el_gran_mandamiento[1]

El evangelio del domingo: ¿Cuál es el gran mandamiento?

Yo soy el camino… nadie va al Padre sino por mí (Mt 22,34-40)

Semana XXX del Tiempo Ordinario – 23 de octubre de 2011

Cualquiera que lea el Evangelio con atención observará que Jesús se presentó como un maestro –este es el título que se le da en el Evangelio con más frecuencia- y que la enseñanza que él expuso era nueva, de manera que la gente al oírlo decía: “¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva expuesta con autoridad!” (Mc 1,27). Y el mismo Jesús advirtió que su presencia en el mundo era una novedad absoluta, que no podía ser acogida sino con un espíritu nuevo: “Nadie echa vino nuevo en pellejos viejos… sino que el vino nuevo se echa en pellejos nuevos” (Mt 9,17).

El mismo lector observará también que el grupo religioso que más se opuso a la enseñanza de Jesús fue el de los fariseos. El Evangelio subraya esta oposición: “Los fariseos celebraron consejo sobre la forma de sorprender a Jesús en alguna palabra” (Mt 22,15). La oposición de los fariseos queda en evidencia también en el Evangelio de hoy, que se introduce con estas palabras: “Los fariseos… se reunieron en grupo y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerlo a prueba: ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?’”.

En el primer caso los fariseos “celebran consejo” para ver cómo pueden hacer caer a Jesús en un error y así perderlo. Y concluyen en una pregunta verdaderamente insidiosa, digna de esa confabulación maligna: “¿Es lícito pagar tributo al César o no?” (Mt 22,17). En el comentario del domingo pasado veíamos cómo se libró Jesús de esa trampa. En el Evangelio de este domingo leemos que de nuevo los fariseos “se reúnen en grupo”, pero en la pregunta que le hacen “con ánimo de ponerlo a prueba”, hay algo que no calza: es que la pregunta que le hacen nos parece demasiado fácil. A primera vista no se ve dónde está la dificultad de la pregunta. Esa pregunta la habría respondido bien cualquier niño de catecismo en Israel y también cualquier niño cristiano.

Para comprender la intención de la pregunta hay que considerar que tal vez el punto principal de discrepancia entre Jesús y los fariseos era la comprensión misma de la Ley y de sus mandamientos. En esta comprensión también introdujo Jesús una novedad radical; en realidad, es una vuelta a los orígenes. Conviene entonces que veamos muy brevemente la evolución que tuvo la noción de la Ley de Dios en Israel.

Lo primero no es la Ley. Lo primero es la elección de Dios. Dios vino a escoger a un pueblo concreto para manifestarse a él y hacerlo su propio pueblo por medio de una alianza con él. Lo primero es la gracia de Dios. Los términos de la alianza son estos: “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo” (Lev 26,12; Ez 37,27). El hecho de que Dios haya creado al hombre y condescienda a relacionarse con él amorosamente es iniciativa de Dios y puro don suyo. La Ley con todos sus preceptos es sucesiva. Por medio de ella Dios revela a su pueblo el modo de vivir en alianza de amor con él. Pero gradualmente la Ley había comenzado a absolutizarse y a transformarse en el medio para alcanzar a Dios; todas las relaciones entre Dios y el hombre estaban regidas por la Ley (la Torah). La Ley pasó a ser lo primero, porque ella era el camino que conduce a Dios: “Hazme entender el camino de tus ordenanzas… Corro por el camino de tus mandamientos… Enseñame, Señor, el camino de tus preceptos” (cf. Sal 119,25-33). Los textos se podrían multiplicar.

Jesús, en cambio, afirma: “Yo soy el camino… Nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14,6). Y explica por qué: “El Padre y yo somos uno” (Jn 10,30). Con la Encarnación del Hijo de Dios y su vida en medio de nosotros, Dios se entrega al hombre como un don. El medio para llegar a Dios es Cristo y no un código legal. La unión con Dios no es el resultado de mi esfuerzo por cumplir una ley -aunque la ley sea santa y haya que cumplirla-, sino de la fe en Cristo. Antes de conocer a Cristo, San Pablo expresa la noción de la ley que él sustentaba, diciendo: “En cuanto a la ley, yo era fariseo” (Fil 3,5). Pero después que conoció a Cristo, cambió su noción de la ley y afirma: “El hombre no se justifica por su cumplimiento de las obras codificadas en la ley, sino sólo por la fe en Jesucristo” (cf. Gal 2,16).  Ya no es fariseo; es cristiano.

