EL EVANGELIO DEL DOMINGO: LA PARÁBOLA DEL ADMINISTRADOR INFIEL

LA FIDELIDAD DE LO PEQUEÑO

Publicamos el comentario al Evangelio del domingo, 19 de septiembre, XXVdel tiempo ordinario (Lucas  16,1-13), redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, administrador apostólico de Huesca y de Jaca.

* * *

Aparentemente Jesús ensalza la habilidad de un administrador infiel. Pero hay que ser cautos y afinar en aquello que viene ensalzado: no es la infidelidad, la corrupción, sino la habilidad, la astucia de aquel administrador avispado. El que es fiel en lo poco, lo será también en lo mucho. Que viene a decir: todo aquello que te gustaría cambiar de un mundo demasiado cruel, empieza por cambiarlo en tu propia casa, en tu corazón.

Y en verdad, ¿quién no se ha quejado alguna vez de cómo va nuestro mundo a tantos niveles? La política, la economía, la paz, la justicia, la familia, los ancianos, los jóvenes, y un largo etcétera en donde ponemos contra las cuerdas a nuestra sociedad bastante inmoralizada y desmoralizada. En todo lo cual no falta razón: se ha perdido el rumbo de muchas cosas, se han abandonado impunemente muchos principios básicos, se han destruido tantos valores que no eran negociables, se ha deshumanizado tanto nuestra humanidad.

Pero caben dos salidas: caer tanto en pesimismos deprimentes (todo es malo, “y cualquier tiempo pasado fue mejor” que decía el poeta en su elegía) como en optimismos irresponsables (lo importante es cambiar, arrasar, que no quede nada de lo anterior), o más bien, tener una mirada serena sobre el mundo, sobre la vida, sobre el dolor, sobre el amor, sobre tantas cosas que no van, y empezar a arreglarlas en uno mismo. El mundo nuevo, la tierra nueva, empieza por mi casa, por mi propio corazón. Empecemos por lo poco, por lo pequeño, por lo cotidiano, por lo nuestro. No es el gobierno de turno, ni los organismos mundiales de vanguardia, ni el vaticano, ni los banqueros, ni los periodistas, ni los sindicatos… quienes tienen que dar el pistoletazo de salida. El mundo nuevo empieza más cerca de mí, en mis actitudes, en mis opciones, en mi modo de escuchar, de atender, de proponer, de vivir.

La llamada de Jesús es clara: no podemos tener dos patrones, dos amos. O nos adherimos al diseño de Dios, a su proyecto de humanidad, de civilización del Amor, o nos apuntamos a la barbarie en la que termina siempre toda pretensión que censura algún aspecto del corazón del hombre. Sin Dios, sin este “amo” tan especial que nos hace libres, es muy difícil hacer un mundo que sepa a justicia, a limpieza, a paz, a respeto, a libertad, a felicidad. Metamos al Señor en nuestras cosas y en nuestras casas, sin fanatismos pero sin complejos. Porque sólo quien ama de verdad a Dios llega a no despreciar al hombre hermano.

8 comentarios en “EL EVANGELIO DEL DOMINGO: LA PARÁBOLA DEL ADMINISTRADOR INFIEL”

