RECORDANDO A JOHN HENRY NEWMAN EN EL DÍA DE SU BEATIFICACIÓN

Este domingo, 19 de septiembre del 2010, Benedicto XVI beatificará a John Henry Newman.

Recordamos sus palabras cuando recibió de León XIII el capelo cardenalicio

“Me alegra decir que me he opuesto desde el comienzo a un gran mal. Durante treinta, cuarenta, cincuenta años, he resistido con lo mejor de mis fuerzas al espíritu del liberalismo en religión. ¡Nunca la Santa Iglesia necesitó defensores contra él con más urgencia que ahora, cuando desafortunadamente es un error que se expande como una trampa por toda la tierra! Y en esta ocasión, en que es natural para quien está en mi lugar considerar el mundo y mirar la Santa Iglesia tal como está, y su futuro (…) El liberalismo religioso es la doctrina que afirma que no hay ninguna verdad positiva en religión, que un credo es tan bueno como otro, y esta es la enseñanza que va ganando solidez y fuerza diariamente. Es incongruente con cualquier reconocimiento de cualquier religión como verdadera”.


En la mañana del lunes 12 de mayo, Newman fue al Palazzo della Pigna, la residencia del Cardenal Howard, que le había cedido sus apartamentos para recibir allí al mensajero del Vaticano que traía el Biglietto de parte del Cardenal Secretario de Estado, informándole que en un Consistorio secreto, que había tenido lugar esa misma mañana, el Santo Padre le había elevado a la dignidad de Cardenal.

A las once en punto, las habitaciones estaban llenas de católicos ingleses y americanos, tanto eclesiásticos como laicos, y también muchos miembros de la nobleza romana y dignatarios de la Iglesia, reunidos para ser testigos de la ceremonia. Poco después del mediodía fue anunciado el mensajero consistorial.

Al entrar entregó el Biglietto en manos de Newman, quien, después de romper el sello, lo pasó a Mons. Clifford, obispo de Clifton, el cual leyó el contenido en voz alta. Luego, el mensajero informó al nuevo Cardenal que Su Santidad lo recibiría en el Vaticano a las diez de la mañana del día siguiente, para conferirle la birreta cardenalicia. Después de los acostumbrados cumplidos, Su Eminencia el Cardenal John Henry Newman pronunció el siguiente discurso, que desde entonces es conocido como Biglietto Speech. El primer párrafo lo pronunció en italiano:

“Le agradezco, Monseñor, la participación que me hecho del alto honor que el Santo Padre se ha dignado conferir sobre mi humilde persona. Y si le pido permiso para continuar dirigiéndome a Ud., no en su idioma musical, sino en mi querida lengua materna, es porque en ella puedo expresar mis sentimientos, sobre este amabilísimo anuncio que me ha traído, mucho mejor que intentar lo que me sobrepasa.

En primer lugar, quiero hablar del asombro y la profunda gratitud que sentí, y siento aún, ante la condescendencia y amor que el Santo Padre ha tenido hacia mí al distinguirme con tan inmenso honor. Fue una gran sorpresa. Jamás me vino a la mente semejante elevación, y hubiera parecido en desacuerdo con mis antecedentes. Había atravesado muchas aflicciones, que han pasado ya, y ahora me había casi llegado el fin de todas las cosas, y estaba en paz.

¿Será posible que, después de todo, haya vivido tantos años para esto? Tampoco es fácil ver cómo podría haber soportado un impacto tan grande si el Santo Padre no lo hubiese atemperado con un segundo acto de condescendencia hacia mí, que fue para todos los que lo supieron una evidencia conmovedora de su naturaleza amable y generosa. Se compadeció de mí y me dijo las razones por las cuales me elevaba a esta dignidad. Además de otras palabras de aliento, dijo que su acto era un reconocimiento de mi celo y buen servicio de tanto años por la causa católica, más aún, que creía darles gusto a los católicos ingleses, incluso a la Inglaterra protestante, si yo recibía alguna señal de su favor. Después de tales palabras bondadosas de Su Santidad, hubiera sido insensible y cruel de mi parte haber tenido escrúpulos por más tiempo.

Esto fue lo que tuvo la amabilidad de decirme, ¿y qué más podía querer yo? A lo largo de muchos años he cometido muchos errores. No tengo nada de esa perfección que pertenece a los escritos de los santos, es decir, que no podemos encontrar error en ellos. Pero lo que creo poder afirmar sobre todo lo que escribí es esto: que hubo intención honesta, ausencia de fines personales, temperamento obediente, deseo de ser corregido, miedo al error, deseo de servir a la Santa Iglesia, y, por la misericordia divina, una justa medida de éxito.