La ley establecía la separación entre Israel y todos los demás pueblos. Esa separación fue suprimida por Cristo, como explica San Pablo en su carta a los Efesios: “Por Cristo, unos y otros (judíos y gentiles) tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu” (Ef 2,18). El acceso al Padre no es por el cumplimiento de la ley, sino por Cristo.

Ahora entendemos por qué los fariseos hacen a Jesús una pregunta que parece tan fácil; estaban examinando su concepto de la ley judía. En su respuesta Jesús no indica ningún mandamiento propio de Israel, sino los dos mandamientos propios de todo ser humano: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento”. Pero agrega otro al cual concede igual rango: “El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Todo otro precepto está contenido en estos dos. Todo precepto que se oponga a éstos o que prescinda de ellos debe ser rechazado, pues “de estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas”.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Los Ángeles (Chile)

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5 pensamientos en “El evangelio del domingo: ¿Cuál es el gran mandamiento?”

  1. A – Domingo 30o. del Tiempo Ordinario
    Primera: Ex 22,20-26; Salmo 17; Segunda: 1Ts 1,5c-10; Evangelio: Mt 22, 34-40
    Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net

    Sagrada Escritura

    Ex 22,20-26
    Sal 17
    1Ts 1,5c-10
    Mt 22, 34-40

    Nexo entre las lecturas

    El evangelio nos ofrece la enseñanza de Jesús sobre el más importante de los mandamientos amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma con todo el ser. Jesús añade que el segundo mandamiento es semejante: amar al prójimo como a uno mismo (EV). En realidad el Señor confirma lo que ya había expresado el antiguo testamento. En la primera lectura escuchamos las prescripciones que se debían observar en relación con los extranjeros, con las viudas, los huérfanos y aquellos que se veían en la necesidad de pedir prestado o dejar objetos en prenda para poder obtener lo necesario para la vida (1L). La enseñanza es profunda y de inmensa actualidad: no se puede separar el amor a Dios, del amor al prójimo, porque el Señor es compasivo y se cuida de todas sus creaturas. Por otra parte, continuamos la lectura de la carta a los Tesalonicenses. Aquí, Pablo alaba la fe de aquella naciente Iglesia y comprueba que el crecimiento espiritual se debe, en primer lugar, a la potencia del Espíritu Santo. Los Tesalonicenses se han vuelto a Dios para servirlo, y viven aguardando la venida de Cristo a quien Dios resucitó de entre los muertos (2L).

    Mensaje doctrinal

    1. El amor a Dios. En medio de las vicisitudes de la vida el hombre se pregunta con frecuencia: ¿cuál es el punto que da unidad a mi vida? Ante los diversos preceptos que debo observar ¿cuál es el más importante? ¿Qué es aquello que debe constituir la base de mis certezas y actuaciones? ¿Qué es aquello que es inmutable en el continuo fluir del tiempo y de las personas? En el evangelio de hoy encontramos una respuesta tomada del Antiguo Testamento y confirmada por Cristo: el primero de todos los mandamientos y de todos los deberes que tiene que observar un hombre es el de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el ser”. La razón más alta de la dignidad humana -nos dice el Concilio Vaticano II- consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo conserva. Debemos, pues, amar a Dios con todo el corazón porque Él es bueno, es inmensa su misericordia. Él es el dador de bienes. Él es quien nos ha puesto en la existencia por amor y nos ha redimido por amor. Él es quien, de frente al pecado del mundo y del hombre, no se arrepiente de su creación, sino que le ofrece al hombre un medio admirable de redención en su Hijo. El amor a Dios por encima de todas las cosas es aquello que da estabilidad a nuestra vida, nos libra de los pecados más perniciosos como son la incredulidad, la soberbia, la desesperanza, la rebelión contra Dios, el agnosticismo. El mundo es desgraciado en la medida que se aleja del amor de Dios, en la medida que se construye sus propios ídolos abandonando a Dios que lo ama tiernamente. Así como los israelitas al construir el becerro de oro se alejaron de Dios y quedaron confundidos, así el hombre contemporáneo, al alejarse de Dios por los ídolos del placer, del egoísmo, de la comodidad etc., se pierde y se siente desolado.

