ALCÉMONOS CONTRA TANTA INJUSTICIA

  • José Carlos García Fajardo

 

No podemos ser cómplices con nuestro silencio. Muchas leyes no nos obligan porque son injustas, aunque legales. Cada día más personas toman conciencia de que es absurdo, además de injusto, que unos tengan tanto y otros no alcancen lo necesario. Es una aberración que va contra los derechos fundamentales de los seres humanos y de toda la naturaleza.

El derecho de resistencia se convierte en deber cuando afecta a la justicia y a la libertad.

Los datos sobre el desarrollo que cada año nos ofrecen agencias de la ONU, como el PNUD, constituyen un escándalo. ¿Cómo puede ser posible que el 18% de la humanidad acapare el 80% del consumo de la tierra? ¿Cómo puede ser posible que haya casi dos mil millones de seres en la miseria, sin acceso al agua potable, a la instrucción básica, a la sanidad más elemental, a una maternidad responsable, a un medio ambiente degradado por el despilfarro de una industria letal, por la codicia de unos pocos?

Es como si un opresor invadiera nuestras tierras, esclavizara a nuestros hombres, violara a nuestras mujeres, sodomizara a nuestros hijos, ¿tendríamos que colaborar con ellos? La razón natural, el sentido común, la íntima convicción nos dice que no.

Como la Peste, de la que escribiera Albert Camus: “Nos ha invadido y nos estamos acostumbrando a vivir entre cadenas”. ¡Están locos y nos hacen creer que los locos somos nosotros! Durante miles de años se tuvieron por “normales” – estaban reguladas por normas legales,- la esclavitud, la inferioridad de las mujeres, el dominio de unos pueblos sobre otros, de unas culturas y de unas religiones sobre otras, el racismo, el imperialismo de la cruz y de la espada o de la media luna, la conquista de América, la colonización de África y de Asia, la persecución de los que no pensaban como el grupo dominante, la Inquisición, el dominio capitalista y los totalitarismos comunista y fascista.

¿Acaso nuestros hijos no nos preguntarán cómo no sentimos horror ante las guerras actuales, la criminal siembra de campos de minas que destrozan a inocentes, la miseria impuesta a pueblos empobrecidos, la prepotencia de las multinacionales, la tiranía de las ideologías, la divinización del consumismo, la marginación de las gentes de color y de los que exigen su derecho a ser diferentes, del genocidio de los indígenas, de la explotación de los niños y de las mujeres, de los bombardeos de poblaciones civiles, de los embargos que siempre padece la población civil y nunca los militares ni los policías ni los miembros del Partido en el poder?

¿Acaso no somos responsables, mediante el pago de nuestros impuestos, de la fabricación y venta de armas por millones de dólares a gobernantes que envían a sus pueblos a la muerte, al hambre y a la desesperación?

¿No somos capaces de despertar ante este aullido de dolor, de envilecimiento, de absurda carrera hacia la destrucción y hacia la muerte? Cada día mueren en situaciones inhumanas millares de seres, cada día penan con enfermedades fácilmente controlables, cada día hay un ejército de millones de parados reclamando su derecho a participar en la construcción de la comunidad, cada día sufren millones de seres en cárceles nauseabundas, cada día se puede oír el estruendo de los campos de concentración en que hemos convertido los arrabales de las grandes ciudades.

¿Cómo no va a ser legítima nuestra resistencia ante este estado de cosas? Cumpliremos las leyes con “restricción de conciencia” para derribar desde dentro este orden inhumano. Se trata de un grito de libertad nacido de experienciar la soledad en la que el ser humano deambula perdido. Esta sociedad en la que sobrevivimos es injusta, el orden socio-político-económico ya ha mostrado su esclerosis múltiple. Hoy la información que compartimos en la sociedad en red nos permite propagar el grito de libertad que, como el amor, es contagioso. Basta con que unos cuantos se decidan en lo más profundo de su corazón a denunciar la injusticia que impera y a cooperar en la regeneración del tejido social con la transformación de sí mismos. Nos han engañado con el cuento de que si cumplimos tales y cuales normas, que ellos se han inventado para mantenerse en el poder, tendremos “seguridad”. Eso es lo que nos han vendido: seguridad. En la salud, en el trabajo, en la escuela, en la familia, en la ancianidad, en la vida “civilizada”. No es posible ser feliz mientras muchos padecen inhumanamente. El mundo se ha vuelto aldea y ahora nos sabemos responsables unos de otros y con el medio en el que vivimos.

Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del CCS

fajardoccs@solidarios.org.es

4 comentarios en “ALCÉMONOS CONTRA TANTA INJUSTICIA”

  1. Sustituir cualquiera de las hermosas fotos que adornan mi casa, propias y de seres queridos,por la de este chiquitín,removerá infinitamente más mis pensamientos y cualquier decisión, que todos los comentarios y razonamientos que sea capaz de leer o escuchar al respecto.

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  2. Sustituir cualquiera de las hermosas fotos que adornan mi casa, propias y de seres queridos,por la de este chiquitín,removerá infinitamente más mis pensamientos y cualquier decisión, que todos los comentarios y razonamientos que sea capaz de leer o escuchar al respecto.

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  3. De la banca y sus nocivas consecuencias

    Estalló la crisis financiera en 2008 cuando la poderosa banca Lehman Brothers entró en bancarrota en un primer acto de catástrofe mundial. El Tesoro de EEUU acudió al rescate y se frenó la caída. Entonces muchos partidarios fervientes del capitalismo se acojonaron. ¡Cielo santo, el apocalipsis financiero! Y se entonaron solemnes mea culpa más severos propósitos de enmienda. Incluso se proclamó que el capitalismo tenía que ser refundado: nunca más un capitalismo y un sector financiero que actuarán sin ley ni freno.

    Pero era mentira. Hoy sigue la ley de la selva y la moral del gángster como pauta ética en el sector financiero. Y estamos mucho peor. Salvo los bancos y similares, claro.

    ¿Qué tal dos años después del estallido de la crisis? El Nobel Stiglitz ha diagnosticado que “el crecimiento se mantiene débil, el desempleo es elevado, siguen las ejecuciones hipotecarias y no se ha recuperado la oferta de crédito, aunque revitalizar el crédito fue la razón alegada para justificar los rescates bancarios multimillonarios”. Y Nouriel Roubini, profesor de economía de la universidad de Nueva York que predijo la crisis financiera, asegura que “la banca es la semilla del problema, el ojo del huracán, y todo cuanto se haga por dar una vuelta de tuerca para regular la actividad bancaria será poco”.

    Por su parte, el profesor de economía Juan Torres ha denunciado que “los bancos y entidades financieras que causaron la crisis han salido de ella reforzados, sin que se hayan puesto en cuestión sus privilegios, con mucho más poder económico y financiero y con ayudas multimillonarias gracias a gobiernos y bancos centrales, pero ninguna sanción por su actuación irresponsable”.

    Banca, bancos, mercados, sector financiero… Los mismos perros con distintos collares. Los causantes del problema y quienes no cesan de poner palos en la rueda para que la crisis no se resuelva. Porque la maldita crisis es un gran negocio para ellos. Trapicheando y especulando con deuda pública, por ejemplo.

    No hay crédito para activar la economía real, muchas empresas van mal o cierran y el desempleo es excesivo. Aumentan los pobres en el mundo, más las dolorosas secuelas de la pobreza, y en todas partes se recortan logros sociales conseguidos con sangre, sudor y lágrimas. Conquistas que no son más que una aproximación a la justicia social. Y en Estados Unidos se deja sin vivienda mensualmente a cien mil personas. ¿Qué más da? Todo sea por la pasta.

    ¿Frenan los bancos su actuación predadora? Sacan pasta de debajo de las piedras y recurren a numerosas trapacerías para conseguir cuanto puedan de todo el mundo. No dan créditos o los dan con cuentagotas; pero aumentan el coste de comisiones diversas; más el incremento de las comisiones por apertura créditos hipotecarios o no hipotecarios; más un mayor coste por tarjetas de crédito; más nuevas tasas por servicios (que eran gratuitos); más créditos más caros (cuando los conceden), porque el dinero obtenido de gobiernos y bancos centrales es para especular…

    Juan Torres recuerda que “en los dos últimos años docenas de miles de personas, pequeñas y medianas empresas han sido engañados por los bancos que les ocultaban la letra pequeña de los contratos y las condiciones leoninas de préstamos o créditos. Cientos de miles de personas han perdido sus viviendas o se enfrentan a obligaciones de pago insostenibles de las que nunca fueron advertidas. El poder desmesurado de la banca es incompatible con una sociedad democrática.

    Y Thomas Jefferson, tercer presidente de los EEUU, en el lejano 1802 ya denunciaba que “las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que ejércitos enteros listos para el combate. Si el pueblo americano permite un día que los bancos privados, y todas las instituciones que florecen en torno de ellos, controlen su moneda, privarán a la gente de toda posesión hasta el día en que sus hijos se despertarán sin casa y sin techo sobre la tierra que sus padres conquistaron”. Fue profético.