Y me alegra decir que me he opuesto desde el comienzo a un gran mal. Durante treinta, cuarenta, cincuenta años, he resistido con lo mejor de mis fuerzas al espíritu del liberalismo en religión. ¡Nunca la Santa Iglesia necesitó defensores contra él con más urgencia que ahora, cuando desafortunadamente es un error que se expande como una trampa por toda la tierra! Y en esta ocasión, en que es natural para quien está en mi lugar considerar el mundo y mirar la Santa Iglesia tal como está, y su futuro, espero que no se juzgará fuera de lugar si renuevo la protesta que hecho tan a menudo.

El liberalismo religioso es la doctrina que afirma que no hay ninguna verdad positiva en religión, que un credo es tan bueno como otro, y esta es la enseñanza que va ganando solidez y fuerza diariamente. Es incongruente con cualquier reconocimiento de cualquier religión como verdadera. Enseña que todas deben ser toleradas, pues todas son materia de opinión. La religión revelada no es una verdad, sino un sentimiento o gusto; no es un hecho objetivo ni milagroso, y está en el derecho de cada individuo hacerle decir tan sólo lo que impresiona a su fantasía. La devoción no está necesariamente fundada en la fe.

Los hombres pueden ir a iglesias protestantes y católicas, pueden aprovechar de ambas y no pertenecer a ninguna. Pueden fraternizar juntos con pensamientos y sentimientos espirituales sin tener ninguna doctrina en común, o sin ver la necesidad de tenerla. Si, pues, la religión es una peculiaridad tan personal y una posesión tan privada, debemos ignorarla necesariamente en las interrelaciones de los hombres entre sí. Si alguien sostiene una nueva religión cada mañana, ¿a ti qué te importa? Es tan impertinente pensar acerca de la religión de un hombre como acerca de sus ingresos o el gobierno de su familia. La religión en ningún sentido es el vínculo de la sociedad.

Hasta ahora el poder civil ha sido cristiano. Aún en países separados de la Iglesia, como el mío, el dicho vigente cuando yo era joven era: “el cristianismo es la ley del país”. Ahora, en todas partes, ese excelente marco social, que es creación del cristianismo, está abandonando el cristianismo.

El dicho al que me he referido se ha ido o se está yendo en todas partes, junto con otros cien más que le siguen, y para el fin del siglo, a menos que interfiera el Todopoderoso, habrá sido olvidado. Hasta ahora, se había considerado que sólo la religión, con sus sanciones sobrenaturales, era suficientemente fuerte para asegurar la sumisión de nuestra población a la ley y al orden. Ahora, los filósofos y los políticos están empeñados en resolver este problema sin la ayuda del cristianismo. Reemplazarían la autoridad y la enseñanza de la Iglesia, antes que nada, por una educación universal y completamente secular, calculada para convencer a cada individuo que su interés personal es ser ordenado, trabajador y sobrio.

Luego, para el funcionamiento de los grandes principios que toman el lugar de la religión, y para el uso de las masas así educadas cuidadosamente, se provee de las amplias y fundamentales verdades éticas de justicia, benevolencia, veracidad, y semejantes, de experiencia probada, y de aquellas leyes naturales que existen y actúan espontáneamente en la sociedad, y en asuntos sociales, sean físicas o psicológicas, por ejemplo, en el gobierno, en los negocios, en las finanzas, en los experimentos sanitarios, y en las relaciones internacionales. En cuanto a la religión, es un lujo privado que un hombre puede tener si lo desea, pero por el cual, por supuesto, debe pagar, y que no debe imponer a los demás ni permitirse fastidiarlos.

El carácter general de esta gran apostasía es uno y el mismo en todas partes, pero en detalle, y en carácter, varía en los diferentes países. En cuanto a mí, hablaría mejor de mi propio país, que sí conozco. Creo que allí amenaza con tener un formidable éxito, aunque no es fácil ver cuál será su resultado final. A primera vista podría pensarse que los ingleses son demasiado religiosos para un movimiento que, en el continente, parece estar fundado en la infidelidad.

Pero nuestra desgracia es que, aunque termina en la infidelidad como en otros lugares, no necesariamente brota de la infidelidad. Se debe recordar que las sectas religiosas que se difundieron en Inglaterra hace tres siglos, y que son tan poderosas ahora, se han opuesto ferozmente a la unión entre la Iglesia y el Estado, y abogarían por la descristianización de la monarquía y de todo lo que le pertenece, bajo la noción de que semejante catástrofe haría al cristianismo mucho más puro y mucho más poderoso. Luego, el principio liberal nos está forzando por la necesidad del caso.

