EL ARTE DE AMAR

  • Carlos Ayala Ramírez

Hay temas en los que se da por supuesto que ya lo sabemos casi todo, especialmente aquellos que se han constituido en lugares comunes, es decir, de aparente dominio público. Con facilidad hablamos de Dios, del Pueblo, de la Democracia, de la Fe y del Amor, entre otros. Cuando hablamos de problemas complejos de manera superficial es casi inevitable el abuso, la falsificación y la manipulación tanto de los contenidos como de las prácticas que implican esos valores. En el tema que hoy nos ocupa podemos decir que, por lo general, todo mundo valora el “amor” pero no se piensa en la necesidad de conocer y aprender sobre él.

 

En 1956 se publicó un libro (en idioma inglés) escrito por uno de los intelectuales más brillantes de la llamada escuela de Francfort: Erich Fromm. El libro en su versión española (1966) se titula “El arte de amar” y sus contenidos después de tantos años siguen siendo actuales, y la razón de ello, no cabe duda, es la profundidad con la que Fromm abordó el tema. Un verdadero bestsellers, más de 25 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo.

 

 

En dicho libro afirma Fromm, que para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste en ser amado y no en amar; por tanto, la principal preocupación será cómo ser dignos de amor. Para alcanzar ese objetivo se suelen seguir varios caminos: el atractivo de los hombres para hacerse amar es el éxito económico, político o social; el de las mujeres será su buena condición estética y física. Es decir, se vive en una cultura en la que prevalece la orientación mercantil y en la que el éxito material constituye el valor predominante para hacerse amar. El amor no aparece como una facultad (que hay que aprender) sino como una elección del “objeto amoroso” (lo difícil es encontrar el objeto apropiado). Toda nuestra cultura, enfatiza Fromm, está basada en el deseo de comprar, en la idea de un intercambio mutuamente favorable.

 

 

Para superar esa tendencia egocéntrica, Fromm propone el carácter activo del amor que implica ciertos elementos básicos, comunes a todas las formas del amor, es decir, el que existe entre el hombre y la mujer, de los padres a sus hijos, entre los amigos, al prójimo, a uno mismo, el amor que Dios nos tiene y nuestro amor a Dios. Esos elementos son: el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento. Veamos, brevemente, cómo describe Fromm esos rasgos.

 

 

El cuidado: Que el amor implica cuidado es especialmente evidente en el amor de una madre por su hijo. Ninguna declaración de amor por su parte nos parecería sincera si viéramos que descuida al niño, si deja de alimentarlo, de proporcionarle bienestar físico. El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos. Cuando falta tal preocupación activa no hay amor. Leonardo Boff lo ha dicho de otra forma, “se cuida aquello que se ama y se ama aquello que se cuida”.

 

 

La responsabilidad: Suele usarse ese término para denotar un deber, algo impuesto desde el exterior. Pero la responsabilidad, en su verdadero sentido, es un acto enteramente voluntario, constituye mi respuesta a las necesidades, expresadas o no, de otro ser humano. Ser responsable significa estar listo y dispuesto a responder. La persona que ama responde a las necesidades (psíquicas, físicas, sociales) del “otro” (individual o colectivo).

 

 

El respeto: No significa temor y sumisa referencia, sino la capacidad de ver a una persona tal cual es, tener consciencia de su individualidad única. Respetar significa preocuparse por que la otra persona crezca y se desarrolle tal como es. Por tanto, el respeto implica la ausencia de explotación, quiero que la persona amada crezca y se desarrolle por sí misma, en la forma que le es propia.

 

 

El conocimiento: Respetar a una persona sin conocerla, no es posible; el cuidado y la responsabilidad serían ciegos si no los guiara el conocimiento. Ahora bien, hay varios niveles de conocimiento. Por ejemplo, puedo saber que una persona está encolerizada, aunque no le demuestre abiertamente; pero puedo llegar a conocerla más profundamente aún; sé que está angustiada, que se siente sola, que se siente culpable. Sé entonces que su cólera no es más que una manifestación de algo más profundo: veo a una persona que sufre, y no simplemente a una persona enojada. El amor implica conocer al otro objetivamente y eso pasa por la experiencia de la amistad, de cercanía y de confianza mutua.

 

 

En suma, en este libro el autor exhorta a tomar conciencia de que el amor es un arte, tal como es un arte vivir. En consecuencia, si deseamos aprender a amar, es necesario el dominio de la teoría y de la práctica. Cuidado, responsabilidad, respeto, y conocimiento son cuatro actitudes interdependientes que se encuentran en la persona que se ha puesto en el camino de este aprendizaje. Pero esas actitudes, según Fromm, no han de quedarse en un plano puramente individual, reclaman un tipo de sociedad centrada no en el provecho económico depredador y excluyente, sino en el ser humano, cuya calidad de vida ha de medirse no sólo por el acceso a los bienes primordiales, sino también por la superación de las actitudes egocéntricas y el desarrollo de la capacidad de amar. Sin olvidar que el amor es un poder que produce amor, porque como afirmaba Marx: “si amamos sin producir amor, entonces nuestro amor es impotente, es una desgracia”.

