EL EVANGELIO DEL DOMINGO | LA SAL DE LA TIERRA

En el Evangelio de la Misa de este domingo nos habla el Señor de nuestra responsabilidad ante el mundo: Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo. Y nos lo dice a cada uno, a quienes queremos ser sus discípulos.

La sal da sabor a los alimentos, los hace agradables, preserva de la corrupción y era un símbolo de la sabiduría divina. En el Antiguo Testamento se prescribía que todo lo que se ofreciera a Dios llevase la sal, significando la voluntad del oferente de que fuera agradable. La luz es la primera obra de Dios en la creación, y es símbolo del mismo Señor, del Cielo y de la Vida. Las tinieblas, por el contrario, significan la muerte, el infierno, el desorden y el mal.

Los discípulos de Cristo son la sal de la tierra: dan un sentido más alto a todos los valores humanos, evitan la corrupción, traen con sus palabras la sabiduría a los hombres. Son también luz del mundo, que orienta y señala el camino en medio de la oscuridad. Cuando viven según su fe, con su comportamiento irreprochable y sencillo, brillan como luceros en el mundo, en medio del trabajo y de sus quehaceres, en su vida corriente. En cambio, ¡cómo se nota cuando el cristiano no actúa en la familia, en la sociedad, en la vida pública de los pueblos! Cuando el cristiano no lleva la doctrina de Cristo allí donde se desarrolla su vida, los mismos valores humanos se vuelven insípidos, sin trascendencia alguna, y muchas veces se corrompen.

Cuando miramos a nuestro alrededor nos parece como si, en muchas ocasiones, los hombres hubieran perdido la sal y la luz de Cristo. «La vida civil se encuentra marcada por las consecuencias de las ideologías secularizadas, que van, desde la negación de Dios o la limitación de la libertad religiosa, a la preponderante importancia atribuida al éxito económico respecto a los valores humanos del trabajo y de la producción; desde el materialismo y el hedonismo, que atacan los valores de la familia prolífica y unida, los de la vida recién concebida y la tutela moral de la juventud, a un “nihilismo” que desarma la voluntad para afrontar problemas cruciales, como los de los nuevos pobres, emigrantes, minorías étnicas y religiosas, recto uso de los medios de información, mientras arma las manos del terrorismo» (Juan Pablo II). Hay muchos males que se derivan de «la defección de bautizados y creyentes de las razones profundas de su fe y del vigor doctrinal y moral de esa visión cristiana de la vida, que garantiza el equilibrio a personas y comunidades» (Juan Pablo II). Se ha llegado a esta situación por el cúmulo de omisiones de tantos cristianos que no han sido sal y luz, como el Señor les pedía.

Cristo nos dejó su doctrina y su vida para que los hombres encuentren sentido a su existencia y hallen la felicidad y la salvación. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo del celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa, nos sigue diciendo el Señor en el Evangelio de la Misa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Y para eso es necesario, en primer lugar, el ejemplo de una vida recta, la limpieza de conducta, el ejercicio de las virtudes humanas y cristianas en la vida sencilla de todos los días. La luz, el buen ejemplo, ha de ir por delante.

6 comentarios en “EL EVANGELIO DEL DOMINGO | LA SAL DE LA TIERRA”

  1. Evangelio según San Mateo, capítulo 5, versículos del 13 al 16
    6 de Febrero de 2011

    Vosotros sois la sal de la tierra

    13. “Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada? Para nada vale ya, sino para que, tirada fuera, la pisen los hombres.
    14. Vosotros sois la luz del mundo. No puede esconderse una ciudad situada sobre una montaña.
    15. Y no se enciende una candela para ponerla debajo del celemín, sino sobre el candelero, y (así) alumbra a todos los que están en la casa.
    16. Así brille vuestra luz ante los hombres, de modo tal que, viendo vuestras obras buenas, glorifiquen a vuestro Padre del cielo”.

    COMENTARIO

    13. ss. En las dos figuras de la sal y de la luz, nos inculca el Señor el deber de preservarnos de la corrupción y dar buen ejemplo.

