nombre: Jorge Luis Borges. Su destino: el Mercado de Abasto de Buenos Aires, en Corrientes Angosta, donde ahora se ha levantado un lujoso centro comercial. Antes que considerarlo una humillación, Borges tendría que haber exhibido con orgullo este nombramiento ya que era la única condecoración que podía entregar un sistema político que cayó sobre Argentina como una maldición bíblica el 17 de octubre de 1945. Era el reconocimiento legítimo de la posición de Borges, tantas veces despreciado por la izquierda festiva, ante la irracionalidad y el populismo.

El ignominioso episodio me volvió a la memoria cuando  al abrir el periódico me encontré con este llamativo título “El director de la Biblioteca Nacional argentina veta a Mario Vargas Llosa”. Abajo, un artículo de casi página entera del diario “El País”, de Madrid, explicaba en detalle la reacción que tuvo en Buenos Aires el deseo de invitar al escritor hispano-peruano Mario Vargas Llosa a inaugurar la 37ª edición de la Feria del Libro de Buenos Aires, que se abrirá el próximo 20 de abril.

 

A los organizadores les pareció acertada la idea de invitar a Vargas Llosa, quien acaba de recibir el Nobel de Literatura. Gustavo Canevaro, presidente de la fundación El Libro, organizadora de esta feria, declaró a “El País” que había pensado en Vargas Llosa como “representante de la patria más grande, que es la hispanohablante”.

 

El mismo Canevaro, siguiendo sus declaraciones, dijo que “es entendible que fuera de Argentina esta polémica pueda parecer incoherente, pero es parte de la realidad de este país. La familia se toma con lo bueno y con lo malo, ¿no? Pues esto es lo mismo. Uno es parte de lo que es”. Pues no, no me parece incoherente. Todo lo contrario, es lo que se podía esperar del “kirchnerismo”. En pocas palabras, más que incoherente, es idiota.

 

El pecado de Mario Vargas Llosa es que no comulga con la línea de la presidente Cristina Fernández, quien está lanzando ya sus redes para repetir la presidencia, y al parecer la Casa Rosada no quiere que se haga absolutamente nada que pueda enturbiar el aura que le dejaron la viudez y el cargo. El director de la Biblioteca Nacional, el mismo cargo que ocupó Borges durante algunos años, afirmó que Vargas Llosa “muestra un autoritarismo mesiánico” y que además le relaciona como “un hombre de agresividad creciente hacia los procesos populares”. Error: tendría que haber dicho los “procesos populistas”, que es muy diferente y más próximo a la realidad.

 

Beatriz Sarlo, la escritora y ensayista argentina (“Tiempo presente”, “La máquina cultural”, “Borges, un escritor en las orillas”), también habló para “El País” y amplió el espectro de posibilidades: “No es tanto su antiperonismo como su actitud anti Chávez”. Si me hubieran dicho esto al comienzo, simplemente me hubiera callado, pues como dijo Canevaro: “Uno es parte de lo que es”. ¿Es esto lo que llaman ahora la “realpolitk”; es decir, aguantarnos al que está allí porque está allí y sus seguidores son así? Desde luego que es mucho más grave ofender a Chávez, quien en un arrebato de celo político puede cortar el envío de los maletines con los petrodólares tan necesarios para cualquier campaña política.

 

El director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, dijo que era tremendamente inoportuna la invitación a Vargas Llosa a inaugurar una feria que “nunca dejó de ser un termómetro de la política”. Pues si las cosas son así, todo es más sencillo. Lo adecuado sería que en lugar de ir los escritores y los intelectuales, la gente que con su talento y su honestidad sentó cátedra, como es el caso de Vargas Llosa, pues mucho mejor sería que fueran a inaugurar la feria los piqueteros. Allí el “termómetro” marcaría la temperatura exacta.