    La Gaudium et spes en el número 19 hacía un perspicaz análisis de la situación de nuestro mundo y del fenómeno del ateísmo: “La palabra “ateísmo” -dice el documento- designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios….. Otros ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por el hecho religiosos. Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la existencia del mal… La misma civilización actual, no en sí misma, pero sí por su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en grado notable el acceso del hombre a Dios. Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las que se debe contar también la reacción crítica contra las religiones, y, ciertamente en algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión cristiana. Por lo cual, en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión”. Estas palabras de Gaudium et spes nos interpelan como creyentes, como cristianos: ¿estamos amando a Dios con todo el corazón y, por tanto, somos testigos dignos de crédito ante el mundo?

    2. El amor al prójimo. Jesús confirma que el amor a Dios no puede separarse del amor al prójimo. No podemos amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos a nuestros prójimos que están en nuestra presencia. Sería un engaño y una disimulación pretender amar a Dios y, al mismo tiempo, despreocuparnos de nuestros hermanos. Precisamente el amor a Dios se enciende, las más de las veces, cuando el espíritu humano -si es sincero- se encuentra de frente al sufrimiento y las necesidades de los demás. Así lo comprobamos en numerosos santos como san Camilo de Lellis, el Cottolengo, san Juan de la Cruz, san Vicente de Paul etc. El pobre, el indefenso, el que tiene necesidad de apoyo es un lugar privilegiado en el que Dios se revela y se hace presente.

    La primera lectura menciona tres clases de personas a las que se les debe especial caridad: los forasteros, las viudas-huérfanos y los que tienen que recurrir a préstamos para poder sobrevivir. El pueblo bíblico debía cultivar una especial solicitud por los forasteros, porque él mismo -el pueblo elegido- había sido forastero en Egipto y habría sufrido las penalidades de quien se encuentra fuera de su patria y sin el abrigo de su casa. Las viudas y los huérfanos eran personas indefensas que quedaban a merced de quien deseaba aprovecharse de ellos. Los israelitas debían observar con ellos especial miramiento, porque si ellos clamaban a Dios, Dios los escuchaba. Así, debemos afirmar que el huérfano y desvalido es escuchado especialmente por el corazón de Dios. Dios se cuida de él. Dios lo atiende. Dios no lo abandona. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo libra de sus angustias. Pero Dios ha querido hacer todo esto a través de las mediaciones humanas. Y aquí es donde todos nos sentimos interpelados. Nos convertimos en medios de comunicación del amor de Dios: a través de nosotros, los necesitados experimentarán la bondad de Dios. Somos los canales por los que Dios se manifiesta. Finalmente, la Sagrada Escritura pide a los israelitas que no se aprovechen de la situación de necesidad del pobre para imponerle cargas superiores a sus fuerzas. Por encima de la estricta justicia, al hablar de préstamos y transacciones económicas, está la caridad. Está el amor a quien es insoluble y no tiene con qué vestirse esta noche.

    San Agustín tiene un texto admirable que comenta el evangelio de hoy: “El amor de Dios es el primero como mandamiento, pero el amor al prójimo es el primero como actuación práctica. Aquel que te da el mandamiento del amor en estos dos preceptos, no te enseña primero el amor al prójimo, y después el amor a Dios, sino viceversa. Pero como a Dios no lo vemos todavía, amando al prójimo tú adquieres el mérito para verlo; amando al prójimo tú purificas tu ojo para ver a Dios, como lo afirma san Juan: “Si no amas al hermano que ves, ¿cómo podrás amar a Dios a quien no ves? Cf. 1 Jn 4, 20). Si sintiendo la exhortación para amar a Dios, tú me dijeses: “muéstrame a aquel que debo amar”, yo no podría responderte sino con las palabras de san Juan: “Ninguno jamás ha visto a Dios” (Cf. Jn 1,8). Pero para que tú no te creas excluido totalmente de la posibilidad de ver a Dios, el mismo Juan dice: “Dios es amor. Quien permanece en el amor permanece en Dios” (1 Jn 4, 16). Tú, por lo tanto, ama al prójimo y mirando dentro de ti donde nazca este amor, en cuanto te es posible, verás a Dios” San Agustín. Tratado sobre san Juan Tratt. 17, 7-9.

    ¡Palabras admirables las del santo doctor! A Dios lo vemos al mirar de dónde nace en nuestro corazón el amor al prójimo. Así, cuanto más amamos a nuestro prójimo, mejor vemos a Dios en nuestro interior.