Director de Radio Ysuca

Adital

Un comentario en “EL ARTE DE AMAR”

  1. El totalitarismo de la libertad

    Publicado por: Mario Ramos Reyes | Lunes 21 Febrero 2011 | 08:02Hs.
    Reflexiones desde la ADEC
    El maquiavelismo político utiliza muy a menudo seres humanos, ciudadanos -maldad que está en su código genético- como instrumentos para sus fines. Claro, esta afirmación parecería sonar demasiado brutal en una democracia y, por lo tanto, debía reservarse para dictaduras. Y ciertamente, lo es.

    A las dictaduras, de derecha o de izquierda -son lo mismo- les interesa acumular poder y nada más. Ese es el fin que determina los medios, la estrategia, la táctica de sus acólitos. La verdad de lo que decimos, no obstante su pobreza moral, permanece; el maquiavelismo mira a los ciudadanos como instrumentos, dejando de lado la naturaleza de lo que son en sí, personas con un fin en sí mismas.

    Pero ese traspié ético también es propio de la democracia. No se crea que la misma, por la reverencia cuasi-religiosa de que disfruta, está exenta del virus manipulador. Lejos de la realidad de las cosas.

    La libertad de una democracia también puede utilizarse como un fin absoluto sin parar mientes en la dignidad personal de los ciudadanos. Y eso es, precisamente, lo que ocurre en ciertos contenidos de la libertad, o liberales, de la democracia actual. Pero vayamos por parte. ¿Qué quiere decir eso de que la libertad corrompe a la democracia? Significa dos cuestiones fundamentales en la democracia liberal contemporánea.

    Lo primero, que la libertad del individuo, de la persona -el sujeto individual de una democracia para que sea liberal- supone ser algo antes de ejercer dicha facultad. El ser humano es algo antes de ser libre. O, tal vez, sería mejor decir la persona es libre pues primero es persona.

    Una piedra y un yacaré no son libres; por lo menos, no poseen la libertad interior de un querer consciente de formar una comunidad para el bien común. El determinismo material en el primero o el instinto de conservación en el segundo, le juegan una mala pasada. Pero el ser humano no. Tiene la bendición en su naturaleza de determinar su propio accionar.

    Pero aquí viene lo segundo. Y es que ese accionar sigue -con la exuberancia parecida a la de las ramas de un ombú que indicarían sus raíces- de manera orgánica.

    La persona ejerce su libertad y es más libre cuando más obedece a su propio ser, su naturaleza. Pero la democracia actual -o ciertas versiones secularistas de la misma- traicionan esta realidad. Es que la versión de la libertad esgrimida es, por la traición a la naturaleza de la persona que hace, enemiga de sí misma.

    La versión de la libertad invocada por ciertos contenidos de la democracia liberal actual hace que las identidades de los grupos que la conforman, sean instituciones educacionales, iglesias, o asociaciones profesionales, se diluyan, se evaporen, se nieguen a ser ellos mismos.

    Ese es el totalitarismo en nombre de la libertad. Es una de las nuevas tiranías, tal vez más insidiosa pues se la impulsa en nombre de la democracia. No es la libertad de la persona para ser más ella misma sino una libertad contra la persona.

    La libertad es lo que el individuo quiere -o lo que la mayoría o el poder decida-, cualquiera sea su apetito, y todo aquel que no se apee de ese deseo será burlado o ignorado por la nueva intelligentzia.

    Eso es lo que ocurre con el contenido ideológico de género de la democracia; si no se está de acuerdo, entonces, no se es democrático sino intolerante, autoritario, reaccionario y rapaz.

    Convengamos; no es un maquiavelismo duro sino blando, pero, por lo mismo, no deja de ser absolutista. Es la intolerancia en nombre de la tolerancia, la marginación social en nombre de la inclusión. No importa si lo que se critica es una exégesis de la libertad que quiere hacer creer que el ser vivo no es siempre persona, o que lo masculino a veces es femenino o vice versa. O que se lo construye como tal conforme las ciencias sociales lo dictaminen.

    Lo único que vale, en fin, es lo que la mayoría dice que le gusta o le parece aunque lo dicho sea contrario a ese algo de la persona. Y así, se inventa, se fabrica, se falsea la realidad. Pero esa no es toda la historia. Existe otra historia, la de una democracia que es liberal porque tiene límites, posee fronteras de la propia naturaleza de la persona y de moralidad del ciudadano. Pero ese es un tema para más adelante.

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