EVANGELIO DEL DOMINGO: PERO YO OS DIGO

Publicamos el comentario al Evangelio, sexto del tiempo ordinario (Mateo 5,17-37), 13 de febrero, redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo.

* * *

La novedad del Evangelio no es una fosilización de cuanto dijeron Moisés y los Profetas. Éste era el problema de los fariseos. Porque en nombre de la tradición se puede caer en el tradicionalismo, precisamente cuando las palabras que se transmiten ya no producen vida sino aburrimiento, no generan libertad sino ataduras, y han dejado de ser la tradición viva de un Dios vivo, para convertirse en el tradicionalismo cansino de un grupo anquilosado. Jesús apela a la fidelidad de la verdadera tradición, pero advierte del riesgo que se corre en confundirla con el tradicionalismo.

Jesús tras haber declarado que no se saltará ni una tilde de la Ley, comienza una serie de contraposiciones muy características de su autoridad: “habéis oído que se dijo… pero Yo os digo”. Parece una contradicción, mas no es otra cosa que la plenitud del mismo mensaje, de toda la revela­ción de Dios. No se trata de un nuevo código de circulación religiosa lo que Jesús enseña, sino que presenta ejemplos muy plásticos para aquella gente, a fin de mostrar lo que es un discípulo suyo.

Jesús presenta su camino como una actitud de pureza de corazón, de libertad de espíritu, tanto ante el Padre Dios como ante el hermano hombre: no sólo no matar, sino querer bien al otro, con y desde el corazón, porque hay mu­chas maneras de matar y de odiar, y una de ellas es la de haber dejado de amar. Para el cristiano, no basta con no ma­tar, hay que dar vida, generarla; no basta con no odiar, hay que amar.

Es la condición previa para poder acercarse a Dios, porque inútilmente nos allegamos al altar santo cargados de ofrendas de oficio y estereotipadas, si nuestro encuentro con el Señor no viene envuelto y acompañado con el encuentro fraterno con los demás (Mt 5,23). Y lo mismo dirá respecto del adulterio: el discípulo cristiano no simplemente se contenta con una integridad física, material, de escaparate, sino que también debe aspirar a la del corazón y a la de los ojos, porque “quien mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior” (Mt 5,28).

Sin duda que Jesús sorprendía a sus coetáneos, por la sabiduría de sus palabras, por la inteligencia en su manera de no traicionar la tradición. Frente a tantos ma­estros y maestrillos, su figura se levanta llena de luz y capaz de iluminar a quien a ello consienta: otros dicen, otros imponen, otros…, pero Yo os digo. Los discípulos de hoy, tenemos la imperiosa necesidad de reconocer esa Voz, reconociéndonos en ella, sobre todo cuando lo que dice es tan diverso a lo que otros dicen. Sólo Él es el Maestro.

7 comentarios en “EVANGELIO DEL DOMINGO: PERO YO OS DIGO”

  1. Evangelio del domingo: Confiados ante una Belleza

    Publicamos el comentario al Evangelio del próximo domingo, octavo del tiempo ordinario (Mateo 5, 24-34), 27 de febrero, redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo.

    * * *

    El Evangelio de este domingo nos debe provocar. No se trata de la provocación que humilla, sino la que nos permite despertar. Jesús, en esa larga explicación que está haciendo de las bienaventuranzas, llega a un punto particularmente desconcertante: ¿hasta cuándo te fías verdaderamente de Dios? ¿hasta qué punto crees en su mirada y en sus manos para explicar la Divina Providencia?

    Toda la predicación de Jesús, hecha de signos, milagros y palabras, pasaban por la vida real, esa que tiene circunstancia, morada y edad. Unas veces serán los lirios y las flores como hoy nos relata el texto evangélico, o los pájaros y sus nidos, otras el juego de los niños en la plaza del pueblo, o la pobre viuda con su pobre e infinita limosna, o el corazón bueno que se escondía detrás de pecadores públicos como Zaqueo o la Magdalena. Sí, Jesús era un observador atento de las cosas que ocurrían, y a través de todas ellas Él leía lo que en esas páginas de la vida escribían las manos del Padre Dios.

