EL EVANGELIO DEL DOMINGO: UNA TENSIÓN DESAFIANTE

Mientras él aun hablaba… una voz desde la nube… decía: Este es mi Hijo amado… a él oíd.  Mateo 17,1-13

 

Hoy estamos finalizando el recorrido del tiempo de Epifanía, tiempo en el que venimos reflexionando sobre la manifestación de este ‘Dios con nosotros’, que es Jesucristo; y antes de entrar a la cuaresma, siempre nos encontramos con el relato de la transfiguración, y en esta oportunidad de las palabras de Mateo.  En las reflexiones anteriores hemos notado la tensión existente entre la ley o voluntad de Dios, y la comprensión o distorsión humana de ella.

Como ejemplo de esa tensión podemos pensar en las situaciones en las que Dios pide misericordia y nosotros/as justificamos la impiedad; o cuando Dios pide unidad, nosotros/as justificamos la división; o cuando pide acompañamiento mutuo, nosotros/as justificamos la rivalidad y competencia; o cuando nos pide amor, nosotros/as justificamos el odio, rencor, envidia y desprecio que sentimos.  Una tensión muy difícil de resolver, dado que Jesús -como Hijo de Dios mismo- nos confronta con un espejo que nos dice que tenemos que ser y hacer algo distinto de lo que estamos siendo y haciendo.

En el monte, donde Jesús se transfigura y habla con Elías y Moisés, ocurre una escena interesante; los discípulos que acompañaban a Jesús, al observar lo que sucedía, no resistieron de intervenir.  Pedro no se aguanta y dice: ‘Señor, que bueno es para nosotros que estemos aquí’ (Mt 17, 4ª), por supuesto que cuando se refiere al ‘nosotros’, se refiere al grupo reducido que estaba presente, no costó nada que Pedro se olvidara de todo lo que estaba fuera de ese espacio.  El ‘nosotros’ de Pedro parce solo retórico, en realidad late aquel sentimiento humano de ‘qué bueno es que yo esté aquí’.  Y comenzaba a planear cómo se podría perpetuar ese momento que era bueno para él (Mt 17,4b), y dice: ‘si quieres, hagamos aquí…’, Pedro en lugar de escuchar habla, y el ‘si quieres’ también suena muy retórico, lo que se subraya es lo que sigue en su discurso: ‘hagamos aquí…’  Decir y hacer, dos condiciones innatas en el ser humano que lo lleva a interpretar o comprender la ley de Dios de una forma dis torsionada, ¿por qué distorsionada?, porque en lugar de contemplar su finalidad se antepone nuestro interés.  Sucedió que ‘mientras hablaba, una nube los cubrió y una voz dijo: éste es mi hijo amado… a el oíd’ (Mt 17,5).  ¿A quién hay que oír?, ¿a Pedro y sus intereses?, pues no, hay que oír a Jesús.  Y oír a Jesús no es lo mismo que decirle lo que es bueno o malo, o decirle qué tiene que hacer o dejar de hacer, cosas a las que tendemos los seres humanos, como le sucedió a Pedro.  El resultado instructivo de la escena hasta aquí es que debemos observar y escuchar cuando queremos hablar, y acompañar cuando queremos decir qué hacer.

Notemos la situación que inmediatamente sigue: ‘al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros y tuvieron temor.’ (Mt 17,6).  Hasta aquí se venía haciendo referencia a Pedro, Jacobo y Juan, y éstos recién ‘al oír’, se les atribuye la condición de discípulos, y la condición de discípulos conlleva postrar sus rostros (humillarse).  Hasta ese momento no se habían humillado o derribado abajo su rostro, lo que implica h umillar o derribar abajo su propia manera de ver/comprender las cosas.  Unas características que acompañarán siempre al discipulado de Cristo es el humillarse, observar y escuchar antes de hablar, y acompañar con temor a Dios.  Vale aclarar que el temor a Dios no equivale a sentir miedo, más bien se relaciona con el respeto, con tomarlo enserio.