    16. Así brille: alguien señalaba la dulzura que esconden estas palabras si las miramos como un voto amistoso para que nuestro apostolado de fruto iluminando a todos (cf. Juan 15, 16) para gloria del Padre (Juan 15, 8). Y si es un voto de Jesús ya podemos darlo por realizado con sólo adherirnos a él, deseando que toda la gloria sea para el Padre y nada para nosotros ni para hombre alguno.

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  2. Cristo, sabiduría de Dios (Mt 5,1-12)
    4º Semana del Tiempo Ordinario – 30 de enero de 2011

    En su primera carta a los Corintios, San Pablo explica por qué el mensaje cristiano que él anuncia no es comprendido por los hombres: “Hablamos de sabiduría…, pero no de sabiduría de este mundo ni de los jefes de este mundo…; sino que hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los jefes de este mundo” (1Cor 2,6-8). ¿Cuál es esa sabiduría de Dios? El mismo apóstol ya lo había dicho en términos más concretos: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado,… que es para los llamados… fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1Cor 1,23.24).

    En el Evangelio de hoy Jesús proclama bienaventurado al que es pobre de espíritu, es decir, al que es manso de corazón, al que llora ante la maldad, al que tiene hambre y sed de justicia, al que es misericordioso, al que es limpio de corazón, porque es incapaz de pensar mal del prójimo, al que trabaja por la paz, al que es perseguido por causa de la justicia. Pero todo esto es como un fiel retrato de Cristo crucificado. Por eso Jesús las resume todas en esta última: “Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa”.

    Si miramos con atención cada una de las bienaventuranzas observamos que todas ellas encuentran su cumplimiento más pleno en Cristo crucificado. Ellas son entonces una expresión concreta de esa sabiduría de Dios, que “no es de este mundo ni de los jefes de este mundo”. Por eso no nos debe extrañar que, no obstante su claridad literal y la belleza de su expresión literaria, las bienaventuranzas sigan siendo una enseñanza oculta, “desconocida a los jefes de este mundo” y sólo revelada a “los llamados”. Esta enseñanza “está destinada por Dios para gloria nuestra -dice San Pablo- desde antes de los siglos”, es decir, desde antes de la creación del mundo.

    Todos sabemos que “la sabiduría del mundo y de los jefes de este mundo” tiene sus propias bienaventuranzas, que son diametralmente opuestas a las del Evangelio. La sabiduría del mundo proclama felices a los ricos, a los que mandan, a los que ríen, a los que comen, beben y se divierten. Todo esto se resume hoy día con la expresión “pasarlo bien”, que es el mandamiento supremo de esa sabiduría mundana.

    Al considerar este domingo las bienaventuranzas de Cristo, no las del mundo, debemos examinarnos para verificar si Dios nos ha dado “su sabiduría”, es decir, si somos capaces de comprenderlas, si estamos de acuerdo con Cristo, que las formuló. Debemos tener en cuenta que ellas rigen para nuestra vida en esta tierra, porque el desenlace final está más allá; está en la gloria celestial: “De ellos es el Reino de los Cielos”. Ya dijimos que San Pablo las entendió bien; él las expresa así: “Anhelo tener comunión con los padecimientos de Cristo, ser hecho semejante a él en su muerte, para tener comunión con él en su resurrección” (Fil 3,10-11). Es como decir: “Bienaventurado el que sufre con Cristo, porque resucitará con Cristo y tendrá parte en su gloria”. Por esto, ¡feliz él!

    + Felipe Bacarreza Rodríguez
    Obispo de Los Angeles (Chile)

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  3. V DOMINGO – TIEMPO ORDINARIO

    Citaciones di

    Is 58,7-10: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ajj0ybz.htm

    1Co 2,1-5: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9absinb.htm

    Mt 5,13-16: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9audl4e.htm
    La palabra de Dios en este domingo, utiliza la imagen de la luz, para hablar del hombre justo que teme al Señor.

    El hombre de fe, que confia en Dios, es un “hombre luminoso”.