    No os agobiéis, porque hay Alguien más grande que vela por vosotros. No hagáis del dinero ni de ningún otro ídolo se llame como se llame su poder, su placer o su tener, el aliado falso de una imposible felicidad según una mezquina medida. Es entonces cuando Jesús abre la ventana de la realidad, cuya belleza inocente y gratuita nadie ha podido manchar: los lirios del campo. O las avecillas que vuelan zambullidas y seguras en el aire de la libertad. Él ha puesto en nuestra manos el talento para trabajar y en nuestro corazón la entraña de compartir con los demás.

    No invita este evangelio a una pasividad irresponsable y crédula, sino a una confianza operosa. Porque cuando nos llega la prueba, el dolor físico o moral, cuando nos hacemos mil preguntas y parece que nadie es capaz de responder, ni de abrazar, ni siquiera de acompañar, nos sentimos morir de algún modo. Pero todo eso sólo tiene la penúltima palabra, por dura y difícil que sea: es sólo la palabra penúltima. Lo que en verdad genera una alegría que nadie puede arrebatarnos es la espera y la esperanza de poder escuchar la palabra final sobre las cosas, ésa que Dios mismo se ha reservado. Y entonces, como dice Jesús, ya no preguntamos más, ni nos agobiamos. Sólo damos gracias conmovidos por ver nuestro corazón lleno de la alegría para la que fue creado. Lo dice también el salmo: Dios nos quitará los lutos y sayales, para revestirnos por dentro y por fuera de danza y de fiesta. Es la confianza que se despierta ante la belleza de una Presencia como la de Dios, que se deja entrever y balbucir con mesura y discreción en los rincones de la vida que nos da.

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  2. Entender las leyes como Jesús

    José Antonio Pagola
    Teólogo y biblista español
    Reflexión sobre Mateo 5, 17-37

    Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Era el mejor regalo que habían recibido de Dios. En todas las sinagogas la guardaban con veneración dentro de un cofre depositado en un lugar especial. En esa Ley podían encontrar cuanto necesitaban para ser fieles a Dios.

    Jesús, sin embargo, no vive centrado en la Ley. No se dedica a estudiarla ni a explicarla a sus discípulos. No se le ve nunca preocupado por observarla de manera escrupulosa. Ciertamente, no pone en marcha una campaña contra la Ley, pero ésta no ocupa ya un lugar central en su corazón.

    Jesús busca la voluntad del Dios desde otra experiencia diferente. Le siente a Dios tratando de abrirse camino entre los hombres para construir con ellos un mundo más justo y fraterno. Esto lo cambia todo. La ley no es ya lo decisivo para saber qué espera Dios de nosotros. Lo primero es “buscar el reino de Dios y su justicia”.

    Los fariseos y letrados se preocupan de observar rigurosamente las leyes, pero descuidan el amor y la justicia. Jesús se esfuerza por introducir en sus seguidores otro talante y otro espíritu: «si vuestra justicia no es mejor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de Dios». Hay que superar el legalismo que se contenta con el cumplimiento literal de leyes y normas.

    Cuando se busca la voluntad del Padre con la pasión con que la busca Jesús, se va siempre más allá de lo que dicen las leyes. Para caminar hacia ese mundo más humano que Dios quiere para todos, lo importante no es contar con personas observantes de leyes, sino con hombres y mujeres que se parezcan a él.

    Aquel que no mata, cumple la Ley, pero si no arranca de su corazón la agresividad hacia su hermano, no se parece a Dios. Aquel que no comete adulterio, cumple la Ley, pero si desea egoístamente la esposa de su hermano, no se asemeja a Dios. En estas personas reina la Ley, pero no Dios; son observantes, pero no saben amar; viven correctamente, pero no construirán un mundo más humano.

    Hemos de escuchar bien las palabras de Jesús: «No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a dar plenitud». No ha venido a echar por tierra el patrimonio legal y religioso del antiguo testamento. Ha venido a «dar plenitud», a ensanchar el horizonte del comportamiento humano, a liberar la vida de los peligros del legalismo.