  1. Hoy en la Actualidad Hay Mucha Desonra de la Humanidad del Hombre por el Hombre hay mucha desigualdad, hay mucha des-humanización no se porque que el hombre actual no quiere reconocer al Hermano al Projimo que es igua no quiere reconocer a Dios Mismo Encarnado en Cristo Jesús Poque esto sucedfe hoy en pleno siglo XXI un siglo de acvances de Adelantos Técnologicos un Tiempo de que todo deberia de ser más Humano hoy hay más Pobres que Antes hoy hay más Necesidad de Alimento y el Alimento de Hoy es Más Caro, Hay Más Crisis de Valores Hay Crisis de Dios Muchos no Conocen a Dios hoy En Dia MUchos Niegan la Existencia y la Presencia de Cristo en Nuestros Hermanos Incluso en los Mas Pobres en los Más Necesitados en Cuantas Familias Hay Carencias de Un Tercho de una Cobija de un Taco de una Medicina Para Aliviar aquel mal que Aqueja durante mucho Tiempo Los Necesitados siempre Estaran a mi ya no me tandran así Dijo Jesus que nos da a Entender que Cristo se Trasmina en los Hermanos Siempre es decir el Hermano es más Que nada La Imagen y Semejanda del Mismo Dios Transformado en un Siervo o un Humilde Servidor este Hombre Sencillo y Humilde Quizas Ignorante para el Politico para el Rico Para el Poderoso ese Hombrecillo es el Mismo Dios Transformado en un ser Humano que hay que Atender y porque no Educar,Mimar,Aconsejar Guiar por El Buen Camino Hoy En Dia Es Tdo lo Contrario, Hor Hay Crimen Organizado,Hoy Hay Narcotrafico Hoy Hay mucha Corrupción en todas sus Modalidades, Corrupcion de Menores, Corrupcion de Hacer Tranzas, Corrupcion de Poder, de Influencias, Etc.
    Donde Queda Nuestra Verdadera Vocación como Hermano del Mi Ptrojimo

    Gracias

    Atentamente

    José de Jesús Murguía González
    Un Seguro Servidor

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  2. Tenemos una morada eterna en el cielo (Lc 16,1-13)
    Semana XXV del Tiempo Ordinario – 19 de septiembre de 2010

    Nadie podrá discutir que la vida del hombre en esta tierra es breve: “Los años de nuestra vida son unos setenta, u ochenta, si hay vigor… y pasan presto…” (Sal 90,10). Estamos en esta tierra solamente de paso, en camino hacia otra morada definitiva: “Sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios, una morada eterna… que está en el cielo” (2Cor 5,1). Esto es lo que profesamos: “Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna”.

    Para cada uno llegará el día en que todos los bienes materiales que posea en este tierra pasarán a otros. Es evidente que estos bienes los hemos recibido solamente para administrarlos durante el espacio de esta vida terrestre. Se puede decir que la tierra con todo lo que contiene es patrimonio de toda la humanidad: de los hombres y mujeres de todos los tiempos. Son un fondo rotatorio. En un momento determinado son poseídos por los habitantes de ese momento; pero inevitablemente pasarán a la generación siguiente. Para cada uno llegará entonces el día –un día que no conocemos- en que se le dirá: “Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando”.

    El más precioso de todos los bienes que poseemos en esta tierra es la misma vida. Para cada uno ésta vale más que todo el mundo, pues, “¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mc 8,36). Pero es precisamente ésta la que tiene fin, y ¡pronto! Es precisamente ésta la que tenemos que administrar, pues “todos tenemos que presentarnos ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal” (2Cor 5,10). Una sola cosa puede tener el hombre en esta vida mortal que es propiedad suya definitiva y que nadie le quitará: Dios. Todos deberíamos aspirar a este Bien y decir con alegría: “El Señor es la parte de mi herencia y de mi copa… mi heredad es preciosa para mí” (Sal 16,5.6). Por tanto, todos los bienes de esta tierra y la misma vida terrena deben usarse para adquirir ese Bien eterno, del cual nunca seremos desposeídos.

    En esta clave debe entenderse la parábola llamada del “administrador infiel”. Jesús lo pone como ejemplo, porque él, con los bienes que su señor le dio en administración, se granjeó amigos para el tiempo en que sea removido de la administración. El señor alaba a su administrador por su astucia. Y, a la luz de ese ejemplo, Jesús nos exhorta: “Haceos amigos con el Dinero injusto, para que cuando llegue a faltar (cuando se nos pida cuenta), os reciban en las eternas moradas”.