Considerad lo que se sigue por el mismo hecho de que existen tantas sectas. Se supone que son la religión de la mitad de la población, y recordad que nuestro modo de gobierno es popular. Uno de cada doce hombres tomados al azar en la calle tiene participación en el poder político, y cuando les preguntáis sobre sus creencias representan una u otra de por lo menos siete religiones.

¿Cómo puede ser posible que actúen juntos en asuntos municipales o nacionales si cada uno insiste en el reconocimiento de su propia denominación religiosa? Toda acción llegaría a un punto muerto a menos que el tema de la religión sea ignorado. No podemos ayudarnos a nosotros mismos.

Y, en tercer lugar, debe tenerse en cuenta que hay mucho de bueno y verdadero en la teoría liberal. Por ejemplo, y para no decir más, están entre sus principios declarados y en las leyes naturales de la sociedad, los preceptos de justicia, veracidad, sobriedad, autodominio y benevolencia, a los que ya me he referido. No decimos que es un mal hasta no descubrir que esta serie de principios está propuesta para sustituir o bloquear la religión.

Nunca ha habido una estratagema del Enemigo ideada con tanta inteligencia y con tal posibilidad de éxito. Y ya ha respondido a la expectativas que han aparecido sobre la misma. Está haciendo entrar majestuosamente en sus filas a un gran número de hombres capaces, serios y virtuosos, hombres mayores de aprobados antecedentes, y jóvenes con una carrera por delante.

Tal es el estado de cosas en Inglaterra, y es bueno que todos tomemos conciencia de ello. Pero no debe suponerse ni por un instante que tengo temor de ello. Lo lamento profundamente, porque preveo que puede ser la ruina de muchas almas, pero no tengo temor en absoluto de que realmente pueda hacer algún daño serio a la Palabra de Dios, a la Santa Iglesia, a nuestro Rey Todopoderoso, al León de la tribu de Judá, Fiel y Veraz, o a Su Vicario en la tierra. El cristianismo ha estado tan a menudo en lo que parecía un peligro mortal, que ahora debemos temer cualquier nueva adversidad. Hasta aquí es cierto.

Pero, por otro lado, lo que es incierto, y en estas grandes contiendas es generalmente incierto, y lo que es comúnmente una gran sorpresa cuando se lo ve, es el modo particular por el cual la Providencia rescata y salva a su herencia elegida, tal como resulta. Algunas veces nuestro enemigo se vuelve amigo, algunas veces es despojado de esa especial virulencia del mal que es tan amenazante, algunas veces cae en pedazos, algunas veces hace sólo lo que es beneficioso y luego es removido. Generalmente, la Iglesia no tiene nada más que hacer que continuar en sus propios deberes, con confianza y en paz, mantenerse tranquila y ver la salvación de Dios. “Los humildes poseerán la tierra y gozarán de inmensa paz” (Salmo 37,11).[1]

Su Eminencia habló con voz fuerte y clara, y aún cuando estuvo de pie todo el tiempo no mostró signos de fatiga.

El texto fue telegrafiado a Londres por el corresponsal del “The Times” y apareció completo en el periódico al día siguiente. Más aún, gracias a la bondad del Padre Armellini, S.J., que lo tradujo al italiano durante la noche, salió completo en “L´Osservatore Romano” del día siguiente.

Traducción y comentario Fernando María Cavaller

(1) El texto original está en My Campaign in Ireland, Aberdeen, 1896, pp.393-400.

4 comentarios en “RECORDANDO A JOHN HENRY NEWMAN EN EL DÍA DE SU BEATIFICACIÓN”

  1. John Henry Newman, “gran doctor de la Iglesia” Discurso del cardenal Joseph Ratzinger en 1990

    11 de septiembre de 2010 (ZENIT.org).- A pocos días de la beatificación del cardenal John Henry Newman, presentamos nuestra traducción del discurso pronunciado por el cardenal Joseph Ratzinger el 28 de abril de 1990 con ocasión del centenario de la muerte del gran cardenal inglés, a quien el actual Papa definió entonces como “un gran doctor de la Iglesia”.

    * * *

    Yo no me siento competente para hablar de la figura o la obra de John Henry Newman, pero tal vez puede ser interesante que me detenga un poco sobre mi acercamiento personal a Newman, en el que se refleja también algo de la actualidad de este gran teólogo inglés en las controversias espirituales de nuestro tiempo.