    Nuestro cristianismo será más humano y evangélico cuando aprendamos a vivir las leyes, normas, preceptos y tradiciones como los vivía Jesús: buscando ese mundo más justo y fraterno que quiere el Padre.

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  3. VITAMINAS PARA EL ALMA

    Cuando las horas de desaliento te invadan el alma, y las lágrimas afloren en tus ojos, búscame: YO SOY AQUÉL que sabe consolarte y pronto detiene tus lágrimas.

    Cuando desaparezca tu ánimo para luchar en las dificultades de la vida, o sientas que estas pronto a desfallecer, llámame: YO SOY LA FUERZA capaz de remover las piedras de tu camino y sobreponerte a las adversidades del mundo.

    Cuando, sin clemencia, te encontraras sin donde reclinar tu cabeza, corre junto a mi: YO SOY EL REFUGIO, en cuyo seno encontrarás guarida para tu cuerpo y tranquilidad para tu espíritu.

    Cuando te falte la calma, en momentos de gran aflicción, y te consideres incapaz de conservar la serenidad de espíritu, invócame: YO SOY LA PACIENCIA que te ayudará a vencer las dificultades más dolorosas y triunfar en las situaciones más difíciles.

    Cuando te debatas en los misterios de la vida y tengas el alma golpeada por los obstáculos del camino, grita por mí: YO SOY EL BÁLSAMO que cicatrizará tus heridas y aliviará tus padecimientos.

    Cuando el mundo sólo te haga falsas promesas y creas que ya nadie puede inspirarte confianza, ven a mí: YO SOY LA SINCERIDAD, que sabe corresponder a la franqueza de tus actitudes y a la nobleza de tus ideas.

    Cuando la tristeza o la melancolía intenten albergarse en tu corazón, clama por mí: YO SOY LA ALEGRÍA que te infunde un aliento nuevo y te hará conocer los encantos de tu mundo interior.

    Cuando, uno a uno, se destruyan tus ideales más bellos y te sientas desesperado, apela a mí: YO SOY LA ESPERANZA que te robustece la Fe.

    Cuando la impiedad te revele las faltas y la dureza del corazón humano, aclámame: YO SOY EL PERDÓN, que te levanta el ánimo y promueve la rehabilitación de tu alma.

    Cuando dudes de todo, hasta de tus propias convicciones, y el escepticismo te aborde el alma, recurre a mí: YO SOY LA FE que te inunda de luz y de entendimiento para que alcances la FELICIDAD.

    Cuando ya nadie te tienda una mano tierna y sincera y te desilusiones de los sentimientos de tus semejantes, aproxímate a mí: YO SOY LA RENUNCIA que te enseñará a entender la ingratitud de los hombres y la incomprensión del mundo.

    Y cuando al fin, quieras saber quién soy, pregúntale al río que murmura, al pájaro que canta, a las estrellas que titilan. YO SOY LA DINÁMICA DE LA VIDA, Y LA ARMONÍA DE LA NATURALEZA.

    ME LLAMO AMOR. SOY EL REMEDIO PARA TODOS LOS MALES QUE ATORMENTEN TU ESPÍRITU. Ven a mí… que yo te llevaré a las serenas mansiones del infinito… bajo las luces brillantes de la eternidad… Jesucristo

    Envió: Eugenia López

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  4. ¿CUÁNDO SUPERAREMOS EL «OJO POR OJO Y DIENTE POR DIENTE»?
    En menudo lío nos ha metido Jesús con sus “Han oído que se dijo… Pero yo les digo…”
    Autor: P. Alberto Ramírez Mozqueda | Fuente: Catholic.net

    La venganza anidada en el corazón del hombre, cuando no se le pone límite, es capaz de acabar con los individuos en conflicto e incluso con naciones enteras, provocando guerras, hambre, sangre inocente derramada y enemistades que pueden durar siglos enteros. Por eso, aunque nos parezca una ley de gente bárbara, en uno de los códigos más antiguos, grabado en piedra, en el Código de Hammurabi, se intenta legislar para que los hombres no tengan que pagar más allá de sus propias faltas y nunca de una manera desproporcionada.