El tono de conversación cambia al descender del monte (Mt 17,9-13), Jesús pasa a ser escuchado (indica que no digan a nadie lo que vieron), los discípulos comienzan a preguntarle (¿por qué dicen los escribas que Elías debía venir primero?), y al escuchar respuestas de Jesús les permite una nueva comprensión de la realidad (entonces los discípulos comprendieron…).  El discipulado de Jesús debe escuchar a su maestro, sin hacer alardes de las maravillas que ven junto a él (transfiguración: no deben contar lo que vieron a nadie); preguntarle su manera de comprender las cosas (los escribas dicen& hellip; y vos ¿qué decís?); y como resultado volver a comprender la realidad, el contexto, la historia.

Para volver a comprender nuestros contextos e historia, debemos postrar nuestros rostros, para dejar de alardear por lo que somos y lo que podemos ser, preguntar sobre las respuestas que ya nos fabricaron otros, y buscar nuevas respuestas en Jesús; en ellas encontraremos la guía para escucharnos y acompañarnos.

Fabián Paré

8 comentarios en “EL EVANGELIO DEL DOMINGO: UNA TENSIÓN DESAFIANTE”

  1. Cómo ir a misa y no perder la fe

    Bux: “En el campo litúrgico, estamos frente a una desregulación insoportable”

    ROMA, domingo 6 de marzo de 2011 .- Un debilitamiento de la fe y la disminución del número de fieles podrían atribuirse a los abusos litúrgicos y a las Misas malas, es decir, las que traicionan su sentido original y donde, en el centro, ya no está Dios sino el hombre con el bagaje de sus preguntas existenciales. Esta es la tesis que sostiene Nicola Bux, teólogo y consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe y de la Oficina de las Celebraciones del Sumo Pontífice del Sumo Pontífice.

    Presentando en Roma, el pasado 2 de marzo, su libro Come andare a Messa e non perdere la fede [Cómo ir a Misa y no perder la fe, n.d.t.], Bux arremete contra el giro antropológico de la liturgia. En las páginas del volumen, especie de vademecum para la supervivencia a las Misas modernas. Bux replica a cuantos han criticado a Benedicto XVI, acusándolo de haber traicionado el espíritu conciliar. Al contrario – argumenta el teólogo – los documentos oficiales del Concilio Vaticano II han sido traicionados precisamente por estas personas, obispos y sacerdotes a la cabeza, que han alterado la liturgia con “deformaciones al límite de lo soportable”.

    Asistir a una celebración eucarística pueda significar, de hecho, también encontrarse ante las formas litúrgicas más extrañas, con sacerdotes que discuten de economía, política y sociología, hilvanando homilías en las que Dios desaparece. Proliferan los ensayos de antropología litúrgica hasta reducir a esta dimensión los mismos signos sacramentales “ahora llamados – es la denuncia de Bux – preferiblemente símbolos”. La cuestión no es pequeña: afrontarla supone ser tachados de anticonciliares.

    Todos se sienten con el derecho de enseñar y practicar una liturgia “a su manera”, tanto que hoy es posible asistir, por ejemplo, “a la afirmación de políticos católicos que, considerándose ‘adultos’, proponen ideas de Iglesia y de moral en contraste con la doctrina”. Entre aquellos que han iniciado este cambio, Bux recuerda a Karl Rahner el cual, a raíz del Concilio, denunciaba la reflexión teológica entonces imperante que, en su opinión, se mostraba poco atenta u olvidadiza de la realidad del hombre.

    El jesuita alemán sostenía en cambio que todo discurso sobre Dios brotaría de la pregunta que el hombre plantea sobre sí mismo. En consecuencia – esta es la síntesis – la tarea de la teología debería ser la de hablar del hombre y de su salvación, planteando las preguntas sobre sí y sobre el mundo. Un pensamiento teológico que, con triste evidencia, ha sido capaz de generar errores, el más clamoroso de los cuales es el modo de entender el sacramento, hoy ya no sentido como procedente de lo Alto, de Dios, sino como participación en algo que el cristiano ya posee.

    “La conclusión que saca de ello Häuβling – recuerda Bux – es que el hombre en los sacramentos acabaría por participar en una acción que no corresponde realmente con su exigencia de ser salvado”, ya que prescinde de la intervención divina. A semejante tesis “sacramental”, y a la derivación anexa de la liturgia, responde Joseph Ratzinger, que ya en el dorso del volumen XI “Teología de la liturgia” de su Opera omnia escribe: “En la relación con la liturgia se decide el destino de la fe y de la Iglesia”.