    Sugerencias pastorales

    1. La práctica de las obras de misericordia. ¡Qué duda cabe que uno de los peligros que más nos asecha en la vivencia del cristianismo es el individualismo! Se trata de vivir la fe de un modo privado relegándola al íntimo de la conciencia y sin tener una expresión en la caridad práctica. El Señor nos pide al iniciar este nuevo milenio salir a los caminos, “remar mar adentro”, “abrir las puertas a Cristo” y entregarnos a una caridad más ardiente, más sincera, y que se manifieste en las obras. Tenemos un modo concreto y a la mano para practicar el mandamiento del amor: es la práctica de la obras de misericordia. Estas obras de misericordia nos permiten salir al encuentro del sufrimiento y de la necesidad de nuestros hermanos. Mencionemos algunos ejemplos. Las obras de misericordia espirituales nos invitan a instruir al ignorante, consolar al afligido, aconsejar al que duda, perdonar las injurias, sufrir con paciencia las adversidades. Preguntémonos sinceramente: ¿practico yo estas obras espirituales? ¿Soy una persona que sé consolar, que sé salir al paso del ignorante, de ayudarle, de ofrecerle oportunidades de promoción humana? ¿Sé aconsejar a los demás? ¿Me intereso por ellos, me interesan sus sufrimientos? ¿O soy más bien de los que pasan por la vida con una santa indiferencia ante los miles de sufrimientos humanos? Ni siquiera me doy cuenta de ellos. Pensemos en los hospitales, en el personal sanitario que se tiene la inmensa oportunidad de hacer palpable el amor de Dios y que, sin embargo, en muchos casos, se olvida de la persona del enfermo para ver en él un problema. Pensemos en la escuela y en la ardua tarea de la formación de los jóvenes. Y si miramos a las obras de misericordia corporales, ¡cuántas oportunidades para hacer el bien! La posibilidad de visitar a los enfermos, de llevarles consuelo, compañía, apoyo espiritual. La posibilidad de dar de comer a los que padecen hambre por medio de la limosna, pero mejor aún, por medio del compromiso personal. La posibilidad de vestir al desnudo etc. Las imágenes que a diario vemos en la televisión pueden crear en nuestro espíritu un penoso sentimiento de impotencia y, por ello, de indiferencia. Hay que reaccionar. Sí, podemos hacer mucho por nuestros prójimos, porque Dios es compasivo y se cuida de los pobres y se servirá de nosotros como instrumentos. Seremos así instrumentos de la providencia. Seremos como las manos de Dios. No temamos a nada en la vida. Temamos sólo al pecado de omisión, a la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Recordémoslo: en los pobres y enfermos, servimos a Jesús.

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  2. “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” Mt 22,36