    Aunque tiene sus diferencias, con ese códice, el Antiguo Testamento habla ya de la ley del Talión, que se expresa de esta manera: “Cada quién pagara vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe” (Ex 21, 23-25) y que venía ya a ser una norma moral, un avance en la convivencia no ciertamente fácil entre los hombres, intimando a dejar los deseos de venganza desmedida, para contentarse con un daño proporcionado al daño recibido.

    Cristo conoció esta ley, reconociendo su legitimidad y su efectividad para su tiempo, pero entre aquellas frases que nos ha dejado: “han oído que se dijo… pero yo os digo”, hoy después de habernos hablado de sus bienaventuranzas, luego de que nos ha pedido convertirnos en sal y en luz para las gentes que nos rodean, y después de habernos indicado que él no venía a abolir los dichos de sus antiguos sino que venía a darles plenitud, hasta hacernos llegar hasta las grandes alturas de la santidad y del heroísmo, Cristo deja caer sobre nuestros ánimos algo que si no lo vemos como un consejo de abuelita, tendría que cambiar radicalmente nuestras vidas:

    Cristo fue muy preciso y muy claro y muy tajante sobre lo que él quiere de los que se han convertido en sus seguidores: “Han oído que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los manos y manda su lluvia sobre los justos y los injustos”.

    ¡Menudo lío en el que nos mete Jesús! Si no tuviéramos fe, ¿cómo podríamos amar al que te ha dejado sin casa y sin familia porque su voracidad ha sido grande y sin medida? Quién que no tenga fe ¿podría siquiera pensar en hacer el bien a los que saben que te odian, que te ven como objeto inservible, para quienes sólo eres útil mientras pueden servirse de ti, pero al que han tirado cuando ya te han sacado todo el jugo? Y ¿Quién se atrevería a rogar por los que te persiguen y te ha calumniado hasta dejarte en la lona?

    Sin embargo, no nos movamos a engaño. El hecho de Cristo te pida que dejes de usar la violencia, la venganza y el odio como el móvil de tu vida, eso no quiere decir que debamos de quedarnos callados y con los brazos cruzados ante la injusticia y la maldad. Cristo mismo no procedió así. Él nunca se doblegó ante la injusticia del Imperio romano; a Herodes lo llamó “don nadie”, zorro; a los ricos a les señaló su gran dificultad para llegar al Reino de los cielos; a los fariseos los denunció por manipular las conciencias de los pobres y a los sumos sacerdotes por haber convertido las cosas de Dios en un negocio.

    Y si no nos acabamos de reponer de la sorpresa que nos han causado las palabras de Cristo, todavía podemos sorprendernos un poco más, cuando el profeta Isaías nos llama a la santidad, porque nos hemos acercado Dios que es tres veces santo, y todavía más, el mismo Cristo, en el colmo del heroísmo y la santidad, nos pide escuetamente: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”. Ya tenemos trabajo para rato, ¿Tú ya comenzaste?

    El Padre Alberto Ramírez Mozqueda espera tus comentarios en alberami@prodigy.net.mx

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  5. Firmes en la fe

    Nos dice el Señor en el Evangelio de la Misa de hoy, que Él no viene a destruir la Antigua Ley, sino a darle su plenitud; restaura, perfecciona y eleva a un orden más alto los preceptos del Antiguo Testamento. La doctrina de Jesús tiene un valor perenne para los hombres de todos los tiempos y es fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta. Es un tesoro que cada generación recibe de manos de la Iglesia, quien lo guarda fielmente con la asistencia del Espíritu Santo y lo expone con autoridad. En palabras del papa Pablo VI: «Al adherirnos a la fe que la Iglesia nos propone, nos ponemos en comunicación directa con los Apóstoles (…); y mediante ellos, con Jesucristo, nuestro primer y único Maestro; acudimos a su escuela, anulamos la distancia de los siglos que nos separan de ellos».

    La guarda fiel de las verdades de la fe es requisito para la salvación de los hombres. ¿Qué otra verdad puede salvar si no es la verdad de Cristo? ¿Qué «nueva verdad» puede tener interés -aunque fuera la del más sabio de los hombres- si se aleja de la enseñanza del Maestro? ¿Quién se atreverá a interpretar a su gusto, cambiar o acomodar la Palabra divina? Por eso, el Señor nos advierte hoy: el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el reino de los Cielos.

