EVANGELIO DEL DOMINGO: ENEMIGOS AMADOS

Publicamos el comentario al Evangelio del próximo domingo, séptimo del tiempo ordinario (Mateo 5,38-48), 13 de febrero, redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo.

* * *

Jesús nos está explicando las Bienaventuranzas en los Evangelios de estos do­mingos. Lo que esta vez escucharemos se hace especialmente sorprendente, inesperado y hasta duro de seguir. Sin duda que así se quedarían aque­llos primeros oyentes de es­tas palabras del Maestro. Entonces, como también ahora, los hombres tenían sus sub­terfugios para dar salida a su “honrilla”. No se trataba de ser violento o agresivo, pero tampoco bobo, y entonces acuñaron aquel célebre “ojo por ojo y diente por diente”, de la vieja ley del Talión. Es decir, no tiraremos la primera piedra, pero quien nos busque nos encontrará y su provocación no quedará sin responder. Luego vendrá nuestro dicho: “yo perdono pero no olvido”, que es un modo imposible y sutil de conciliar algo tan opuesto y dispar como el perdón y el rencor.

Jesús viene y dice: amad a vuestros enemigos, sorprended a quien os afrenta, con­fundid a los que os piden algo. Otros dirán cosas distintas, otros tendrán solapada­mente sus mezquinos ajustes de cuentas, con sus dientes y sus ojos… medidos y pesa­dos en la balanza de su talión particular. No se trataba de un oportunismo sino de de­volver a los hombres la real posibilidad de volver a ser imagen y semejanza de un Dios que no discrimina a nadie, que ama a sus enemigos regalando el sol cada mañana a los buenos y a los malos, y envía la lluvia hermana a los justos y a los injustos.

Jesús no predicaba simplemente una ética universal, una buena educación cívica y unas normas de urbanidad válidas para todos. Él propone otra cosa, coincida o no con lo que otros puedan igualmente pensar y proponer. El amor que cuenta y pesa, el amor que calcula, el que pide condiciones… éste no le interesa a Jesús. Ése pertenece a los paganos, a los que no pertenecen a la ciudad de Dios ni a su Pueblo. Acaso podemos pensar que no tenemos enemigos de solemni­dad. Enemigos de ésos a los que se responde con mísiles modernos o con duelos ro­mánticos. Pero la enemistad que Jesús nos invita a superar con amistad, y los odios que Él nos urge a transcender con amor, pueden estar muy cerca, tal vez demasiado cerca.

El amor que Jesús nos propone se debe hacer gesto cotidiano, permanente. Porque los amigos o enemigos a los que indistintamente debemos amar se pueden en­contrar cerca o lejos, en nuestro hogar o en el vecino, puede ser un familiar o un com­pañero, frecuentar nuestras sendas o sorprendernos en caminos infrecuentes… Pero todo esto da lo mismo. No hay distinción que valga para dispensarnos de lo único impor­tante, de lo más distintivo y de lo que nos diferencia de los paganos (Mt 5,46-47): el amor. En esto nos reconocerán como sus discípulos.

3 comentarios en “EVANGELIO DEL DOMINGO: ENEMIGOS AMADOS”

  1. EL EVANGELIO DEL DOMINGO | EDICION IMPRESA | Domingo, 20 de Febrero de 2011
    Caridad con todos

    Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo… al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también la capa; a quien te fuerce a andar una milla, ve con él dos… Son palabras de Jesús en el Evangelio de la Misa, que nos invitan a vivir la caridad más allá de los criterios de los hombres. Ciertamente, en el trato con los demás no podemos ser ingenuos y hemos de vivir la justicia -también para exigir los propios derechos- y la prudencia, pero no debe parecernos excesiva cualquier renuncia o sacrificio en bien de otros. Así nos asemejamos a Cristo que, con su muerte en la Cruz, nos dio un ejemplo de amor por encima de toda medida humana.