    Como interpretación de esa parábola, Jesús propone a continuación la parábola del rico y de Lázaro el pobre. El rico usaba sus bienes sólo para su propio bienestar: “vestía púrpura y lino y celebraba todos los días espléndidas fiestas” (Lc 16,19). No le habría costado nada al rico con sus bienes granjearse la amistad de Lázaro: bastaba dejarle comer lo que sobraba de su mesa. Pero ni siquiera esto hizo. Por eso no fue recibido en las moradas eternas y después de su muerte fue atormentado por una llama inextinguible. Comentando esta enseñanza de Jesús, San Agustín pregunta: “¿Por qué, mientras vivimos no, elegimos para nosotros el lugar donde siempre viviremos?” (Sermo 113/A, 12).

    + Felipe Bacarreza Rodríguez
    Obispo de Los Angeles (Chile)

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  3. C – Domingo 25o. del Tiempo Ordinario
    Primera: Am 8, 4-7; Salmo 113; Segunda: 1Tim 2, 1-8. Evangelio: Lc 16, 1-13
    Autor: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net

    Sagrada Escritura:

    Primera: Am 8, 4-7
    Salmo 113
    Segunda: 1Tim 2, 1-8
    Evangelio: Lc 16, 1-13

    Nexo entre las lecturas

    En el fondo de los textos litúrgicos se plantea la pregunta sobre dónde está la verdadera riqueza. No puede coincidir con la ambición y la avaricia en perjuicio de los más pobres y necesitados, nos responde la primera lectura. Tampoco reside en la habilidad para hacerse “amigos” con las riquezas de otros. La verdadera riqueza es la riqueza de la fe, que poseen los hijos de la luz (Evangelio). Esta manera de ver las cosas no nos resulta natural, sino que la conseguimos sólo en el ámbito de la oración (Segunda lectura).

    Mensaje doctrinal

    1. ¿Qué pasa con los hijos de la luz?. La expresión “hijos de la luz” parece referirse a los primeros cristianos, que habían sido iluminados por Cristo resucitado y glorioso mediante el bautismo. A esa expresión se contrapone la de “hijos de este mundo”, con la que se quiere señalar a todos aquellos cuya vida está regida por una mentalidad mundana, “económica”, más que religiosa. La sentencia evangélica impresiona fuertemente y hasta nos pone la carne de gallina: “Los hijos de este mundo son más sagaces, más hábiles con su propia gente que los hijos de la luz”. ¿Por qué este fenómeno que no es únicamente de un ayer lejano, sino que tiene visos de ser de una tremenda actualidad? ¿Qué es lo que pasa con los hijos de la luz? Los hijos de este mundo saben hacer uso extraordinario de sus habilidades y de su ambición para manipular injustamente las balanzas y para engañar manifiestamente a los pobres, para incluso reducir a otros hombres a esclavitud por falta de solvencia económica (Primera lectura). Los hijos de este mundo, en circunstancias adversas, ponen inmediatamente en juego todas sus capacidades para salir de la situación en forma ventajosa (Evangelio). A los hijos de la luz Jesús les recrimina que no tengan la sana ambición de recurrir a todos los medios lícitos para difundir la luz de la fe; que no pongan todas sus capacidades para inventar modos de vencer las adversidades, de superar los obstáculos, y sobre todo de llevar la luz a otros muchos hombres. El Dios Jesucristo y el “dios dinero” no pueden dividirse el dominio. El Dios Jesucristo tiene todo el derecho de prevalecer sobre el “dios dinero”, que al fin y al cabo no es más que un ídolo. La misión de hacer prevalecer al verdadero Dios, al Supremo Bien y Riqueza del hombre, sobre el ídolo de la riqueza, es propia de los hijos de la luz. Si en la sociedad el ídolo del dinero y del consumismo tiene cada vez más adoradores, ¿no hemos de preguntarnos sobre qué está pasando con los hijos de la luz?