    Cuando en enero de 1946 pude comenzar mi estudio de la teología en el seminario de la diócesis de Freising, que finalmente había vuelto a abrir sus puertas después de los desastres de la guerra, se decidió que nuestro grupo tuviera como prefecto a un estudiante más veterano, que ya antes de empezar la guerra había comenzado a trabajar en una disertación sobre la teología de la conciencia de Newman. Durante los años de su ocupación en la guerra no había abandonado este tema, que ahora volvía a retomar con nuevo entusiasmo y nuevas energías. Desde el primer momento nos unió una amistad personal, que se concentraba completamente alrededor de los grandes problemas de la filosofía y la teología. No hace falta decir que Newman estaba siempre presente en este intercambio. Alfred Läpple, él era el prefecto antes mencionado, publicó luego en 1952 su disertación, con el título “El individuo en la Iglesia”.

    La doctrina de Newman sobre la conciencia se convirtió entonces para nosotros en el fundamento de aquel personalismo teológico que nos atrajo a todos con su encanto. Nuestra imagen del hombre, así como nuestra concepción de la Iglesia, se vieron marcadas por este punto de partida. Habíamos experimentado la pretensión de un partido totalitario que se consideraba la plenitud de la historia y que negaba la conciencia del individuo. Hermann Goering había dicho de su jefe: “¡Yo no tengo ninguna conciencia! Mi conciencia es Adolf Hitler”. La inmensa ruina del hombre que derivó de esto, estaba ante nuestros ojos.

    Por eso, para nosotros era un hecho liberador y esencial saber que el “nosotros” de la Iglesia no se basaba en la eliminación de la conciencia sino que sólo podía desarrollarse a partir de la conciencia. Precisamente porque Newman explicaba la existencia del hombre a partir de la conciencia, es decir, en la relación entre Dios y el alma, era también claro que este personalismo no representaba ninguna concesión al individualismo y que el vínculo con la conciencia no significaba ninguna concesión a la arbitrariedad – más aún, que se trataba precisamente de lo contrario.

    De Newman aprendimos a comprender el primado del Papa: la libertad de conciencia – así nos enseñaba Newman con la Carta al Duque de Norfolk – no se identifica, de hecho, con el de derecho de “dispensarse de la conciencia, de ignorar al Legislador y Juez, y de ser independientes de los deberes invisibles”. De este modo, la conciencia, en su significado auténtico, es el verdadero fundamento de la autoridad del Papa. De hecho, su fuerza viene de la Revelación, que completa la conciencia natural iluminada de manera sólo incompleta, y “su raison d’être es la de ser el campeón de la ley moral y de la conciencia”.

    Esta doctrina sobre la conciencia se ha vuelto para mí cada vez más importante en el desarrollo sucesivo de la Iglesia y del mundo. Me doy cuenta, cada vez más, de que sólo se manifiesta de modo completo haciendo referencia a la biografía del Cardenal, la cual supone todo el drama espiritual de su siglo.

    Newman, como hombre de la conciencia, se transforma en un converso; fue su conciencia que lo condujo desde los antiguos vínculos y las antiguas certezas dentro del mundo para él difícil e inusual del catolicismo. Pero precisamente esta vía de la conciencia es algo distinto a una vía de la subjetividad que se afirma a sí misma: es, en cambio, una vía de la obediencia a la verdad objetiva.

    El segundo paso del camino de conversión que duró toda la vida de Newman fue, de hecho, la superación de la posición del subjetivismo evangélico en favor de una concepción del cristianismo basada en la objetividad del dogma. Al respecto, siempre encuentro muy significativa, pero particularmente hoy, una formulación tomada de una de sus prédicas de la época anglicana:

    “El verdadero cristianismo se demuestra en la obediencia, y no en un estado de conciencia. Así, todo el deber y el trabajo de un cristiano se organiza en torno a estos dos elementos: la fe y la obediencia; «mira a Jesús» (Heb. 2, 9)… y actúa según su voluntad. Me parece que hoy corremos el peligro de no dar el peso que deberíamos a ninguno de los dos elementos. Consideramos cualquier verdadera y cuidadosa reflexión sobre el contenido de la fe como estéril ortodoxia, como sutileza técnica. En consecuencia, hacemos consistir el criterio de nuestra piedad en la posesión de una así llamada disposición de ánimo espiritual”.