    San Pablo exhortaba de esta manera a Timoteo: Guarda el depósito a ti confiado, evitando las vanidades impías y las contradicciones de la falsa ciencia que algunos profesan, extraviándose de la fe. Con esta expresión -depósito- la Iglesia sigue designando al conjunto de verdades que recibió del mismo Cristo y que ha de conservar hasta el final de los tiempos.

    La verdad de la fe «no cambia con el tiempo, no se desgasta a través de la historia; podrá admitir, y aun exigir, una vitalidad pedagógica y pastoral propia del lenguaje, y describir así una línea de desarrollo, con tal de que, según la conocidísima sentencia tradicional de San Vicente de Lérins (…): “Quod ubique, quod semper, quod ab omnibus”, “Lo que en todas partes, lo que siempre, lo que por todos”, se ha creído, eso debe mantenerse como formando parte del depósito de la fe (…). Esta fijeza dogmática defiende el patrimonio auténtico de la religión católica. «El Credo no cambia, no envejece, no se deshace» (Pablo VI).

    Es la columna firme en la que no podemos ceder, ni siquiera en lo pequeño, aunque por temperamento estemos inclinados a transigir: «Te molesta herir, crear divisiones, demostrar intolerancias…, y vas transigiendo en posturas y puntos -¡no son graves, me aseguras!-, que traen consecuencias nefastas para tantos. Perdona mi sinceridad: con ese modo de actuar, caes en la intolerancia -que tanto te molesta-, más necia y perjudicial: la de impedir que la verdad sea proclamada» (San Josemaría). Y anunciar la verdad es frecuentemente el mayor bien que podemos hacer a quienes nos rodean.

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  6. No cometer adulterio

    Estamos dentro del sermón de la montaña, que es un resumen de la espiritualidad cristiana. Dos domingos atrás, el Señor nos enseñó las bienaventuranzas, el domingo pasado nos dio la misión de ser sal y luz del mundo, y hoy toca este asunto extremamente desafiante: el adulterio.

    Jesús habla claramente: “No cometerás adulterio”. Y añade que aquel que mira a una mujer casada deseándola maliciosamente en su corazón, ya ha sido adúltero con ella.

    El adulterio designa la infidelidad conyugal, que es una traición a su pareja. Ser un traidor es un título que nadie quiere, pues no solo traiciona a su cónyuge, sino que falta a las promesas que libremente ha asumido en su matrimonio. Además, lesiona el signo de la alianza del ser humano con Dios, expresado en el vínculo matrimonial.

    Así, es un ultraje lamentable que daña a uno mismo; al otro, a quien ha prometido sinceridad y manifiesta desprecio a la voluntad de Dios. Como es siembra de mala semilla, los frutos también serán desastrosos.

    El adulterio es una injusticia que atenta contra la estabilidad del matrimonio, pues el miembro engañado con frecuencia vive un dolor acentuado y entra en un ansioso vía crucis para lograr el perdón, cuando lo logra.

    Restablecer la confianza en el otro es un camino espinoso y solo es posible cuando el infiel da muestras fehacientes de que ha abandonado sus aventuras; es más, cuando reconoce su infidelidad y procura reconquistar a su pareja.

    Es causa importante de separaciones, lo que genera zozobra emocional entre los hijos, principalmente cuando son pequeños.

    Cuando hay separación, la parte económica de la familia se ve afectada, con dificultades más grandes para el estudio, tratamiento de salud y otros.

    “Cuando un hombre y una mujer, de los cales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, comenten un adulterio”, sostiene el Catecismo de la Iglesia Católica, Nº 2380.

    ¿Qué lleva a una persona casada a cometer el adulterio? Serán muchas las respuestas, pero conviene distinguir entre motivos masculinos y femeninos.

    Al varón, por una calentura descontrolada, para exaltarse delante de los amigos, para afirmarse como “machito” y otros.

    A la mujer, tal vez por carencia afectiva, por no sentirse valorada por el marido, por la soledad y falta de diálogo.