    2. La oración, lugar de la verdadera autocomprensión. La luz y la fuerza para trabajar por la Verdadera Riqueza del hombre se le ofrece al cristiano de la mano de la oración. El cristiano ora por todos, por los reyes y por los que detentan el poder. El hecho mismo de orar por todos implica subordinarlos al poder del Dios vivo, a la Riqueza que no se destruye ni se acaba. En la oración comprendemos que Dios juzgará la prepotencia del rico, cuyos abusos gritan justicia al Dios del cielo (Primera lectura). En la oración es más fácil entender que la riqueza del hombre consiste en la riqueza de su fe. Es efectivamente en el horno de la oración donde se cuece diariamente el pan de la fe y de la solidaridad fraterna. El orador que alza al cielo manos puras, sin ira y sin rivalidades, descubre la riqueza de la salvación y de la gracia, que Jesucristo Mediador nos regala, relativizando con mayor facilidad cualquier otra riqueza de este mundo. Es iluminado para entender que todos los bienes terrenos vienen de Dios, que el hombre es únicamente su administrador, y que debe administrarlos bien. ¿Podrá acaso el hombre orador, dador de toda riqueza, estafar a Dios, mostrarse prepotente con los que carecen de bienes y riquezas? En la escuela de la oración llegamos a percatarnos de que las riquezas y bienes mundanos son sólo un medio para poder servir mejor a los demás; un medio para que, cuando dejemos la administración de este mundo y nos presentemos ante el juicio de Dios, seamos bien acogidos en las moradas eternas.

    Sugerencias pastorales

    1. La seducción del dios dinero. En una sociedad, en gran parte consumista y materialista, como lo es la nuestra, el dios dinero intenta encandilar incluso a los mejores cristianos. Si vamos hasta el fondo de las cosas, ¿no es el culto al dios dinero la causa principal de la persistencia en la producción de la droga?, ¿no es el culto al dólar el motor más determinante de la producción y venta de armamentos a países que deberían utilizar esos fondos para la creación de infraestructuras, y para el desarrollo social y cultural de la población?, ¿acaso no es el dios dinero el incentivo más poderoso de algunas de las guerras étnicas en varios países de África?, ¿cómo explicar la corrupción en no pocos gobernantes, sino porque han levantado un altar a este dios insaciable? El dinero seduce, obceca, provoca divisiones fratricidas, despierta instintos de ambición, hace sucumbir hasta los principios más sacrosantos y nobles, endurece el corazón, deshumaniza y hasta hace olvidarse de Dios. Como creyentes hemos de tener ante nuestros ojos esta realidad y esta tentación, no fácil de vencer. Con espíritu vigilante y con la asiduidad en la oración, hemos de ejercitarnos en relativizar el dinero, en ponerlo en el lugar que le corresponde en los planes de Dios, en servirnos de él como medio para vivir dignamente, para hacer el bien a los necesitados, para ponerlo al servicio de la fe y del Reino de Cristo. No tengamos miedo a esta seducción. Plantémosle cara. Vivamos nuestra vida diaria procurando valorar más y más la riqueza de la fe, la Riqueza que es Dios. ¿Por qué no contrarrestamos la seducción del dinero con la seducción de Dios? ¿O es que Dios es tan solo un objeto de fe que ya no nos seduce? El Dios vivo y personal es el mejor antídoto contra todos los ídolos que puedan llamar a la puerta de nuestro corazón.

    2. Oración por los ricos. La fe es una riqueza que Dios otorga a todos. La Iglesia es una comunidad creyente, en la que hay espacio para todos. Es verdad que hay en la Iglesia una cierta preferencia por los pobres, y está más que justificada. Pero la Iglesia es de todos y para todos. Por eso os invito a hacer una oración por los ricos.

    Dios omnipotente y eterno, mira a tus hijos los ricos con corazón de Padre, infúndeles un espíritu filial para contigo y un corazón fraterno para con todos los hombres, especialmente para con los más necesitados de ayuda. Dios y Señor del universo, que has destinado los bienes del mundo para beneficio de todos, concede a quienes abundan en riquezas la gracia de servirse de ellas con un corazón libre y desprendido.

    Señor Jesucristo, que siendo rico te hiciste pobre, para enriquecernos con tu pobreza, sé para todos los ricos de este mundo un modelo de libertad y de opción por los bienes que no perecen.