    En este contexto, se han vuelto para mí importantes algunas frases del libro “Los arrianos del siglo IV”, que a primera vista me han parecido más bien sorprendentes: “el principio puesto por la Escritura como fundamento de la paz es reconocer que la verdad en cuanto tal debe guiar tanto la conducta política como la privada… y que el celo, en la escala de las gracias cristianas, tiene la prioridad por sobre la benevolencia”.

    Para mí es siempre fascinante darme cuenta y reflexionar cómo precisamente así, y sólo así, a través del vínculo a la verdad, a Dios, la conciencia recibe valor, dignidad y fuerza. En este contexto, quisiera añadir sólo otra expresión tomada de la “Apología pro vita sua”, que demuestra el realismo de esta concepción de la persona y de la Iglesia: “Los movimientos vivos no nacen de comités”.

    Quisiera volver una vez más brevemente al hilo autobiográfico. Cuando en 1947 proseguí mis estudios en Munich, encontré en el profesor de teología fundamental, Gottlieb Söhngen, mi verdadero maestro en teología, un culto y apasionado seguidor de Newman. Él nos inició en la “Gramática del Asentimiento” y, con ella, en la modalidad específica y la forma de certeza propia del conocimiento religioso.

    Aún más profundamente actuó sobre mí la contribución que Heinrich Fries publicó con ocasión del Jubileo de Calcedonia: allí encontré el acceso a la doctrina de Newman sobre el desarrollo del dogma, que considero, junto a su doctrina sobre la conciencia, su contribución decisiva a la renovación de la teología. Con esto, puso en nuestras manos la clave para insertar en la teología un pensamiento histórico, o más bien, nos enseñó a pensar históricamente la teología y, precisamente de ese modo, a reconocer la identidad de la fe en todos los cambios. Debo abstenerme de profundizar, en este contexto, tal idea. Me parece que la contribución de Newman no ha sido todavía aprovechada del todo en las teologías modernas. Ella aún contiene en sí posibilidades fructíferas que esperan ser desarrolladas.

    En este momento, sólo quisiera volver una vez más al trasfondo biográfico de esta concepción. Es sabido cómo la concepción de Newman sobre la idea del desarrollo ha marcado su camino hacia el catolicismo. Sin embargo, no se trata aquí sólo de un desarrollo carente de ideas. En el concepto de desarrollo está en juego la misma vida personal de Newman. Pienso que esto se hace evidente en su conocida afirmación, contenida en el famoso ensayo sobre “El desarrollo de la doctrina cristiana”: “aquí sobre la tierra vivir es cambiar, y la perfección es el resultado de muchas transformaciones”. Newman ha sido, a lo largo de toda su vida, alguien que se ha convertido, alguien que se ha transformado, y de este modo ha seguido siendo siempre él mismo y ha llegado a ser cada vez más él mismo.

    Aquí me viene a la mente la figura de san Agustín, tan cercana a la figura de Newman. Cuando se convirtió en el jardín de Casiciacum, Agustín había comprendido la conversión según el esquema del venerado maestro Plotino y de los filósofos neoplatónicos. Pensaba que la vida pasada de pecado estaba ahora definitivamente superada; el convertido sería de ahora en más una persona completamente nueva y diversa, y su camino sucesivo habría consistido en un continuo ascenso hacia las alturas cada vez más puras de la cercanía de Dios, algo parecido a lo que describió Gregorio de Nisa en De vita Moysis: “Así como los cuerpos, apenas han recibido el primer impulso hacia abajo, se hunden por sí mismos sin ulteriores impulsos… así, pero en sentido contrario, el alma que se ha liberado de las pasiones terrenas, se eleva constantemente con un veloz movimiento de ascenso… en un vuelo que apunta siempre hacia lo alto”.

    Pero la experiencia real de Agustín era otra: tuvo que aprender que ser cristiano significa, más bien, recorrer un camino cada vez más fatigoso, con todos sus altibajos. La imagen de la ascensión es sustituida por la de un camino, en cuyas fatigosas asperezas nos consuelan y sostienen los momentos de luz que de vez en cuando podemos recibir. La conversión es un camino, un camino que dura toda una vida. Por eso, la fe es siempre desarrollo y, precisamente de este modo, maduración del alma hacia la Verdad, que “es más íntima a nosotros que nosotros mismos”.

    Newman expuso en la idea del desarrollo la propia experiencia personal de una conversión nunca dada por concluida, y así nos ha ofrecido la interpretación no sólo del camino de la doctrina cristiana sino también de la vida cristiana. El signo característico del gran doctor de la Iglesia es, en mi opinión, que él no enseña sólo con su pensamiento y sus discursos sino también con su vida, ya que en él pensamiento y vida se compenetran y se determinan recíprocamente. Si esto es cierto, entonces realmente Newman pertenece a los grandes doctores de la Iglesia porque, al mismo tiempo, él toca nuestro corazón e ilumina nuestro pensamiento.