    La liturgia es sagrada, de hecho, si tiene sus reglas. A pesar de ello, si por un lado el ethos, o sea la vida moral, es un elemento claro para todos, por otro lado se ignora casi totalmente que existe también un ius divinum, un derecho de Dios a ser adorado. “El Señor es celoso de sus competencias – sostiene Bux –, y el culto es lo que le es más propio. En cambio, precisamente en el campo litúrgico, estamos frente a una desregulación”.

    Subrayando, en cambio, que sin ius el culto se vuelve necesariamente idolátrico, en su libro el teólogo cita un pasaje de la “Introducción al espíritu de la liturgia” de Ratzinger, que escribe: “En apariencia, todo está en orden y presumiblemente también el ritual procede según las prescripciones. Y sin embargo es una caída en la idolatría (…), se hace descender a Dios al nivel propio recudiéndolo a categorías de visibilidad y comprensibilidad”.

    Y añade: “Se trata de un culto hecho a la propia medida (…) se convierte en una fiesta que la comunidad se hace a sí misma; celebrándola, la comunidad no hace sino confirmarse a sí misma”. El resultado es irremediable: ‘De la adoración de Dios se pasa a un círculo que gira en torno a sí mismo: comer, beber, divertirse’. Y en su autobiografía (Mi vida, edit. San Pablo), Ratzinger declara: ‘Estoy convencido de que la crisis eclesial en la que hoy nos encontramos depende en gran parte del derrumbe de la liturgia’”.

    Para terminar, una sugerencia y una advertencia. La primera es la de relanzar la liturgia romana “mirando al futuro de la Iglesia – escribe Bux –, en cuyo está la cruz de Cristo, como está en el centro del altar: Él, Sumo Sacerdote al que la Iglesia dirige su mirada hoy, como ayer y siempre”. La segunda es inequívoca: “Si creemos que el Papa ha heredado las llaves de Pedro – concluye –, quien no le obedece, ante todo en materia litúrgica y sacramental, no entra en el Paraíso”.

    Por Mariaelena Finessi. Traducción del italiano por Inma Álvarez

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  2. “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,38-48)
    Semana VII del Tiempo Ordinario

    En el Evangelio de hoy Jesús continúa el examen de diversos preceptos de la ley antigua, y él, como nueva instancia de Ley de Dios, les da su sentido último. En esta parte del Sermón de la Montaña (Mt 5,21-48) Jesús cita diversos mandamientos y explica en qué consiste su cumplimiento por medio de la fórmula: “Se os ha dicho: ‘No matarás’, pues Yo os digo… Se os ha dicho: ‘No cometerás adulterio’, pues Yo os digo… Se os ha dicho: ‘No perjurarás’, pues Yo os digo… etc.” Eso que Cristo “dice” es nueva instancia de Palabra de Dios. El es la Palabra eterna del Padre, que se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y si esto no bastara para dar autoridad divina a la enseñanza de Cristo y a su propia Ley, tenemos el testimonio del Padre mismo, que en el monte de la Transfiguración declara: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle” (Mt 17,5). Por eso cuando Jesús dice: “Yo os digo”, debemos tender el oído y escuchar atentamente, pues va a seguir una palabra de vida eterna endosada por el Padre mismo.

    Jesús concluye la serie de mandamientos citando un último precepto de la ley antigua: “Vosotros sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial”. Jesús lo toma del libro del Levítico que decía: “Sed santos, porque yo, Yahveh, vuestro Dios, soy santo” (Lev 19,2). Pero hace suyo este precepto con un sentido completamente diverso de cómo había sido entendido en la Ley de Moisés. Allí se trataba de la santidad necesaria para participar en el culto, que se adquiría por medio de diversas abluciones y manteniendose libre del contacto con cadáveres y con otras realidades externas que hacían impuro al hombre. Aquí, en cambio, se trata de algo diverso; Jesús se refiere a la santidad interior, a la pureza del corazón, que consiste en el cumplimiento de la Ley evangélica que él está enseñando.