    Espíritu Santificador, ilumina a los magnates de las finanzas con la luz de la fe indefectible, de la infatigable caridad y de la esperanza que no defrauda, para que sus decisiones en favor de los individuos y de los pueblos estén guiadas por la justicia y la solidaridad. Amén.

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  4. EN MEDIO DE RELACIONES FORZOSAS
    «…porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes
    que los hijos de la luz.» Lucas 16, 1-13

    El centro de este relato se focaliza en la mayordomía de los bienes, pero nuevamente lo más importante está referido a los sentimientos que establecen el tipo de relación que tenemos con las demás personas. Con la parábola (Lc 16,1-8), Jesús señala algunas cosas, veamos una. Hay alguien que es disipador de los bienes, ¿en qué consistía esa disipación de bienes?, por el mismo ejemplo de la parábola no se trataba tanto de reducir las ganancias o riqueza del dueño, dado que éste es tá enterado de la forma en que perdonó parte la deuda acumulada por los deudores (a uno que debía cien, le cobraba cincuenta, a otro de cien lo reducía a ochenta, Lc 16,5-7). Es más, el dueño alabó al mayordomo malo (Lc 16,8) por lo que había hecho. Entonces, ¿de qué se trataba la disipación de los bienes? Parece referirse a una determinada manera de hacer uso de las riquezas, un us o que tiene por resultado una relación por obligación, y cualquier relación por obligación genera desprecio, broncas, hostilidad, y un cúmulo de tensión en esa relación que está sujeta solo por una cuestión de deuda y la posible punibilidad por falta del cumplimiento del pago.

    Una persona que tiene que hacer algo o de lo contrario se le cobrará su ‘deuda’, está condicionada en su libertad. Podemos preguntarnos cómo se construyen las deudas en la sociedad ¿se trata de deudas legítimas?, o ¿se va estructurando un sistema legal y comercial en el que solo un grupo reducido recibe los grandes beneficios y por lo tanto la capacidad de poder pagar sus deudas? Como está a la vista en nuestra sociedad, un amplio margen de la población no puede pagar sus ‘deudas’, y eso los hace vulnerables y susceptibles de ser condicionados en lo que puedan hacer en y de sus vidas. Hasta otro gran grupo de la población que trabaja, se vuelve igualmente vulnerable y susceptible, en la medida que cada vez puede pagar menos, no porque cobre cada vez menos, sino porque cobra lo mismo en medio de un constante incremento de los costos de vida (son pocos los salarios que se incrementan al real incremento del costo de vida). Podemos notar que detrás de la deuda que condiciona la vida de personas, familias, pueblos, naciones, y generación tras generación, no existe la intensión de que el deudor ‘pueda pagar’, ello implicaría quedar ‘liberado’, y esa libertad es la que perturba los intereses de determinados grupos en la sociedad. En nuestro país los planes sociales han corrido la centralidad del trabajo en la vida de gran parte de la población, y la gran mayoría de los asalariados cuentan con una remuneraci&oa cute;n insignificante o mínima que limita hasta una saludable alimentación para las familias. Y digo alimentación, no hablemos de desarrollo, educación, progreso, vivienda, recreación, y el costo que tiene esta falta o ausencia en la vida de la población, en la salud personal, familiar y social; la sociedad si puso su mirada en el costo monetario que hay en esas faltas y condicionó al máximo el acceso a ellas (¿cuántas familias hoy pueden disponer de un trabajo justamente remunerado que le permita una vivienda digna, y progresar educándose y desarrollándose saludablemente?), pero no midió el costo de perjuicio que afecta a todos/as. Cuántas veces decimos o escuchamos decir: ‘trabajo para pagar deudas’; cuando la vida se reduce a esto, se pierde algunas cosas muy esenciales de el la, como la satisfacción, el desarrollo de la vocación, y por supuesto con ello se va gran parte de la salud física y sobre todo mental.