    Emulando al narrador uruguayo Monterroso, sepamos que “cuando despertó, la depredadora banca estaba allí”.

    Los ciudadanos votan cada cuatro años, pero los “mercados” y la banca, actúan todos los días. Sin compasión, sin reglas, sin freno. Hasta que la ciudadanía se subleve y diga basta.

    Xavier Caño Tamayo

    Periodista y escritor

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  4. Tiempos de frustración e inconsciencia

    En nuestros días aprendemos a consumir noticias que hablan de billones de euros dedicados a rescates de empresas millonarias, a financiar gastos militares o simplemente a mantener un tren de vida y de exigencias de estados cuyo apetito parece insaciable. Asistimos asombrados a la degradación del poder adquisitivo de miles de millones de personas, a sus dificultades para recibir cuidados dignos de salud y a sus esfuerzos para mantener su vivienda. Algo que cada día resulta más difícil ante la voracidad de desahucios bancarios.

    Nuestra generación se siente decepcionada. Aprendimos y transmitimos en nuestro entorno político y social los valores de Libertad, Democracia e Igualdad. Muchos lucharon por esos principios, otros sólo pudieron apoyar la causa o consentir pero todos pretendían acceder a una vida mejor. En Occidente se comenzó a poner en marcha el Estado de bienestar hasta que las crisis y egoísmos irracionales lo han ido convirtiendo en una especie de Estado de espejismo. En el resto del mundo, pocos son los países que pueden jactarse de haber dado los primeros pasos en ese sentido y muchas son las luchas y militancias que terminaron en cementerios y en cárceles, o simplemente en cansancio y rendición.

    Se tiene la impresión de que el sufrimiento fue en vano. Que las entusiastas marchas populares se limitaron a quedar plasmadas en carretes de blanco y negro, mientras los esperanzados discursos políticos del pasado se han perdido en archivos y hemerotecas.

    El discurso político, si todavía existe, ha perdido su capacidad de movilización y de persuasión. Se hace cada vez más aritmético, más contable y se confunde en cifras y porcentajes que ahogan cualquier aspiración y voluntad de mejorar la condición de los ciudadanos. No debe ser fácil para los políticos que se respetan, emprender, en la actualidad, una campaña electoral o dirigirse a su electorado en un meeting partidista. Sí han aprendido a manejar de manera brillante los presupuestos, recurrir al lenguaje de déficit y rentabilidades. Se descalifican unos a otros y, en la confusión dominante, es obvio que han dejado de fijarse en la vida cotidiana y de acogerse a su verdadera misión de abrir horizontes y proponer alternativas ilusionantes.

    No es bueno que gobiernos y oposición se transformen en gestores de segunda y que las verdaderas políticas sean impuestas por empresas e instituciones transnacionales que se ocupan de sus propios intereses. No importa que el peso de ciertas empresas supere el producto nacional bruto de muchos estados, no hay razón suficiente para que el poder público falte a sus obligaciones nacionales. ¿No sería más útil que nuestros gobernantes rechazaran ciertas imposiciones externas en contradicción con el bien de la comunidad y utilizaran sus mayorías parlamentarias y su prestigio social para llevar a cabo políticas justas y solidarias? Los pueblos saben comprender cuando se les habla con autenticidad y rigor, pues ellos son quienes padecen las consecuencias.

    Esta confusión en las responsabilidades de cada uno se ha extendido a los ciudadanos que, apoyándose en su condición de contribuyentes, tienden a exigir mucho porque les resulta imposible distinguir sus prioridades y ordenar sus reivindicaciones. Se comprende que resulte difícil para un agricultor tener que esperar una buena cosecha para acudir a cuidados sanitarios o que un obrero tenga que escoger entre sus hijos cual podrá llevar al médico cuando todos están enfermos. Es inhumano que haya personas sin techo o en prolongada situación de desempleo y que no puedan vivir con dignidad y ofrecer a sus familias las necesarias oportunidades.

    En tales condiciones es comprensible que se instalen la desconfianza y el miedo, la desesperanza y el derrotismo ante cualquier posibilidad de recuperar su dignidad personal y profesional. De ahí la tendencia de optar por el interés personal antes que por el general. Es sin duda una situación crítica y casi de supervivencia para gran parte de la ciudadanía.

    A estas alturas, no se puede creer que nadie se percatara y corrigiera las excesivas e injustas derivas del modelo de desarrollo económico ultraliberal. Tan infiltrado en el sistema sociopolítico que llegaron a presentárnoslo como la única alternativa viable.

    Abdeslam Baraka

    Ex Ministro y ex embajador de Marruecos en España

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