    El precepto: “Vosotros sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”, no admite profundización, porque no existe un precepto ulterior ni más radical. En efecto, no hay nada más perfecto que el Padre celestial. Lo impresionante es que Jesús nos llama a nosotros a esa misma perfección. Si, conscientes de nuestro pecado, en nuestra impotencia, preguntamos: ¿Cómo se puede cumplir tal precepto?, sabemos que la respuesta es: “El hombre no puede, por más que se esfuerce”. Por eso es que la Ley de Cristo nos queda siempre grande y nadie podrá sentirse satisfecho, pensando que ya la ha cumplido cabalmente. Queda así excluida del cristianismo toda actitud de auto-suficiencia ante Dios. El cristiano sabe que el hombre no se salva por el cumplimiento de ciertos preceptos de una ley externa, sino por pura gracia. La salvación del hombre es fruto de la pasión y muerte de Cristo en la cruz; es algo que obtuvo para nosotros Cristo y no algo que nosotros hayamos logrado por nuestro propio esfuerzo. A esto se refiere San Pablo cuando escribe: “No tengo por inútil la gracia de Dios, pues si por la ley se obtuviera la justificación, entonces Cristo habría muerto en vano” (Gal 2,21).

    Permanece el hecho de que Cristo nos dio ese precepto y que lo hizo seriamente y no sólo para convencernos de nuestra impotencia. Cristo nos dio ese precepto en la certeza de que lo podríamos cumplir. A la pregunta: ¿Cómo?, el mismo responde: “Yo os digo: no resistáis al mal; al que te abofetee en la mejilla derecha, ofrecele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, dejale también el manto; al que te obligue a andar una milla, vete con él dos… amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen…”. Jesús nos exhorta a esa conducta, “para que seáis -dice él- hijos de vuestro Padre celestial” y perfectos.

    Pero esa conducta, que es el cumplimiento de la Ley de Cristo, y que nos hace “perfectos como es perfecto nuestro Padre celestial”, no puede el ser humano observarla por su propio esfuerzo. No hay capacidad en la naturaleza humana para ofrecer la mejilla izquierda al que le golpea la derecha, o para darle de buena gana también el manto al que quiera arrebatarle la túnica. Personalmente no he tenido nunca la suerte de presenciar acciones semejantes. Estas acciones son sobrenaturales. Por eso, pretender que un hombre sin la gracia de Dios pueda hacerlas es lo mismo que pretender que un caballo resuelva un problema de matemáticas. Es imposible porque supera a su naturaleza. Si Cristo, de todas maneras, nos dio esa Ley es porque él sabía que con su muerte en la cruz nos iba a obtener una participación en la naturaleza divina que nos permitiera cumplirla. El cumplimiento de esos preceptos de Cristo es un don de Dios; ningún hombre puede alcanzarlo por sus propios medios. Cuando alguien observa esos preceptos de Cristo, revela que Dios lo ha santificado, que ha alcanzado la perfección cristiana. Este es el testimonio de los santos que veneramos en los altares.

    Pero el mandato de Cristo de ser perfectos y alcanzar esa santidad está dado a todos; para poderlo cumplir contamos con su gracia que él nos obtuvo por medio de su sacrificio en la cruz.

    + Felipe Bacarreza Rodríguez
    Obispo de Los Angeles (Chile)

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  3. Evangelio según San Mateo, capítulo 7, versículos del 21 al 27
    6 de Marzo de 2011

    Semana IX del Tiempo Ordinario

    21. “No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial.
    22. Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre lanzamos demonios, y en tu nombre hicimos cantidad de prodigios?”.
    23. Entonces les declararé: “Jamás os conocí. ¡Alejaos de Mí, obradores de iniquidad!”.

    Necesidad de poner en práctica el evangelio

    24. Así pues, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, se asemejará a un varón sensato que ha edificado su casa sobre la roca:
    25. Las lluvias cayeron, los torrentes vinieron, los vientos soplaron y se arrojaron contra aquella casa, pero ella no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.
    26. Y todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica, se asemejará a un varón insensato que ha edificado su casa sobre la arena:
    27. Las lluvias cayeron, los torrentes vinieron, los vientos soplaron y se arrojaron contra aquella casa, y cayó, y su ruina fue grande”.

    COMENTARIO

    21. Entendamos bien lo que significa hacer su voluntad. Si buscamos, por ejemplo, que un hombre no le robe a otro, para que la sociedad ande bien, y no para que se cumpla la voluntad de Dios, no podemos decir que nuestra actitud es cristiana. Ese descuido de la fe sobrenatural nos muestra que hay una manera atea de cumplir los mandamientos sin rendir a Dios el homenaje de reconocimiento y obediencia, que es lo que El exige. ¡Cuántas veces los hombres que el mundo llama honrados, suelen cumplir uno u otro precepto moral por puras razones humanas sin darse cuenta de que el primero y mayor de los mandamientos es amar a Dios con todo nuestro ser!