    Volvamos a esta relación signada por la deuda, mientras se ocupe el lugar de deudor hay que acatar las decisiones (muchas veces caprichosas), del que tiene en sus manos la posibilidad de aplicar un castigo por la falta de pago. De esta situación ‘fabricada’, el centro no es la deuda, ni los capitales que puedan estar en juego, éstos son efecto secundario de la intensión que procura condicionar la vida de otros/as, o de controlarla si prefieren. Esta es la disipación de bienes que Jesús pone en reflexión. No se trata solamente de la distribución justa de las riquezas, sino de los propósitos que están detr& aacute;s de las formas de distribuir. Hasta ahora es evidente que la riqueza se la distribuyen entre los ricos, y que al pueblo se lo condiciona a vivir miserable y servilmente. Jesús recomienda hacer amigos (no negocios ni ‘amigotes’ vividores y holgazanes), con las riquezas injustas, y tener claridad sobre aquello a lo que hay que ser fiel para no quedarse solo, aquí y en la eternidad.

    FP.
    Copyright © Consejo Latinoamericano de Iglesias – Red de Liturgia del CLAI
    E-mail: redclai@redclai.com.ar
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  5. Gotas de Paz – 408 Roma, 17 de septiembre de 2010.

    “El que es fiel en lo poco, es fiel también en lo mucho; y el que es injusto en lo poco, también es injusto en lo mucho.” Lc 16, 10

    Si Usted desea puede leer esta reflexión en video y audio en: http://www.youtube.com/gotasdepaz

    Es interesante ver como en el evangelio encontramos con mucha claridad criterios para ordenar nuestras vidas y también para poder entender a los demás. Por ejemplo esta frase que elegimos en este domingo tiene una fuerza toda especial y también manifiesta el error de una mentalidad que quiere justificar las pequeñas faltas, o pequeñas infidelidades, o pequeños errores. Nuestra cultura tiende a ver como normales y aceptables las fallas pequeñas.
    Generalmente no damos mucha importancia a un pequeño hurto (como viajar sin pagar el boleto; consumir una fruta, un caramelo, un yogurt en el súper; no devolver un vuelto equivocado….). Una pequeña trampa (no respetar una fila; dar una información errada; quitar ventajas sobre otros…) hasta son loados como signo de vivacidad. La falta de gentileza (no dar el puesto a una persona que sea mayor, a una embarazada; no saludar o no responder a un saludo; no saber decir “por favor”, o “muchas gracias”; no dejar que el otro se sirva primero…) también se esta volviendo normal. La falta de sinceridad (no mantener la palabra; inventar historias para excusarse o aumentar los hechos dejando mal a otros; no defender sus principios y como el camaleón adecuarse a las opiniones ajenas… es visto por muchos como necesario para vivir bien.
    En un cierto modo estamos tan habituados a estas cosas que ni sentimos la necesidad de corregirnos, y tampoco esperamos de los demás actitudes como estas. Ya no nos escandalizan las pequeñas cosas.
    Sin embargo, el evangelio nos dice que: “El que es fiel en lo poco, es fiel también en lo mucho; y el que es injusto en lo poco, también es injusto en lo mucho.”
    Pienso que aquí estará el secreto del porque es tan difícil encontrar personas realmente honestas para ocupar los cargos públicos. Del porque existe tanta corrupción en nuestras instituciones. Del por qué existe tanta insensibilidad para con los que sufren.
    Somos hijos de una cultura, que no nos enseña a ser fiel en lo poco. La consecuencia es clara según el evangelio: no somos confiables para las cosas grandes. No sirve nada gritar y reclamar de las grandes corrupciones, hacer bellos discursos, arrancar aplausos efusivos, si no estamos dispuestos a cambiar nuestras pequeñas acciones.
    Los grandes ladrones podrán ser punidos, pero difícilmente cambiaran, y cuando tengan otra oportunidad, harán lo mismo. La honestidad, así como todos los demás valores, debe ser aprendida y entrenada en las pequeñas cosas.
    Es una ilusión pensar que “yo me permito hacer esto solo porque es una cosa pequeñita e insignificante, pero si fuera una cosa grande no lo haría jamás”, pues cuando tenga una oportunidad, y me sienta seguro, haré también en lo grande. El tentador nos prepara en las pequeñas cosas y nos empuja a las grandes. Quien no sabe contenerse en las pequeñitas cosas, delante de las grandes también no será capaz.
    Es incoherente denunciar a los demás si yo hago las mismas cosas, aunque en proporción bien menor. “El que es fiel en lo muy poco, es fiel también en lo mucho; y el que es injusto en lo muy poco, también es injusto en lo mucho.”
    Ayúdanos Señor a trasformar nuestra vida cotidiana en una escuela de los valores. Ayúdanos a no ser permisivos en las pequeñas cosas para poder recuperar nuestra sociedad. Ayúdanos a ser honestos hasta en las cosas más insignificantes y que nadie percibe. Danos un espíritu decidido y firme capaz de ser fiel en lo muy poco.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.
    Hno Mariosvaldo Florentino, capuchino.