 

 

Un comentario en “INSPECTOR DE GALLINAS”

  1. Su futuro está en la educación

    El 68% de los árabes tiene menos de 30 años. Uno de cada tres no tiene trabajo, ni estudios, ni vivienda. Durante décadas, han aguardado con paciencia que se produjeran cambios que les permitiesen mejorar su calidad de vida. Hoy, la denominada “generación que espera” ha puesto fin a décadas de inmovilismo y ha conseguido lo que parecía imposible: derrocar de forma pacífica a los dictadores de Túnez y de Egipto y sembrar la semilla de la rebelión contra la tiranía y la injusticia social. Ahora queda en sus manos una tarea titánica: asegurar el ejercicio de la democracia y sanear la economía de sus países. Para ello es fundamental reconstruir los cimientos, renovar el sistema educativo y asegurar una enseñanza universal y de calidad orientada a las exigencias del mercado laboral.

    Las cifras de alfabetización en el mundo árabe hoy son mejores que en décadas anteriores, pero todavía hay un abismo si se comparan con las de los países ricos. Uno de cada tres hombres y una de cada dos mujeres son analfabetos. El libro Generation in Waiting, publicado por Brookings Institution, explica que las antiguas generaciones de jóvenes se beneficiaron de la educación gratis, garantías laborales en el sector público, fuertes subsidios estatales y ayuda social. Pero el aumento demográfico ha mostrado la insuficiencia de las instituciones y afectado a aquellos que nacieron después de 1980.

    Más de 100 millones de jóvenes de la región MENA (norte de África y Oriente Próximo), es decir, la mitad de la población activa, tienen entre 15 y 29 años. Según Tomás Jiménez Araya, economista y consultor del Fondo de las Naciones Unidas para la Población, este “bono demográfico” en edades de máxima productividad puede incrementar las tasas de ahorro e impulsar un mayor crecimiento económico per cápita si cuenta con un entorno político e institucional adecuado.

    Sin embargo, la mayoría de los países árabes está perdiendo esta gran ocasión histórica. “El potencial transformador de esta plétora juvenil no se está aprovechando adecuadamente y, lo que es aún más grave, la juventud árabe es en gran parte una población socialmente excluida de ámbitos como la educación, el empleo y la vivienda, lo que dificulta y dilata su inserción productiva y social”, explica Jiménez Araya.

    Los expertos consideran que para lograr el máximo potencial de la juventud es necesario transformar todo el sistema. Hay que replantear tanto las políticas de admisión en el sistema de educación, como las prácticas de contratación del sector público.
    Nader Fergany, director del Almishkat Centre for Research de El Cairo, explica que, a pesar de los logros alcanzados, el sistema educativo sigue siendo ineficiente por varios factores. Las tasas de matriculaciones son muy bajas porque la educación primaria no se considera importante y existe un grado alto de absentismo en la secundaria -15 millones en las estadísticas de la Liga Árabe-. No se facilita el acceso a una educación permanente y se excluye a parte de la población (niñas, pobres y marginados) de la educación superior. La alfabetización femenina es todavía muy baja, aunque son ellas las que obtienen niveles educativos más altos. Según el informe Arab Human Development Report, a principios del siglo XXI había al menos 70 millones de árabes analfabetos, la mayoría de los cuales eran mujeres.
    En el fondo del problema están los convencionalismos que impiden acceder a la mujer a puestos de trabajo y la falta de concienciación en la sociedad de la importancia de la educación. Muchas familias no entienden que la formación puede cambiar la vida de sus hijos y no les animan a asistir a la escuela.

    Sin embargo, la historia ha demostrado que invertir educación asegura el bienestar de la sociedad. El milagro económico de Japón y de Alemania se debió a que, durante más de cuarenta años, no se invirtieron en armamento y dedicaron gran parte de los recursos a investigación, tecnología, desarrollo, educación, y sanidad.

    Los jóvenes árabes no pueden ni quieren esperar más. Los nuevos gobiernos deberán invertir más y mejor en educación, promover la ciencia y la investigación, fomentar la globalización tecnológica y abrir sus mercados al exterior. Las futuras generaciones dependen de ello.

    Sara Cañizal Sardón

    Periodista

    ccs@solidarios.org.es

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