    22. En aquel día: el día del juicio, llamado también “el día del Señor”, “el día grande”, “día de Cristo”, “día de ira”. Cf. S. 117, 24; Is. 2, 12; Ez. 30, 3 y notas; Joel. 1, 15; Abd. 15; Sof. 1, 7; Rom. 2, 5; I Cor. 3, 13; II Cor. 1, 14; Fil. 1, 6 y 10; II Pedro 3, 12; Judas 6.

    23. Terribles advertencias para los que se glorían de ser cristianos y no viven la doctrina de Jesucristo. Véase Jer. 14, 14 ss., donde el profeta de Dios habla contra los falsos profetas y sacerdotes que abusan del nombre del Señor.

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  4. El papa dice que el hombre prefiere el poder, el dinero y el éxito que a Cristo

    Ciudad del Vaticano, 6 mar .- Benedicto XVI dijo que el hombre actual prefiere construir su vida sobre “la arena del poder, el éxito y del dinero” en vez de sobre la roca “firme” que es Cristo, el único que puede responder a las inquietudes del ser humano.

    El Pontífice hizo estas manifestaciones ante unas 50.000 personas que asistieron en la plaza de San Pedro del Vaticano al rezo del ángelus, durante el cual se refirió al Discurso de la Montaña, en el que Jesús, a través de la parábola de las dos casas construidas una sobre la roca y otra en la arena, invita a los discípulos a escuchar su palabra y llevarla a la práctica.

    Tras señalar que Cristo invita a los hombres a que edifiquen sus vidas sobre bases sólidas, el papa agregó que “muchas veces” el hombre “prefiere construir sobre la arena del poder, del éxito y del dinero, pensando encontrar la estabilidad y la respuesta a la pregunta de felicidad y plenitud que lleva en su interior”.

    El papa teólogo señaló que Cristo es la roca de nuestra vida y el único que puede responder a las inquietudes del ser humano.

    Benedicto XVI exhortó a los fieles a “hacer espacio cada día” a la palabra de Dios, a nutrirse de ella y a meditarla continuamente.

    “Es una preciosa ayuda ante la superficialidad, esa que puede satisfacer un momento el orgullo, pero que al final nos deja vacíos e insatisfechos”, afirmó.

    Como es habitual, saludó en varios idiomas. En español tuvo palabras de aliento para los fieles presentes de España -especialmente de Murcia y de Los Barreros-Cartagena- y de América Latina, a los que también exhortó a construir sus vidas sobre roca.

    “Esta roca firme sobre la que podemos construir nuestra vida es la fe en la Palabra de Dios. Fijando nuestros ojos en María, aprendamos de ella a cumplir en todo momento la voluntad del Padre celestial para que, con la ayuda de la gracia divina, seamos transformados en imagen de Cristo y demos un testimonio eficaz de su vida y enseñanzas. Feliz domingo”, dijo en español.

    Tras el ángelus, Benedicto XVI expresó su “gran preocupación” por la situación en Libia y pidió “asistencia y socorro para las poblaciones golpeadas” en Libia.

    También expresó su condena por el asesinato del ministro católico paquistaní Shahbaz Bhatti y exigió que se respete la libertad religiosa de todos los hombres.

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  5. EVANGELIO DEL DOMINGO: UNA ESCUCHA EDIFICANTE
    OVIEDO.- Publicamos el comentario al Evangelio del próximo domingo, noveno del tiempo ordinario (Mateo 7, 21-27), 6 de marzo, redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo.

    * * *

    En la gran exhortación bíblica que atraviesa toda la Escritura Santa, se nos invita a escuchar a Dios: “Escucha, Israel” …”Este es mi Hijo bienamado, escuchadle”. El que hizo las cosas diciéndolas: “Dijo Dios, hágase”, las rehace a través de la palabra redentora de su propio Hijo. No es por tanto una cuestión secundaria lo de escuchar a Dios, y por este motivo la Iglesia nos convoca para escuchar juntos los hablares del Señor cada domingo.

