ADULTECER

CAMBIAR LA MIRADA

Por Miriam Morán

Cuando la gente comienza a transitar por los años de la vida en que el empedrado se gasta más rápidamente, en que el asfalto es como el de la avenida España: necesita demasiada inversión para que no se rompa, surge la tentación de pensar que ya no vale la pena seguir aprendiendo, seguir intentando, seguir creciendo.

Esta tentación es potenciada por una sociedad nada solidaria y poco visionaria, porque finalmente todos recorreremos irremediablemente el mismo camino.

El cuerpo ya no tiene el lenguaje de antaño, los tendones y huesos comienzan a emitir nuevas “palabras”, en un idioma que suena a chirrido. Y ante esto usted sabe cómo cambia la mirada de la sociedad sobre esta franja etárea.

La presión es muy alta, es como que está prohibido ser o parecer viejo y, peor aún, vieja. Y negar esta realidad o intentar evitarla es como querer coartarle la libertad a la propia vida, que marca un comienzo, un desarrollo y un fin. El secreto está en cómo abordarla.

Convengamos, no obstante, en que en algo ha ayudado este temor o desprecio hacia la vejez. Mediante esa “persecución” social hoy son más quienes se preparan para tener calidad de vida al llegar a esos años no tan mozos, como dirían los abuelos. Y he aquí que esta realidad ha dado vida a una nueva generación que según leí en un material recibido por e-mail, daría pie a la creación de una nueva franja social que todavía no tiene nombre.

Se trata, según el texto, de una generación que ha pateado fuera del idioma la palabra “sexagenario” y “septuagenario”, porque no tiene entre sus planes envejecer. Una meta factible si concluimos que la juventud está en el espíritu y, sobre todo, en saber vivir.

En el material se describe a los individuos de este grupo como de 60 años y más, que han llevado una vida razonablemente satisfactoria. La mujer tiene un papel rutilante. Pudo sobrevivir a la “borrachera de poder” que le dio el feminismo y en determinado momento de su juventud, en el que los cambios eran tantos, pudo detenerse a reflexionar qué quería en realidad.

“La gente mayor comparte la devoción por la juventud y sus formas superlativas, casi insolentes de belleza, pero no se siente en retirada. Compite de otra forma, cultiva su propio estilo. Ellos no envidian la apariencia de jóvenes astros del deporte, o de los que lucen un traje Armani, ni ellas sueñan con tener la figura torneada de una vedette. En lugar de eso, saben de la importancia de una mirada cómplice, de una frase inteligente, o de una sonrisa iluminada por la experiencia”, subraya la descripción.

Y es que antes los de 60 eran viejos, hoy están plenos física e intelectualmente y parece que ya no envejecen, solo adultecen. Tal vez esta sea una buena razón y un momento oportuno para que la sociedad se proponga cambiar la mirada hacia la vejez y le permita a la vida dar sus pasos en paz, para disfrutarla a pleno. ¿O no?

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