    No hay que cometer adulterio, lo que implica huir de las ocasiones de pecado, mantener la relación matrimonial de modo alegre y, de manera especial, cuidar la vida espiritual, dando más espacio para Dios y respetando sus enseñanzas.

    Paz y bien
    hnojoemar@gmail.com

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  7. “Ustedes escucharon que la antigua ley prescribía… pero, yo les digo…” Mt 5,21-22

    La Ley del Antiguo Testamento buscaba traducir lo que Moisés y el pueblo habían entendido sobre la voluntad de Dios. Aquella Ley no nació del capricho, o de deseos personales de algunos sacerdotes, sino de una recta conciencia que buscaba colocar en práctica la revelación de Dios a través de los eventos históricos. Eran normas necesarias para la vida común del Pueblo de Dios. Allí estaban condensados los principios básicos que permitían a los judíos continuar en las sendas trazadas por Dios.
    Sin embargo, en la plenitud de los tiempos, Dios, en su infinita bondad, envió a su propio Hijo al mundo para completar plenamente la revelación. Jesús era el propio Dios que se hizo carne. Todas sus acciones, sus palabras, sus actitudes, sus gestos… revelaban en su máxima pureza la propia voluntad de Dios, de la cual la Ley antigua era solo un reflejo. Es por eso, que él puede decir que no vino para abolir la Ley, sino para llevarla a la plenitud.
    De hecho, por ejemplo, después de Jesús el “no matarás” se tornó mucho más exigente. Él nos enseñó que matar al hermano no es solo quitarle la vida con un arma o un veneno, sino también calumniarlo, despreciarlo, humillarlo o hasta mismo ignorarlo.
    En verdad, lo que Jesús desea realmente no es acrecentar con otras cláusulas, las muchas prescripciones de la Ley antigua. Jesús no vino para dictarnos más normas, sino para enseñarnos un nuevo modo de vivir basado en el amor.
    La voluntad de Dios no es solo reprimir en mí la maldad, para que yo no sea una amenaza a mi hermano, ni lo hiera o lo destruya. El sueño de Dios es que yo ame a mi hermano, pues así seré para él un custodio de su vida. Si yo amo a mi hermano, ciertamente no lo mataré, pero no solo esto, sino que estaré disponible para ayudarlo, para servirlo, para ser una presencia confortadora en su vida.
    Quizás, podríamos decir que la Ley mosaica nos enseñaba a respectar a nuestros hermanos, y esto ya es una gran cosa, pues muchas veces ni a esto estamos dispuestos. Sin embargo, Jesús no nos propone solo un respeto a ellos, él nos desafía a amarlos y a servirlos.
    La propuesta de Jesús, sin duda alguna, no contradice lo que prescribe la Ley antigua, sino que la lleva a una radicalidad mucho mayor. Jesús no vino para revocarla. Esto quiere decir que quien la cumple, no hace una obra mala. Sin embargo, para los que quieren de verdad asumir en su vida la voluntad de Dios en su plenitud, no basta solo cumplir lo que en ella estaba prescrito, sino que es necesario ir más allá de su letra, y descubrir el misterio del amor.
    Por otro lado, quien vive la propuesta de Jesús, aunque no esté fijado en la letra de la Ley antigua, la estará cumpliendo en su plenitud. Quien tiene un amor operoso por su hermano sin duda alguna no infringe para nada lo que prescribe la Ley.
    No nos olvidemos que el cristianismo no es solo un conjunto de normas, como muchos lo piensan, sino que es el encuentro con una persona concreta que vivió hasta el extremo lo que proponía, y fue un hombre pleno y feliz por esto. Por lo tanto, sin un encuentro personal y vivo con Jesucristo, que nos motive a vivir lo mismo, nuestra fe corre el riesgo de quedarse solo en un cumplir con ciertas reglas, un reprimir o controlar nuestras maldades, sin conocer la belleza y la satisfacción de una vida consumida en el amor y en el servicio.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

    Gotas de Paz – 429 Sicilia, 10 de febrero de 2011.

    Visítenos en http://www.gotasdepaz.com

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