    [Fuente: Sitio de La Santa Sede

    Traducción: La Buhardilla de Jerónimo]

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  2. Papa Benedicto XVI… una disculpa Los periódicos ingleses moderan su tono después de la visita papal

    LONDRES, martes 21 de septiembre de 2010 (ZENIT.org).- La revista satírica británica Private Eye suele publicar hipotéticas cartas de disculpa de la prensa cuando la opinión que transmiten sobre una persona es desmentida por la realidad.

    “Podría aplicarse a la visita de Estado del Papa Benedicto XVI”, afirma Dominic Lawson, editorialista de The Independent, en su columna de hoy Pope Benedict … an apology.

    “El Papa. Una disculpa. Queremos pedir disculpas por describir a Su Santidad como el líder tiránico con botas militares de una institución corrupta empeñada en la violación de niños y el exterminio de todo el continente africano. Ahora aceptamos que es un hombre viejo y dulce, nunca más feliz que cuando besa a los bebés, y que este país tiene mucho que aprender de su humanidad y su preocupación por los más débiles de la sociedad”.

    Con este tono irónico, Lawson constata el cambio de tono generalizado de la prensa inglesa tras la visita del Papa. El propio Independent, constata, ha publicado comentarios editoriales que “hubiesen sido impensables una semana antes”.

    “Cuando alguien es calificado como un monstruo (o ‘un viejo villano lascivo con sotana’, como dijo Richard Dawkins) y surge como una modesta figura académica visiblemente incómoda con la grandilocuencia política de una visita de Estado, los opinadores perciben que sus lectores preferirían un tono más amable”, afirma Lawson.

    “Sospecho que es precisamente el carácter apolítico del Papa Benedicto XVI que le da un cierto atractivo popular, incluso a aquellos que no son miembros de la Iglesia Católica, y que sin duda no se sienten obligados a seguir sus inamovibles pronunciamientos doctrinales”.

    Concluye el columnista, que fue director del Spectator: “La humildad es quizás la más difícil de las virtudes; los más presumidos críticos laicistas del Papa podrían aprender de su ejemplo”.

    No es el único comentario al respecto. En el “día después” de la visita, según constata un informe de Catholic Voices, se hace patente la moderación de la prensa inglesa de todos los ámbitos de opinión, así como el unánime reconocimiento del éxito de la visita, contra casi todos los pronósticos.

    Repasando una por una las cinco principales cabeceras inglesas, en su edición del lunes 20 de septiembre, el informe muestra cómo ha sido la cobertura de la beatificación del cardenal Newman en Cofton Park.

    Desde la izquierda

    Así, The Guardian, representante de la izquierda liberal, dedica una doble página a un reportaje sobre la beatificación, firmado por su corresponsal religioso Stephen Bates.

    Otra corresponsal, Riazat Butt afirma que “el éxito real de este viaje histórico no fue Benedicto XVI sino su grey, que su rebaño, desafió las expectativas y la publicidad negativa para dar la bienvenida al Papa a Gran Bretaña”.

    En la sección de comentarios del diario, un dirigente recuerda a los lectores por qué The Guardian apoyo la visita “a pesar de conservadurismo intransigente y cruel a veces de Benedicto XVI” pues “se trataba de un asunto diplomático serio”.

    El editorial no cree que el Papa haya superado “la división religiosa-laica”, pero tiene algunas palabras críticas contra los manifestantes, que “quizás no ven ninguna conexión entre ellos y las turbas anti-papistas del pasado, pero hay un fracaso en dar a la fe el respeto sincero que se le debe”.

    En la sección del defensor del lector, se destaca la crítica de muchos lectores hacia lo que consideran la “hostilidad instintiva a la religión” por parte del periódico, aunque el ombudsman alega la extensa cobertura dada por The Guardian a la visita.

    Quizás el cambio más sintomático haya sido, como recogía el inicio de esta noticia, el caso de The Independent, periódico que durante el periodo anterior a la visita se había hecho a sí mismo portavoz del sector laicista más agresivo.

    En su editorial de ayer, Benedict spoke to Britain, el diario admitía que la visita “había ido mejor, incluso mucho mejor de lo que podía esperarse”, gracias sobre todo “a lo que el Papa dijo y a cómo lo dijo”, mostrando “que tiene un lado mucho más cálido, más humano y menos rígido de lo que parece a distancia”.