    Así en la primera lectura, el prófeta Isaías, describe a quien se preocupa del pobre, como un hombre la cual luz surge como la aurora, y a quien constrúye relaciónes de paz y de caridad, como un hombre la cual luz brilla en las tinieblas.

    Se presenta la influencia de un hombre justo y generoso, que con su vida ejemplar rompe el hielo de una sociedad cerrada en si mísma, que no se preocupa de los necesítados. Su intervención, sin enbargo, es comparada al calor y a la luminosidad de la luz.

    El salmo nos presenta este tema, haciendonos recitar: «El justo resplandece como luz»

    En el Evangelio, por último, Jesús mísmo compára a sus discípulos con una lámpara que se debe colocar en el candelero, para que ilumine a todos aquellos que se encuentran en la casa.

    La referencia al cajón debajo del cual se esconde la luz, resalta lo absurdo del gesto: la lampara no puede permanecer escondida o cubierta, de lo contrario pierde su sentido y su función.

    La luz debe resplandecer y la “luz de los hombres” corresponde a sus obras buenas, osea los actos de amor y de justícia.

    La liturgia se conviérte, por lo tanto, en celebración de la luz, que el hombre justo puede irradiar en el mundo con su propio testimonio. El justo, inundado de la luz divina, se conviérte a su vez, en antorcha que alumbra y calienta. Al contrario, muchos, áun siendo bautizados se alejan de la fuente de la luz, que es el amor de Dios, convirtiéndose en expresión de lo absurdo de una luz sofocada por un cajón, del cajón de su propia incoherencia y de la falta de memoria en la fe en Dios hecho hombre, que ha dicho de sí mismo: « Yo soy la Luz».
    El testimonio de la fe no pasa sólo a travéz de las palabras, sino a travéz de obras de paz y de justicia. El cristiano, sin esconderse y ser peresoso, debe ser expuesto a luz de Dios, en particular a los benéficiosos rayos de Sol eucaristico, para nutrirse y, recibída la Luz, no debe “capturarla” o encerrarla debajo del proprio “cajón”, sino irradiarla a todos aquellos que lo rodean.

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  4. Evangelio del domingo: La sal luminosa

    Publicamos el comentario al Evangelio del próximo domingo, quinto del tiempo ordinario (Mateo 5,13-16), 6 de febrero, redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo.
    * * *
    En los evangelios de los próximos domingos vamos a ir escuchando el comentario que Jesús mismo hará al sermón de las Bienaventuranzas que escuchábamos el domingo pasado. Será Él quien vaya desarrollando lo que significa una vida dichosa, feliz, bienaventurada, según la lógica de su Buena Noticia.

    La felicidad cristiana, quiere el Señor que se parezca a la sal: para dar sabor, para evitar la corrupción. La bienaventuranza de los cristianos, su dicha, quiere Jesús que se parezca a la luz: para disipar toda oscuridad y tenebrismo. Y esta es la relación que hay entre el evangelio de este domingo y el del domingo pasado. Ciertamente, que hay muchas cosas desabridas en nuestro mundo que dejan un pésimo sabor, o se corrompen. E igualmente constatamos que en la historia humana, la remota y la actual, hay demasiadas cosas oscuras, apagadas, opacas. No es un drama de éste o aquél país, de ésta o aquélla época, sino un poco el fatal estribillo de todo empeño humano cuando está viciado de egoísmo, de insolidaridad, de aprovechamiento, de cinismo, de injusticia, de mentira, de inhumanidad…

    La presencia cristiana en un mundo con tantos rincones desaboridos y oscureci­dos, no es un alarde sabihondo. Los cristianos en tantas ocasiones hemos sido prota­gonistas o al menos cómplices de un mundo tan poco bienaventurado e infeliz. Por eso no es lo que pide el Señor en este evangelio una posición presuntuosa. No pretendemos decir a la gente insípida y apagada: miradnos a los cristianos. Sería arrogante e incluso hipócrita. Nuestra indicación es otra: miradle a Él, mirad a la Luz, acoged la Sal. Es lo que dice Pablo en la 2ª lectura: he venido a vosotros a anunciaros el testimonio de Dios, no el mío, y lo he hecho no con ardid humano sino en la debilidad y el temor en los que se ha manifestado el poder del Espíritu (cfr. 2Cor 2,1-4).