    El evangelio de este domingo nos presenta de nuevo una pregunta hecha por los fariseos que continúan queriendo poner a Jesús a prueba. Ellos desean que él caiga en contradicciones o que diga algo contrario a la Ley de Moisés para que puedan acusarlo y matarlo.
    La intensión de los fariseos se manifiesta con esta pregunta, aunque buena e interesante, en verdad, quiere ser una trampa para hacer caer a Jesús. Esto nos hace pensar que pueden existir muchos motivos diversos por los cuales nosotros podemos hacer una pregunta.
    Podemos hacer una pregunta como un medico, donde la justa respuesta será un bien para el propio paciente. Podemos hacer una pregunta como un profesor en el día de examen, queriendo solamente saber si el alumno es capaz de dar la respuesta justa. Podemos preguntar como un abogado en un tribunal, que quiere hacer caer al testigo en contradicción o colaborar con su acusación. Podemos hacer una pregunta solo por curiosidad, para controlar mejor a los demás. Podemos hacer una pregunta como un político, pensando en quitar provecho y manipular la respuesta. Podemos hacer una pregunta como un enemigo, queriendo colocar a la persona en mala situación. Podemos hacer una pregunta como un amigo que se interesa por la vida y el pensamiento del otro. Y por supuesto, podemos hacer una pregunta como un discípulo, esto es, como uno quiere conocer mejor la propuesta para poder vivir más profundamente su fe.
    Como sacerdote, ya he encontrado muchas personas que me querían hacer preguntas sobre la fe, sobre la vocación, sobre la relación con Dios y sobre la vida eclesial, pero en verdad pocas tenían la motivación de un discípulo. Algunos solo querían escuchar una respuesta que les confirmara en sus prejuicios, y aunque intentara darles una respuesta diferente, ellos no eran capaces de escuchar. Otros solo querían colocarme en ridículo delante de los demás con preguntas capciosas y maliciosas. Otros querían poder manipular mis palabras o mis raciocinios para que todo se quedara a favor de ellos. Otros querían demostrar que la fe es una cosa ingenua e insostenible y que la Iglesia es anticuada y retrograda. Delante de esta manipulación del dialogo, a veces no sabemos si es útil o no responder.
    Todavía, sabemos que no sirve para nada hablar de los demás si no somos capaces de mirarnos a nosotros mismos. También muchas veces hacemos muchas preguntas sobre estos argumentos espirituales, pero debemos verificar cual es nuestra intensión. Cuando preguntamos alguna cosa a Dios, debemos de verdad desear su respuesta y estar dispuestos a trasformar con ella nuestra vida. Dios, cuando descubre que nuestra pregunta nace de un corazón que quiere ser discípulo, que quiere descubrir un modo de vivir más intensamente, que está buscando crecer en la fe y encontrar nuevos modo de expresarla, entonces nos responde dándonos el don de su Espíritu.
    Infelizmente este no era el caso de los fariseos. Ellos solo querían colocar a Jesús a prueba. La respuesta exacta de Jesús sobre la centralidad del amor en la ley de Dios, no cambió en nada la vida superficial de ellos.
    También nosotros seremos como los fariseos, si este domingo salimos de la Iglesia sin haber hecho el propósito de en nuestras vidas amar a Dios sobre todo y al prójimo como a nosotros mismos. No basta saber que este es el mandamiento más importante si yo no lo pongo en práctica. Es importante saberlo, pero esto aun no es nada. Es importante saber la receta de la torta para poder hacerla, pero nadie es un buen cocinero solo por saber la receta, si nunca hizo de verdad una buena torta.
    Señor, enséñame a saber preguntarte las cosas como un discípulo, queriendo sinceramente conocer la respuesta para conformar mi vida. Pero, Dios, no permitas que yo conozca las cosas solo intelectualmente. No permitas que yo sepa claramente cuáles son las verdades centrales de mi fe sin que las practique. Yo sé que la coherencia total es muy difícil, pero sé también que con tu gracia puedo aproximarme siempre más a aquel que es mi ideal. Enséñame no solo a saber que debo amar, sino que ayúdame a amar de verdad.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.
    Hno Mariosvaldo Florentino, capuchino

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  3. EL EVANGELIO DEL DOMINGO | Domingo, 23 de Octubre de 2011
    Amar con obras

    Los textos de la misa nos muestran la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y a la vez la perfección y la novedad de este. En la primera lectura, vemos ya enunciado con toda claridad el Primer mandamiento: Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Era un pasaje muy conocido por todos los judíos, pues lo repetían dos veces al día, en las plegarias de la mañana y de la tarde.

    En el Evangelio (Mc 12, 28-34) leemos cómo un doctor de la ley le hace una pregunta llena de sinceridad al Señor. Este doctor había oído el diálogo de Jesús con los saduceos y había quedado admirado de su respuesta. Esto le movió a conocer mejor las enseñanzas del Maestro: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?, le pregunta. Y Jesús, a pesar de las duras acusaciones que lanzará contra los fariseos y los escribas, se detiene ahora ante este hombre que parece querer conocer sinceramente la verdad. Al final del diálogo, incitándole a dar un paso más definitivo ante la conversión, tendrá para él una palabra alentadora: No estás lejos del Reino de Dios, le dirá. Jesús se detiene siempre ante toda alma en la que se inicia el más pequeño deseo de conocerle. Ahora, pausadamente, el Señor le repite las palabras del texto sagrado: Escucha Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…

    Este es el primero de los mandamientos, resumen y culminación de todos los demás. Pero, ¿en qué consiste este amor? El cardenal Luciani, que más tarde sería Juan Pablo I , comentando a San Francisco de Sales, escribía que “quien ama a Dios debe embarcarse en su nave, resuelto a seguir la ruta señalada por sus mandamientos, por las directrices de quien lo representa y por las situaciones y circunstancias de la vida que Él permite”. Y recuerda un diálogo figurado con Margarita, esposa de San Luis rey de Francia, cuando estaba a punto de embarcarse para las Cruzadas. Ella desconocía dónde iba el rey y no tenía el menor interés por visitar los lugares donde tendría que hacer escala; tampoco le importaban demasiado los peligros que seguramente surgirían. La reina solo tenía interés en un asunto: estar con el rey. “Más que ir a ningún sitio, yo le sigo a él”.