    “Y respecto a sus alusiones a cuán arriesgado es para la tolerancia desterrar la religión a los márgenes, quizás haya dejado una Gran Bretaña con la mente un poco más abierta que cuando la encontró”, concluye el editorial de forma sorprendente.

    Conservadores

    Por su parte, el Daily Mail, conservador, publica un comentario firmado por Stephen Glover, en el que afirma que la visita “fue mucho más allá” de un éxito que la propia jerarquía católica no se esperaba: “el Papa habló al alma de nuestro país, afirmado las verdades morales eternas que nuestros propios líderes políticos y religiosos prefieren evitar”.

    Uno de los éxitos sorprendenteS que subraya Glover y que recoge el editorial del diario es el “rostro joven” de la Iglesia católica británica, y critica a los ateos radicales contrarios a la visita: “no tienen nada que ofrecer como camino de esperanza para los jóvenes ni para nadie”.

    The Times no dedica un editorial, pero sí publica un reportaje de Richard Owen, su corresponsal en Roma, que se sorprende del énfasis del Papa en el “sano pluralismo” y las “diversas tradiciones religiosas”, de la sociedad británica, asegurando que “este no es el hombre que fue elegido Papa hace cinco años.

    Por último, el Daily Thelegraph lleva a un Papa sonriente a la portada, y afirma que éste “parecía mucho más preocupado en reconducir el diálogo entre la Iglesia y la sociedad civil que en hacer convertidos”, al tiempo que critica las “exageraciones laicistas”.

    El informe puede leerse en el blog de Catholic Voices.

    [Por Inma Álvarez]

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  3. BENEDICTO XVI REALIZÓ SU VISITA MÁS DIFÍCIL DEL AÑO
    Al tradicional escepticismo de la sociedad británica hacia el Vaticano se sumaron protestas por los abusos sexuales contra menores.Hasta una alarma de terrorismo fue activada porque jóvenes querían ver al “Papa muerto”.
    Nunca antes había encontrado el Papa Benedicto XVI un ambiente tan hostil en ninguno de los países visitados desde que asumiera el papado en abril 2005. Pero el ex cardenal Joseph Alois Ratzinger ha demostrado ser un hombre que no le huye a los retos. Una prueba de ello es que este 19 de septiembre, último día de su estancia en el Reino Unido, beatificó justamente a un converso que abandonó la confesión real de los británicos: la anglicana.

    Se trata del cardenal John Henry Newman (1801-1890) quien abandonó la Iglesia anglicana y se convirtió al catolicismo en 1845. Este además, fue el primer proceso de beatificación que Benedicto XVI lleva a cabo personalmente. Dicha ceremonia tuvo lugar durante la última jornada en Gran Bretaña del Papa Benedicto XVI.

    Barrenderos que soñaban con un atentado

    El pontífice se reunió además con los obispos de Inglaterra, Gales y Escocia, pero antes se recibió la noticia de que las seis personas que habían sido detenidas el viernes bajo sospecha de planear un ataque contra el Papa fueron liberadas sin acusación. Las investigaciones concluyeron que los hombres, barrenderos del servicio de aseo municipal, de entre 26 y 50 años de edad, no constituían una amenaza seria y sólo habían expresado en voz alta que les gustaría ver al Papa “volando por los aires”. Al menos cinco de ellos son ciudadanos británicos, de origen argelino.

    Pero los momentos difíciles para Benedicto XVI en Gran Bretaña no terminaron ahí. El pontífice se reunió con un grupo de víctimas de abusos sexuales por parte de religiosos católicos. El Papa mantuvo un encuentro con cinco víctimas británicas. Un encuentro que, según el Vaticano, “conmovió al pontífice y lo afligió por lo que sufrieron los afectados y sus familias”. Algo por lo que él se siente” profundamente avergonzado”.

    ¿Medidas eficaces contra abusos sexuales?

    Durante esta reunión que duró entre 30 y 40 minutos, el máximo representante de la Iglesia católica rezó con las víctimas por un proceso de sanación y reconciliación. Benedicto XVI les garantizó que la Iglesia católica continúa adoptando medidas eficaces para proteger a los jóvenes y les aseguró que la Iglesia está haciendo todo lo posible por esclarecer casos de abusos sexuales y llevarlos ante la Justicia.