    Pero esa Luz y esa Sal que constituyen la Buena Noticia de Jesús, son visibles y audibles cuando se pueden reconocer en la vida de una comunidad cristiana, en la vida de todo cristiano. Ya lo decía Isaías: en ti rom­perá la luz como aurora, y se volverá mediodía la oscuridad cuando partas tu pan con el hambriento y sacies al indigente (cfr. Is 58,8-10). Jesús nos quiere felices, dichosos, bienaventurados, nos quiere con una vida llega de sabor y plena de luminosidad. Una luz que ilumina toda zona oscura, y una sal que produce un gusto de vida nueva. Es decir, una “luz salada” que puesta en el cande­lero de una ciudad elevada hace que el testimonio de Dios sea visible y audible, para que quien nos vea y escuche pueda dar gloria a nuestro Padre del cielo (cfr. Mt 5,16).

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  5. “Así pues, debe brillar su luz ante los hombres, para que vean sus obras buenas y glorifiquen al padre de ustedes que está en los cielos”. Mt.5, 16

    Nos dice Jesucristo en el evangelio: Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo.
    Para hablar de la vocación cristiana, Jesús nos propone dos comparaciones muy sencillas. El utiliza dos elementos muy comunes la sal y la luz.
    No es muy difícil entender e interpretar esta comparación, pues todos nosotros reconocemos en la experiencia cotidiana la importancia de cada uno de estos dos elementos, al mismo tiempo de ser una comparación fácil esconde una gran profundidad y nos invita a una intensa meditación.
    La primera cosa que debemos hacer es describir las características de estos dos elementos como las experimentamos en la vida. Después debemos preguntarnos, ¿qué Jesús nos quería decir con esta comparación?, ¿qué es lo que debo hacer para tener estas características?
    Podríamos empezar con la sal. La utilizamos para condimentar los alimentos para dar el sabor. Cuando experimentamos un alimento sin sal rápidamente nos damos cuenta que no tiene gusto. Por otro lado si tiene demasiada sal, es aún peor, no conseguimos ni comer. Así que la sal es buena pero en la medida justa.
    Otro uso de la sal es como conservante. Principalmente cuando no existían refrigeradores, era con la sal que se podían conservar un poco más la carne o los demás alimentos. La sal ayudaba a vencer el tiempo. En aquel tiempo tener la sal era algo muy importante y las personas trabajaban para recibir el salario, o sea una porción de sal.
    Otra característica de la sal es que después de ser puesta en la comida nosotros sentimos su gusto pero ya no la vemos. Sentimos que está presente pero no la encontramos.
    La sal también puede transformarse en medicina. Por ejemplo cuando estamos con la presión muy baja, se aconseja meter un poco de sal debajo de la lengua, o se puede hacer suero cuando nos estamos deshidratando.
    Otra característica es que la sal no sirve para sí misma, no es rica en sí misma, sirve para dejar las otras cosas ricas. Tampoco nadie come la sal pura. Su razón de existir es estar al servicio de los otros alimentos. Estoy seguro que podrías también tú, dar otras características de la sal que yo no la conozco.
    Teniendo presente estas propiedades de la sal debemos preguntarnos, qué es lo que Jesús quería decir cuando dijo, ustedes son la sal de la tierra. ¿En qué cosas somos parecidos a la sal? Porque la sal es un símbolo del cristiano.
    Creo que es muy difícil responder a esta pregunta, pero creo que aun podríamos hacernos otra, tal vez más comprometedora. ¿Yo soy sal en mi ambiente? ¿Doy sabor a las cosas que hago sin ser pesado? ¿Colaboro en conservar el bien? ¿Soy eficiente y discreto? ¿Vivo en función de los demás o pienso solo en mí mismo?
    Que interesante es, cómo la sal puede hablarnos de nuestra vocación cristiana, de nuestra misión en la tierra. Ustedes son la sal de la tierra.
    Pero Jesús no se contentó solamente con el símbolo de la sal. Nos dijo también que tiene otro elemento de la naturaleza que puede darnos testimonio de lo que significa ser cristiano.
    Ustedes son la luz del mundo. ¿Qué es la luz? Es lo que nos permite ver todas las cosas. Nos hace percibir los colores y los detalles. Nos da seguridad para caminar evitando los obstáculos. Hace posible que las plantas realicen la fotosíntesis, purificando el aire.
    Casi todas las cosas que podemos hacer y tienen una ligación con la visión necesitan de la luz. Leer, escribir, hacer una limpieza, preparar la comida, coser. Si nuestra vida fuera siempre noche, no sé qué sería de nosotros, pero también la luz cuando es demasiado fuerte, puede dejarnos ciegos, o puede por lo menos encandilarnos.
    La luz no vive para sí misma. Si existiera solamente la luz, pero sin nada que la reflejara no serviría de nada, sería lo mismo que no la tuviera. La presencia de la luz solamente es observada porque vemos las otras cosas. Su misión no es mostrarse a si misma. Es al contrario dejar visible a los demás. Así también debemos ser nosotros los cristianos.
    De la luz Jesús nos habla un poco más, de hecho él nos dice, así pues debe brillar su luz ante los hombres, para que vean sus obras buenas y glorifiquen al padre de ustedes que está en los cielos.
    Si somos luz, la gloria no es para nosotros, sino para Dios.
    Que el señor nos ayude a aprender de la sal y de la luz como vivir auténticamente nuestro cristianismo.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