    “Ese rey es Dios, y Margarita somos nosotros si de veras amamos a Dios”. ¿Qué interés puede tener estar aquí o allí si estamos con Dios, al que amamos sobre todas las cosas? ¿Qué puede importar estar sanos o enfermos, ser ricos o pobres…? Solo Él basta: el lugar donde estemos, el dolor que podamos sufrir, el éxito o el fracaso, no solo tienen un valor siempre relativo, sino que nos han de ayudar a amar más. Bien podemos seguir el consejo de la santa: “Nada te turbe,// nada te espante,//todo se pasa,// Dios no se muda,// la paciencia todo lo alcanza;// quien a Dios tiene// nada le falta:// solo Dios basta” .

    El amor pide obras: confianza de hijos, cuando no acabamos de entender los acontecimientos; acudir a Él siempre, todos los días, y especialmente cuando nos sintamos más necesitados; agradecimiento alegre por tanto don como recibimos; fidelidad de hijos, allí donde nos encontremos… “En el castillo de Dios tratemos de aceptar cualquier puesto: cocineros o fregones de cocina, camareros, mozos de escuadra, panaderos. Si al Rey le place llamarnos a su Consejo privado, allí iremos, pero sin entusiasmarnos demasiado, sabiendo que la recompensa no depende del puesto, sino de la fidelidad con que sirvamos”. En el lugar donde nos encontremos, en la situación concreta por la que pasa nuestra vida, Dios nos quiere felices, pues en esas circunstancias podemos ser fieles al Señor. ¡Tantas veces necesitaremos decirle: “Señor, te amo…, pero enséñame a amarte!”.

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  4. Resumen y compromiso
    por Hno. Joemar Hohmann
    Mt 22,34-40

    Los saduceos y fariseos siguen provocando a Jesús y quieren sorprenderlo en cualquier cosa para tener con qué acusarlo.

    Uno de ellos, para ponerlo a prueba, le pregunta cuál es el mandamiento más grande de la ley mosaica. Es una trampa y una manifestación de desconcierto, pues la ley de ellos tenía 248 mandatos diciendo “haga esto” y 365 diciendo “no haga esto”, que finalmente, ellos andaban confundidos con tantos mandamientos: ¡eran 613 en total!

    Jesús le contesta: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu”. El segundo es semejante al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

    En verdad, ellos ya sabían cuál era el primer mandamiento (Dt 6,5), sin embargo, los separaban y daban una interpretación muy parcial al término “prójimo.” (Lev 19,18)

    Jesucristo presenta su revolucionaria novedad: define el amor a Dios y el amor al prójimo como el centro de toda enseñanza y testimonio de vida. Jesús es categórico: “De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”.

    Además, el Señor unifica y equipara los dos mandamientos, que los especialistas explicaban como distintos y separados.

    Jesús termina con la confusión y exige más coherencia de vida, pues presenta un excelente resumen de lo que es la fe, e indica que esta debe manifestarse en obras concretas hacia el ser humano real, que está alrededor mío.

    Nosotros nos preguntamos: “cuál es la voluntad de Dios hacia mí” y este resumen de Jesucristo lo aclara: amar a Dios sobre todo, más que al dinero y al poder.

    Amarlo de “corazón, alma y espíritu”, es decir, con una fe profunda y con una inteligencia que busca explicar y comprender la propia fe.

    Es situar a Dios, y sus cosas, como la primera prioridad de cada día, sea la oración, la lectura bíblica o la búsqueda del sacramento de la reconciliación. Es jamás faltar a la misa un domingo. Es ser humilde delante de mi Creador y reconocer que recibo de Él el aliento para seguir viviendo y seguir creyendo.

    Y el compromiso con mi prójimo ha de ser la expresión real de mi amor a Dios. Debo ser más tolerante, más dispuesto al diálogo y ser un luchador incansable de la justicia.