    En la catedral londinense de Westminster, el Papa reconoció “la vergüenza y la humillación que todos nosotros sufrimos por estos pecados” ante la presencia de varios altos dignatarios de la iglesia y la vida pública, entre ellos el ex primer ministro Tony Blair. Una postura que la prensa británica ha alabado, como lo hace en la edición dominical de The Times para el que las palabras del Papa ante unos 4.000 escolares “merecen reconocimiento porque vienen de un intelectual que ha sabido asumir el liderazgo con profunda preocupación por los intereses de las víctimas”.

    Para The Times “la Iglesia es también “una institución con deficiencias y un mensaje en contravía con las costumbres modernas que contradice el pensamiento de muchos de sus miembros”. Aún así, concluye el diario británico, “la Iglesia católica no es aquel instrumento esclerótico de opresión que pintan sus críticos”.

    Encuentros con víctimas de la Iglesia católica

    Benedicto XVI ya había aludido a los abusos en instituciones de la Iglesia católica durante el vuelo que lo llevó a Londres, cuando condenó la “perversión” de los abusos y admitió que la Iglesia no reaccionó con decisión y rapidez suficientes ante el escándalo.

    Benedicto XVI ha mantenido encuentros con víctimas de abusos por parte de religiosos católicos en otras ocasiones, en Estados Unidos, Australia y Malta, en reuniones no anunciadas previamente.

    Durante varios eventos encabezados por el Papa en el Reino Unido se congregaron grupos para protestar contra su visita. En el centro de Londres tuvo lugar además una marcha dedicada a rechazar los abusos sexuales, acusando al Papa de “proteger a curas pedófilos”. Los manifestantes también denunciaron la postura del Vaticano hacia el papel de la mujer en la sociedad, los derechos de los homosexuales y los controles de natalidad.

    Mea culpa por abusos, alabanza por resistencia a nazis

    En Alemania, la revista Der Spiegel calificó la postura del ex cardenal Ratzinger durante su estadía en Gran Bretaña como “un valiente y sincero mea culpa” y cree que el viaje fue una “visita de la reconciliación”, e incluso un “encuentro histórico”.

    Por último, Benedicto XVI también palabras conmovedoras para alabar a los británicos que se opusieron activamente a “la tiranía nacional-socialista”, que quiso robarle a las personas su dignidad humana, sobre todo a los judíos.

    Autor: José Ospina-Valencia /dpa/afp
    Editora: Claudia Herrera Pahl

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  4. John Henry Newman, “doctor de la Iglesia”, según Benedicto XVI “Puente entre anglicanos y católicos”, dice a los periodistas

    EDIMBURGO.- Benedictto XVI definió al cardenal John Henry Newman, C.O. (1801-1890), cardenal, teólogo, a quien beatificará este domingo al culminar su viaje al Reino Unido, como “doctor de la Iglesia” y “puente entre anglicanos y católicos”.

    El pontífice trazó un perfil personal de esta figura destacada delMovimiento de Oxford, en la rueda de prensa que ofreció a los setenta periodistas que le acompañaban en el vuelo Roma-Edimburgo en la mañana de este jueves.

    Newman, dijo, es un hombre moderno –“con todas las dudas y los problemas de nuestro ser de hoy”–; un hombre de “gran cultura” – con “conocimiento de los grandes tesoros de la cultura de la humanidad”; y de “vida espiritual con Dios”.

    Estos tres elementos, subrayó, “dan a este hombre una grandeza excepcional para nuestro tiempo y por eso es una figura de doctor de la Iglesia para nosotros y para todos, y también un puente entre anglicanos y católicos”.

    No es la primera vez que Joseph Ratzinger define así a Newman. El 28 de abril de 1990, siendo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en un discurso pronunciado con ocasión del centenario de la muerte del cardenal inglés también habló de él como “un gran doctor de la Iglesia” (Cf. John Henry Newman, “gran doctor de la Iglesia”).

    John Henry Newman es, para el obispo de Roma, “un hombre moderno, que vivió todo el problema de la modernidad, que vivió también el problema del agnosticismo, de la imposibilidad de conocer a Dios, de creer”.

    “Un hombre que estuvo durante toda su vida en camino, en camino para dejarse transformar por la verdad en una búsqueda de gran sinceridad y de gran disponibilidad, para conocer, encontrar y aceptar el camino para la verdadera vida”.

    “Esta modernidad interior de su vida implica la modernidad de su fe. No es una fe en fórmulas de un tiempo pasado sino una fe personalísima, vivida, sufrida, encontrada en un largo camino de renovación y de conversiones”, dijo subrayando con su tono de voz esta última palabra en plural.

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