    Nos dice el libro del Deuteronomio que Dios pone ante nuestros ojos una bendición y una maldición (Deut 11,18-28), como para indicarnos que en la realidad en la que nuestra vida se desenvuelve hay siempre una gran cuestión: cómo se sitúa nuestra libertad. Y es aquí donde encontramos una llamada de atención que examina en definitiva nuestra actitud oyente. Porque podemos escuchar de tantos modos a este Deus loquens, un Dios que tiene boca y que sabe y quiere hablarnos. Podría sonarnos en el oído la letra de su voz e incluso saber tatarear la música escondida en su relato, y aprendernos de carrerilla incluso alguna oración: “Señor, Señor…”, como irónicamente nos dice el Evangelio. Y a pesar de todo ello, permanecer sordos a lo que hablándonos Dios nos quiere dar, hacer, alertar, confirmar o reprender.

    El Evangelio de este domingo nos pone precisamente ante ese juego de la libertad en la cual se cifra nuestra calidad oyente del Señor que nos habla. Y viene a preguntarnos plásticamente sobre qué firme edificamos nuestra vida, a qué, a quién y cómo entregamos nuestra entrega cuando nos damos. Si lo que es importante en nuestra vida como es el amor, los ensueños, aquello en lo que nos empeñamos o lo que guardamos como recuerdo, lo construimos sobre una arena movediza que no tiene fundamento, es arriesgarse irresponsablemente a que nuestra vida sea fatalmente vulnerable, insulsa, vacía, sin significado y víctima de la improvisación o de cualquier desaprensivo ataque.

    Escuchar al Señor es edificar sobre la roca, caminar en la compañía de su Palabra que nos da la vida, que nos ilumina en las cañadas oscuras, que en medio de las tormentas nos pacifica, que es capaz de ablandar nuestra dureza de corazón, y con su verdad nos salva de la mentira. Pero este tipo de escucha honda y sincera, es la que traduce a la vida concreta lo que ha escuchado de los labios de Dios: no os contentéis con oír la Palabra, sino poned por obra lo que habéis escuchado. Lo que decimos con los labios no lo contradigan nuestras obras, y que éstas sean el fiel reflejo de lo que hemos oído al Señor.

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  6. EL EVANGELIO DEL DOMINGO | EDICION IMPRESA | Domingo, 06 de Marzo de 2011
    Cumplir la voluntad de Dios
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    El Señor manifiesta una particular predilección por aquellos que en su vida se empeñan en cumplir en todo la voluntad de Dios, por quienes procuran que sus obras expresen las palabras y los deseos de su diálogo con Dios, que se convierte entonces en oración verdadera.

    Pues no todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre…, declara Jesús en el Evangelio de la Misa.

    En aquella ocasión hablaba ante muchos que habían convertido la plegaria en un mero recitar palabras y fórmulas, que en nada influían luego en su conducta hipócrita y llena de malicia. No debe ser así nuestro diálogo con Cristo: «Ha de ser tu oración la del hijo de Dios; no la de los hipócritas, que han de escuchar de Jesús aquellas palabras: “no todo el que dice ¡Señor!, ¡Señor!, entrará en el Reino de los Cielos”. »Tu oración, tu clamar, “¡Señor!, ¡Señor!” ha de ir unido, de mil formas diversas en la jornada, al deseo y al esfuerzo eficaz de cumplir la voluntad de Dios» (San Josemaría).

    Ni siquiera bastaría realizar prodigios y obras portentosas, como profetizar en su nombre o arrojar demonios -si esto fuera posible sin contar con Él-, si no procuramos llevar a cabo su amable voluntad; vanos serían los sacrificios más grandes, inútil sería nuestra carrera.

    Por el contrario, la Sagrada Escritura nos muestra cómo Dios ama y bendice a quien busca identificarse en todo con el querer divino: he hallado a David, hijo de Jesé, varón según mi corazón, que cumplirá en todo mi voluntad (. Hech 13, 22). Y San Juan escribe: El mundo pasa, y también sus concupiscencias; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. Jesús mismo declara que su alimento es hacer la voluntad del Padre y dar cumplimiento a su obra. Esto es lo que importa, en eso consiste la santidad en medio de nuestros deberes, en hacer Su voluntad, en ser lo que Él quiere que seamos, en desprendernos más y más de nuestros intereses y egoísmos y en hacernos uno con aquello que Dios ha dispuesto para nosotros.