    Debo vencer mi egoísmo y mi codicia para servir a aquellos que me solicitan, y por ello, como hoy celebramos el Domingo Mundial de las Misiones, he de rezar por los misioneros y ser generoso en mi aporte para las misiones.

    Paz y bien.

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  5. domingo 23 Octubre 2011

    XXX Domingo del Tiempo Ordinario A

    Libro del Exodo 22,20-26.
    No maltratarás al extranjero ni lo oprimirás, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto.
    No harás daño a la viuda ni al huérfano.
    Si les haces daño y ellos me piden auxilio, yo escucharé su clamor.
    Entonces arderá mi ira, y yo los mataré a ustedes con la espada; sus mujeres quedará viudas, y sus hijos huérfanos.
    Si prestas dinero a un miembro de mi pueblo, al pobre que vive a tu lado, no te comportarás con él como un usurero, no le exigirás interés.
    Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes que se ponga el sol,
    porque ese es su único abrigo y el vestido de su cuerpo. De lo contrario, ¿con qué dormirá? Y si él me invoca, yo lo escucharé, porque soy compasivo.

    Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses 1,5c-10.
    Porque la Buena Noticia que les hemos anunciado llegó hasta ustedes, no solamente con palabras, sino acompañada de poder, de la acción del Espíritu Santo y de toda clase de dones. Ya saben cómo procedimos cuando estuvimos allí al servicio de ustedes.
    Y ustedes, a su vez, imitaron nuestro ejemplo y el del Señor, recibiendo la Palabra en medio de muchas dificultades, con la alegría que da el Espíritu Santo.
    Así llegaron a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya.
    En efecto, de allí partió la Palabra del Señor, que no sólo resonó en Macedonia y Acaya: en todas partes se ha difundido la fe que ustedes tienen en Dios, de manera que no es necesario hablar de esto.
    Ellos mismos cuentan cómo ustedes me han recibido y cómo se convirtieron a Dios, abandonando los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero,
    y esperar a su Hijo, que vendrá desde el cielo: Jesús, a quien él resucitó y que nos libra de la ira venidera.

    Evangelio según San Mateo 22,34-40.
    Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar,
    y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
    “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?”.
    Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.
    Este es el más grande y el primer mandamiento.
    El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
    De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”.

    Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Roberto Bellarmino (1542-1621), jesuita, obispo y doctor de la Iglesia
    Tratado sobre la ascensión de la mente hacia Dios, Grado 1: Opera omnia 6 (trad. breviario 17/09 – edición de 1862, 214)

    ¿Cuál es el gran mandamiento?
    ¿Qué es, Señor, lo que mandas a tus siervos? “Cargad, nos dices, con mi yugo”. ¿Y cómo es este yugo tuyo? “Mi yugo, añades, es llevadero y mi carga, ligera”. ¿Quién, no llevará de buena gana, un yugo que no oprime, sino que anima; una carga que no pesa, sino que reconforta? Con razón añades: ” y encontraréis vuestro descanso” (Mt 11,29). ¿Y cuál es este yugo tuyo, que no fatiga sino que da reposo? Por supuesto aquel mandamiento, el primero y el más grande: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón”. ¿Qué más fácil, más agradable, más dulce que amar la bondad, la belleza y el amor, todo lo cual eres tú, Señor Dios mío?
    ¿Acaso no prometes además un premio, a los que guardan tus mandamientos “más preciosos que el oro y más dulce que la miel del panal”? (Sal. 18,11) Por cierto que sí, y un premio grandioso, como dice tu apóstol Santiago: “El Señor preparó la corona de vida para aquellos que lo aman” (1,12)… Y así dice san Pablo, inspirándose en el profeta Isaías: ” Ni el ojo vió, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman ” (1Co 2,9)
    En verdad, es muy grande el premio que proporciona la observancia de tus mandamientos. Y no sólo aquel mandamiento, el primero y el más grande es provechoso para el hombre que lo cumple, no para Dios que lo impone, sino que también los demás mandamientos de Dios, perfeccionan al que los cumple, lo embellecen, lo instruyen, lo ilustran, lo hacen en definitiva bueno y feliz. Por esto, si juzgas rectamente, comprenderás que has sido creado para la gloria de Dios y para tu eterna salvación, comprenderás que éste es tu fin, que éste es el objetivo de tu alma, el tesoro de tu corazón. Si llegas a este fin, serás dichoso, si no lo alcanzas, eres un desdichado.

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