    Agradezco muchísimo a las personas que en este tiempo enviaron nuevas direcciones y colaboraron en la consolidación de nuestro grupo de Gotas de Paz. Sigamos creciendo inscribiendo a parientes y amigos http://www.gotasdepaz.com/suscripcion.htm .Un fuerte abrazo de Paz y Bien

    Si usted quiere escribir un correo personal al Hno. Mariosvaldo Florentino, puede utilizar esta dirección:
    hnomario@yahoo.com

    Suscripciones nuevas en http://www.gotasdepaz.com/suscripcion.htm
    Esta reflexión se encuentra también disponible en forma gráfica, audio y video en http://www.gotasdepaz.com/homilias.html
    Visítenos en http://www.gotasdepaz.com

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  6. http://lectionautas.com/lectio-divina-dominical

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    Domingo 19 de Septiembre de 2010 – Domingo 25to. Durante el Año Ciclo C: Hide Player | Download
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  7. GOTAS DE PAZ
    La honestidad
    por Hno. Joemar Hohmann – Franciscano Capuchino

    LC 16,1 – 13

    El Evangelio de Lucas en el capítulo 16, que leemos hoy y también el domingo siguiente, trata sobre el dinero.

    Es un tema resbaloso, incluso San Pablo afirma categóricamente: “Porque el amor al dinero es raíz de toda clase de males; y hay quienes, por codicia, se han desviado de la fe y han llenado de sufrimiento sus propias vidas.” (1 Tim 6,10).

    En la parábola que Jesús cuenta, a primera vista, daría la impresión de que él “alaba al administrador deshonesto”. En verdad no es así, pues el patrón lo despide.

    Lo que el administrador hace, después de perder su empleo, es retirar su propia comisión de las ventas de su patrón, con el objeto de agradar y encontrar una nueva ocupación.

    No sabemos bien qué tipo de deshonestidad él cometió, ya que el texto sostiene que fue acusado de “malgastar los bienes”. Sin embargo, él perdió su empleo, porque fue deshonesto.

    La honestidad es una de las virtudes que nos hace mucha falta hoy día, y varias personas han perdido su trabajo por este motivo.

    En materia económica, el respeto a la dignidad de la otra persona exige templanza, para moderar el apego a los bienes de este mundo. En efecto, cuando el apetito de plata es desmesurado uno no respeta nada, ya que su propósito no es construir una buena familia, o mejorar la convivencia social, pues es sencillamente llenarse los bolsillos.

    Otro procedimiento deshonesto que padecemos es la suba arbitraria de precios de las cosas, especulando con la ignorancia o la necesidad de los otros, postura que condena duramente el profeta Amós.

    Algo sumamente difícil, pero que tenemos que buscar, es la honestidad en nuestras palabras. Alejemos la mentira que va creando un mundo ilusorio, y para mantener una mentira suele ser necesaria otra mentira, hasta que la cosa termina en vergüenza o desastre.