    El camino que conduce al Cielo y a la felicidad aquí en la tierra es la obediencia a la voluntad divina, no el repetir su nombre. La oración ha de ir acompañada de las obras, del deseo firmísimo de llevar a cabo el querer de Dios que se nos manifiesta de formas tan diversas. «Recia cosa sería -manifiesta Santa Teresa- que Dios nos estuviese diciendo claramente que fuésemos a alguna cosa que le importa, y no quisiésemos, porque estamos más a nuestro placer», a nuestros deseos.

    ¡Qué pena si el Señor deseara llevarnos por un camino y nosotros no empeñáramos en ir por otro! Cumplir la voluntad de Dios: he aquí un programa para llenar toda una vida.

    «Habrás pensado alguna vez, con santa envidia, en el Apóstol adolescente Juan, “quem diligebat Iesu” -al que amaba Jesús.

    »-¿No te gustaría que te llamaran “el que ama la Voluntad de Dios?”. Pon los medios» (San Josemaría). Estos medios consistirán normalmente en cumplir los pequeños deberes de la jornada, en preguntarnos a lo largo del día: ¿hago en este momento lo que debo hacer?, aceptar las contrariedades que se presentan en la vida normal, luchar decididamente en aquellos consejos que hemos recibido en la dirección espiritual, rectificar la intención cuantas veces sea necesario, pues la tendencia de todo hombre es hacer su propia voluntad, lo que le apetece, lo que le resulta más cómodo y agradable.

    ¡Señor, yo sólo quiero hacer lo que quieras Tú, y del modo que lo desees! No quiero hacer mi voluntad, mis pobres caprichos, sino la tuya.

    Querría, Señor, que mi vida fuera sólo eso: cumplir tu voluntad en todo, poder decir como Tú, en lo grande y en lo pequeño: mi alimento, lo que da sentido a mi vida, es hacer la voluntad de mi Padre Dios.

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  7. GOTAS DE PAZ
    Decir y cumplir

    por Hno. Joemar Hohmann – Franciscano Capuchino

    Mt 7,21-27

    En la realidad humana vemos con tristeza que muchas veces las personas dicen que van a realizar cosas lindas, pero todo no pasa de palabras hermosas: el ñe’êrei.

    En el ámbito político se promete lo que el elector quiere escuchar, pero después de las elecciones ya no importa nada de lo que fue dicho. En otros ámbitos pasa cosa semejante: un marido promete que va a ser más centrado, una esposa promete que no va a repetir tanto las mismas críticas, el joven promete que va a estudiar con más seriedad, sin embargo, no se cumple lo prometido.

    En el campo de la espiritualidad, o mejor dicho, del seguimiento de Cristo, pasa algo parecido, pues cuando los infaltables golpes de la existencia nos sacuden, solemos ser dóciles en las palabras y hacemos muchos propósitos correctos, diciendo: “Señor, Señor, ayúdame… que yo tal cosa y tal cosa…”, pero nos olvidamos rápidamente de ellos, o los cumplimos de modo descuidado.

    Esta dicotomía entre el decir y el cumplir no es solamente triste, es mucho más grave, pues nos exponemos a escuchar las duras palabras del Señor: “Apártense de mí, ustedes que hacen el mal”. Esto significa que para El, decir y no cumplir es “hacer el mal”, que determina su alejamiento.
    En realidad, si hay una cosa que Jesucristo no soporta es la hipocresía y el tovamokõi.

    Y para concluir el Sermón de la Montaña (Mateo cap. 5,6-7), que hemos escuchado por seis domingos seguidos, Jesús cuenta una pequeña y contundente parábola: construir sobre la roca o construir sobre la arena.

    Es interesante subrayar que las fuertes lluvias, los torrentes y los vientos huracanados azotan las dos construcciones, para manifestar que en cualquier estilo de vida que llevemos vamos a tener probaciones que nos angustian.

    Ya que las probaciones son inevitables, hay que tratar de “ser fuerte por dentro”, que en las palabras del Evangelio significa decir algo y cumplirlo cabalmente, es tener una vida coherente y es unir la fe con las actitudes cotidianas.