    Nada tiene el hombre tan divino -tan de Cristo- como la mansedumbre y la paciencia para hacer el bien. “Busquemos aquellas virtudes -nos aconseja San Juan Crisóstomo- que, junto con nuestra salvación, aprovechan principalmente al prójimo… En lo terreno, nadie vive para sí mismo; el artesano, el soldado, el labrador, el comerciante, todos sin excepción contribuyen al bien común y al provecho del prójimo. Con mayor razón en lo espiritual, porque este es el vivir verdadero. El que sólo vive para sí y desprecia a los demás es un ser inútil, no es hombre, no pertenece a nuestro linaje”.

    Las múltiples llamadas del Señor -y especialmente su mandamiento nuevo- para vivir en todo momento la caridad han de estimularnos a seguirle de cerca con hechos concretos, buscando la ocasión de ser útiles, de proporcionar alegrías a quienes están a nuestro lado, sabiendo que nunca adelantaremos lo suficiente en esta virtud. En la mayoría de los casos se concretará solo en pequeños detalles, en algo tan simple como una sonrisa, una palabra de aliento, un gesto amable… Todo esto es grande a los ojos de Dios, y nos acerca mucho a Él. Al mismo tiempo, consideramos hoy en nuestra oración todos esos aspectos en los que, si no estamos vigilantes, sería fácil faltar a la caridad: juicios precipitados, crítica negativa, falta de consideración con las personas por ir demasiado ocupados en algún asunto propio, olvidos… No es norma del cristiano el ojo por ojo y diente por diente, sino la de hacer continuamente el bien, aunque, en ocasiones, no obtengamos aquí en la tierra ningún provecho humano. Siempre se habrá enriquecido nuestro corazón.

    La caridad nos lleva a comprender, a disculpar, a convivir con todos, de modo que “quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social, política e incluso religiosa deben ser también objeto de nuestro respeto y de nuestro aprecio (…)”

    Esta caridad y esta benignidad en modo alguno deben convertirse en indiferencia ante la verdad y el bien. Más aún, la propia caridad exige el anuncio a todos los hombres de la verdad que salva. Pero es necesario distinguir entre el error, que siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva la dignidad de la persona incluso cuando está desviado por ideas falsas o insuficientes en materia religiosa. Un discípulo de Cristo jamás tratará mal a persona alguna; al error le llama error, pero al que está equivocado le debe corregir con afecto; si no, no le podrá ayudar, no le podrá santificar, y esa es la mayor muestra de amor y de caridad.

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  2. GOTAS DE PAZ
    Amar a “brujas y pesados”

    por Hno. Joemar Hohmann – Franciscano Capuchino

    Mt 5,38-48

    El texto de este domingo forma un conjunto con lo anterior, pues Jesús expone seis antítesis, cuya observancia han de formar sus auténticos amigos.

    Cuatro de ellas hablan de no matar, ni llamar al otro de imbécil; de no cometer adulterio, ni en actos, ni tampoco en pensamientos; de no divorciarse; de no jurar, ni por el cielo ni por la tierra.

    Hoy enseña dos cosas más: no reaccionar al estilo “ojo por ojo y diente por diente”, y también que hay que amar a los enemigos, rezar por los que nos persiguen y hacer el bien a los que nos hacen el mal.

    Quizás la palabra “enemigo” suene demasiado grande, pues ¿quién de nosotros tiene enemigos literalmente? Por eso, creo que es más oportuno hablar de “brujas y pesados”, pues seguramente todos tenemos este grupo de gente muy cerca de nosotros.

    Si queremos ser sinceros, no solamente hemos de considerar a los demás como “brujas y pesados”, pero analizarse para ver si uno mismo no es el primero a estar en esta clasificación. Además, hay que cuidarse con la tendencia tan común del ser humano, que es justificarse en todo y condenar fácilmente al otro.

    Entonces, Jesús nos exhorta a que debemos hacer el bien a las “brujas”, a estas mujeres que son sobradoras, embaucadoras y chismosas.

    Igualmente, a los varones que son “pesados“, verdaderos ogros que atormentan la vida, argeles que no respetan sus límites y atropellan abusivamente a los demás.