    Los cuentos y el radio so’o causan un daño enorme en las relaciones humanas, pues herimos al otro, podemos perder un amigo, y a veces, ganar un enemigo.

    La honestidad debe estar presente en el manejo de la Justicia, pues con la corrupción impune nunca tendremos auténtico desarrollo.

    Igualmente, Jesús hace una sabia advertencia: “Quien es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho”, y uno puede empezar a ser deshonesto en “zonceritas” y no parar nunca más.

    Cuesta mucho ser realmente honesto, pero esta virtud trae paz al corazón y pone las bases para que disfrutemos, como lo indica Jesús, de los verdaderos bienes, ahora y después.

    Paz y bien.

    hnojoemar@gmail.com
    18 de Septiembre de 2010

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  8. EVANGELIO DEL DOMINGO

    Domingo, 19 de Septiembre de 2010
    LA PARÁBOLA DEL ADMINISTRADOR INFIEL

    Por P. Víctor Urrestarazu
    En la Primera lectura de la Misa resuenan los duros reproches del Profeta Amós contra los comerciantes que atropellan y se enriquecen a costa de los pobres: alteran los pesos, venden mercancía de desecho, hacen subir los precios aprovechando momentos de necesidad… Son múltiples las formas injustas que emplean para hacer prosperar sus negocios.

    En el Evangelio de la Misa enseña el Señor, mediante una parábola, la habilidad de un administrador que es llamado a cuentas por el amo, acusado de malversar la hacienda. El administrador reflexionó sobre lo que le esperaba: ¿Qué haré, puesto que mi señor me quita la administración? Cavar no puedo; mendigar, me da vergüenza. Sé lo que haré para que me reciban en sus casas cuando sea retirado de la administración. Entonces llamó a los deudores de su amo y pactó con ellos un arreglo favorable a los mismos. Al primero que se presentó le dijo: ¿Cuánto debes a mi señor? Él respondió: Cien medidas de aceite. Y le dijo: Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta. Después dijo a otro: ¿Tú, cuánto debes? Él respondió: Cien cargas de trigo. Y le dijo: Toma tu recibo y escribe ochenta.

    El dueño se enteró de lo que había hecho su administrador y lo alabó por su sagacidad. Y Jesús, quizá con un poco de tristeza, añadió: los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz. No alaba el Señor la inmoralidad de este intendente que se prepara, en el poco tiempo que le queda, unos amigos que luego le reciban y ayuden. «¿Por qué puso el Señor esta parábola? pregunta San Agustín. No porque el siervo aquel fuera precisamente un modelo a imitar, sino porque fue previsor para el futuro, a fin de que se avergüence el cristiano que carece de esta determinación»; alabó el empeño, la decisión, la astucia, la capacidad de sobreponerse y resolver una situación difícil, el no dejarse llevar por el desánimo.

    No es raro ver el esfuerzo y los incontables sacrificios que muchos hacen para obtener más dinero, para subir dentro de la escala social… Otras veces quedamos sorprendidos incluso por los medios que se emplean para hacer el mal: prensa, editoriales, televisión, proyectos de todo orden… Pues, al menos, ese mismo empeño hemos de poner los cristianos en servir a Dios, multiplicando los medios humanos para hacerlos rendir en favor de los más necesitados: en obras de enseñanza, de asistencia, de beneficencia. El interés que otros tienen en sus quehaceres terrenos hemos de poner nosotros en ganarnos el Cielo, en luchar contra todo lo que nos separa de Cristo. «¡Qué afán ponen los hombres en sus asuntos terrenos!: ilusiones de honores, ambición de riquezas, preocupaciones de sensualidad. Ellos y ellas, ricos y pobres, viejos y hombres maduros y jóvenes y aun niños: todos igual.

    »Cuando tú y yo pongamos el mismo afán en los asuntos de nuestra alma, tendremos una fe viva y operativa: y no habrá obstáculo que no venzamos en nuestras empresas de apostolado.» (San Josemaría)

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