    Todo bautizado tiene la obligación de edificar su vida sobre la roca firme que es Cristo, pues únicamente de este modo uno será un hombre sensato y un buen administrador de los bienes y dones que El nos presta y de los cuales, alguna vez, deberemos rendir cuentas.

    Mi hermano, el próximo día 09 empezaremos la Cuaresma, con el rico simbolismo de la ceniza, por lo tanto, procure ser más razonable en su vida, diciendo las cosas y cumpliéndolas debidamente.

    Paz y bien

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  8. “Todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre la roca.” Mt 7, 24

    Si quieres ver un video con esta temática puedes acceder a http://www.gotasdepaz.com/video

    En el tentativo de hacer con que las personas comprendan la importancia de colocar en práctica sus enseñanzas, Jesús hace una comparación muy ilustrativa: la casa construida sobre la roca y la casa construida sobre la arena. De hecho en la época de Jesús, como también en nuestros días, muchos quieren escuchar sus palabras.
    Muchos dicen que las necesitan para sentir paz, otros para tener un aliento, para ser confortados o encontrar respuestas a sus inquietudes existenciales. Sin embargo, de éstos tantos que no la rechazan y hasta buscan escucharla, solo unos poco van más allá de una escucha pasiva, esto es, solamente una minoría busca de verdad comprender lo que quiere Jesús, y trata de adecuar su vida, a lo que dice el maestro.
    Son muchos los que escuchan a Jesús pedir que debemos amar a todos, especialmente a nuestros enemigos, y hasta se emocionan con éstas palabras pero al final continúan odiando, deseando el mal o hasta mismo buscando formas de venganza… éstos ciertamente escuchan la palabra pero no la ponen en práctica.
    Existen muchos que escuchan que Jesús nos pide no ser avaros y codiciosos, nos pide de no acumular riquezas en esta tierra sino en el cielo, sin embargo, continúan haciendo novenas para ganar en la lotería, continúan explotando a los empleados, sin ser capaces de jamás hacer una obra de caridad que no sean solo migajas. Son muchos los que escuchan en las iglesias que Dios debe estar en primer lugar en nuestras vidas, pero efectivamente en la primera oportunidad cambia Dios, la oración, la misa por cualquier otra programación mundana.
    A estos que lo escuchan pero no cambian su conducta y continúan haciendo lo mismo siempre, Jesús dice que “son como un hombre insensato, que construye su casa sobre la arena”. Esta casa puede ser muy linda, espaciosa, vistosa, tener muchos lujos y servirá muy bien mientras se tenga lindo tiempo. Su problema es que no resistirá la llegada de las tempestades, las lluvias y los vientos. Estas tempestades son las pruebas de la vida. De hecho, existen muchos cristianos superficiales que están con Jesús cuando todas las cosas van bien, cuando el tiempo está calmo… pero cuando las cosas cambian, cuando surge un conflicto, cuando alguien les critica por algo, o cuando sucede algo grave en su vida, entran en desesperación, se hunden en la tristeza, pierden el sentido y la hermosa casa termina por caerse.
    Debemos darnos cuenta que las pruebas vienen a todos. Ellas son propias de nuestra condición en éste mundo. Todos los seres humanos debemos estar preparados para situaciones difíciles, para persecuciones, para el duelo, para la renuncia… Jesucristo con su Palabra nos capacita para poder vencer a las pruebas, para resistir a los problemas, para saber llevar la cruz hasta la superación del dolor. Sin embargo, es necesario escuchar atentamente esta Palabra y transformar nuestro existir de acuerdo a sus indicaciones.
    Quien vive en el cotidiano las enseñanzas de Cristo es como el hombre sensato, que edifica su casa sobre la roca. Pueden llegar las lluvias, los vientos, los huracanes… que igual continuará teniendo su casa.
    Confieso que estas palabras de Jesús a veces me asustan, pues ya he visto mucha gente buena, hasta consagrados y sacerdotes sucumbieron delante de las pruebas, y esto me revela que posiblemente también ellos estaban viviendo en modo superficial la Palabra.
    Ayúdanos Señor, a no ser escuchadores sordos de tu palabra. Ayúdanos a construir nuestra casa sobre la roca, y así ser capaces de superar todas las pruebas.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.
    Hno Mariosvaldo Florentino, capuchino

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