    Gotas de paz – 428 Italia, 04 de febrero de 2011.

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  6. Mandi’o ýre
    por Hno. Joemar Hohmann – Franciscano Capuchino

    Mt 5,13-16
    Sabemos que la expresión “mandi’o ýre” significa una comida sin sal, sin gusto, que pareciera agradable, pero en la hora de probar es insípida y fastidiosa.

    Cosa muy lamentable es cuando pasa esto con una persona, es decir, cuando ella se va haciendo insípida, malhumorada y no se importa de tener valores positivos. Este riesgo nos acecha desde nuestro nacimiento y hay que despabilarse, pues no es razonable pasar la primera mitad de la vida criticando a nuestros padres, y la segunda mitad criticando a la pareja, o al superior.

    Asimismo, hay incontables definiciones filosóficas, sicológicas y sociales sobre quién es el ser humano. El Evangelio de hoy nos da la más hermosa y vibrante de todas: “Ustedes son la sal de la tierra, ustedes son la luz del mundo”.

    No solo es una definición optimista, sino que pesa muchísimo quien la pronuncia: es el Señor Jesucristo, Dios de Dios, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue creado.

    Jesús quiere que los cristianos se convenzan de que son la sal del mundo, sin embargo, no solamente como un tipo de condimento, sino como algo que purifica, da sabor y preserva de la descomposición. En otras palabras, como una fuerza transformadora.

    Mire, mi hermano y mi hermana, que con esta afirmación Jesús nos invita a ser sus aliados en la misión de purificar tantas indecencias que existen alrededor nuestro y a preservar la sociedad de la corrupción infernal que nos degrada a todos.

    También nos elogia diciendo: “Ustedes son la luz del mundo”. En otro momento, Él afirmó: “En cuanto estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo”, por lo tanto, nos delega su esencia misma.

    Cristo ordena que seamos sal de la tierra y luz del mundo, que hagamos buenas obras en todos los sentidos, que los otros se beneficien de ellas, pero que agradezcan a Dios en primer lugar, y no a quien las ha realizado.

    El profeta Isaías da orientaciones concretas de qué significa ser sal y luz, exhortando a partir el propio pan con los hambrientos, sea de comida, de salud, de empleo o de afecto.

    También a no cerrar la cara al semejante a través de un orgullo despistado o de una hostilidad sin fundamento.

    Y algo muy necesario y desafiante, que es rechazar la opresión, no buscando beneficios ilegítimos a costa de la desgracia ajena.

    Con estas actitudes no seremos católicos mandi’o ýre, sino estaremos construyendo una sociedad con valores morales y con más calor humano.

    Paz y bien

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