    No debemos tratarlos con la ley de talión, del ojo por ojo, lo que exige de nosotros no querer hacer justicia con las propias manos; es más, a dominarse para no buscar la venganza, que agranda la espiral de violencia, la cual transforma la existencia humana en una tensión constante, que nos enferma a todos y destruye un montón de cosas lindas que la vida nos regala.

    No es nada fácil bendecir a los que nos difaman y elogiar a los que nos desprecian, pues no es un acto de la naturaleza humana: es un acto de la naturaleza divina. Por eso que Jesús afirma: “Amen a sus enemigos, así serán hijos del Padre que está en el cielo”. Ser hijo significa ser semejante al padre y mostrar sus mismos valores.

    De acá brota algo sumamente importante para nuestra vida diaria: no debemos hacer el bien a las “brujas y pesados” por la simpatía que ellos irradian, pues no la irradian, pero porque Dios los ama y nos ordena que los amemos.

    Paz y bien

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  3. Amen a sus enemigos… Mt 5,44

    ¡Cómosuena fuerte esta frase de Jesús!
    Naceen muchos de nosotros la pregunta: ¿Cómo es posible amar al enemigo? Es muynatural que en todos nosotros, aparezca el odio al enemigo, la rabia, losresentimientos… ¿Cómo es posible amar a quien no quiero, a quien no tengo unsentimiento de aprecio o de estima?
    Estaspreguntas nos revelan que probablemente estamos en un plan diferente: lo queentendemos por amor tal vez no sea lo que Jesús entiende. ¿Qué quiere decirJesús con este mandamiento:“Amen a susenemigos”?Busquemos reflexionar sobre esto:
    Enprimer lugar debemos notar que él no está pidiéndonos: “sean amigos de todos”.No es así. Es posible que aquel que es nuestro enemigo porque ha elegido uncamino equivocado: el camino de la mentira, del fraude, de la envidia, de loscelos, de lasoberbia, de las trampas, de lacalumnia, de la maldad… continuarásiendo siempre nuestro enemigo, mientras continúe en actitudmala.
    Sinembargo, aun así el Señor nos pide que lo amemos. Aunque él esté en un caminofeo, como cristianos estamos invitados a amarlos.
    Ciertamente,este amor de que habla el Señor, nos es aquel sentimiento natural de simpatía,de querer estar juntos, de abrazarnos, de compartir nuestras ideas, sentimientosy proyectos… el amor de que nos habla Jesús para con nuestros enemigos es en lacapacidad de estar a disposición para servirles, para ayudarles, para hacerlesel bien, aunque ellos nos hayan lastimado tanto… es solo así que podremos serpara ellos un testimonio de que Jesús transformó nuestras vidas y nos dio unacapacidad de amar que va mucho más allá de una capacidad de amar natural. Esestando a disposición también de nuestros enemigos que demostramos la vida nuevaque en Jesús hemos empezado a vivir.
    Continuarodiando a nuestros enemigos, demuestra que aun somos hombres carnales y que elEspíritu del Señor aun no nos mueve.
    Insisto, amarlos no significa que tengo queinvitarlos a cenar, o mandarles mensajitos todos los días… estas cosas, podránhasta ser interpretadas como una provocación. Con ellos, debe quedar muy claroque no compartimos su modo de actuar y que nuestra disposición para servirlescuando tengan necesidad no significa que les apoyamos en sus maldades, sino queen Jesús somos capaces de hacer el bien a quien nos lastima, de servir a quiennos pisa, de rezar por quien nos persigue…
    Ciertamente,mi hermano esto no es una cosa sencilla y fácil, pero en Cristo todos podemos.Su espíritu puede darnos una nueva naturaleza.
    Siqueremos ser verdaderos cristianos no podemos renunciar a este mandamiento. Nopodemos decir: “las otras cosa yo cumplo, pero esto no.”
    Enverdad, debo decir que conseguir vivir este amor hasta por los enemigos, nosdona una gran libertad, una capacidad de ser nosotros mismos, hasta delante deaquellos que nos hieren, sin dejar que sus actitudes determinen lasnuestras.
    Pruébalo.

    ElSeñor te bendiga y te guarde,
    ElSeñor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    ElSeñor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

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