La figura del padre

Carlos Ayala Ramírez

Director de Radio Ysuca

En el mes de junio se celebra el Día del Padre, y es una ocasión propicia para reflexionar sobre el valor de su figura, independientemente de los modelos o estereotipos de padre que pueden predominar en una sociedad determinada. La experiencia enseña que la ausencia del padre en el seno familiar provoca desequilibrios psicológicos y morales, además de dificultades notables en las relaciones familiares; como también, en circunstancias opuestas, la presencia opresiva del padre, especialmente donde domina el fenómeno del machismo, es causa al menos de violencia intrafamiliar. Si a esto sumamos la cada vez más difundida irresponsabilidad paterna, tenemos una imagen del padre bastante deteriorada. De ahí la necesidad de rescatar el valor de su figura y proyectarla hacia una de las instituciones más importantes de la humanidad: la familia.

Erich Fromm, cuando habla del amor paterno, sostiene que este es enteramente distinto al de la madre: la madre es el hogar de donde venimos, la naturaleza, el suelo, el océano; el padre – en cambio – no representa un hogar natural de ese tipo. Pero, si bien el padre no representa el mundo natural, significa el otro polo de la existencia humana; el mundo del pensamiento, de la ley y el orden, de la disciplina. El padre es el que enseña al hijo o a la hija, el camino hacia el mundo. Cuando falta este referente o hay una presencia negativa, se producen problemas relacionados con la identidad masculina, el sentido de protección, el concepto y ejercicio de autoridad (que no es sinónimo de autoritarismo ni abuso o arbitrariedad), la responsabilidad ciudadana, la formación del talante del futuro padre, etc.

 

Leonardo Boff, en su libro “San José, la personificación del padre”, afirma que éste es el modelo simbólico de la disciplina, el derecho, el deber, la autoridad y los límites que deben establecerse en la convivencia social. De ahí que toca al padre hacer que el hijo comprenda que la vida no es sólo cariño, sino también trabajo; que no es sólo bondad, sino también conflicto; que no sólo hay éxitos, sino también fracasos; que no hay sólo ganancias, sino también pérdidas. A esto se le suele llamar el principio antropológico del padre (patrón ejemplar) que es distinto a los modelos históricos concretos que puede tomar ese rol, el modelo patriarcal por ejemplo, con sus fuertes rasgos de represión y exclusión es uno de ellos.

 

Ahora bien, cuando el padre está ausente de la familia o hay sólo una familia materna – sostiene Boff – los hijos parecen mutilados, pues se muestran inseguros e incapaces de definir un proyecto de vida. Tienen una enorme dificultad para aceptar el principio de autoridad y la existencia de límites, viven un conflicto permanente entre el padre arquetípico (fuente ejemplar), que funciona como puente para el mundo social, cuya ausencia sienten o anhelan, y la madre concreta con quien viven y representa el hogar, el cariño y la intimidad.

 

En otras palabras, a la figura del padre pertenece ser puente entre la familia y la sociedad; para ello nada mejor que educar en la co-responsabilidad, haciendo participar a los hijos e hijas de las dificultades y necesidades de la familia. La mejor educación no es aquella que funciona según la dinámica de la comodidad, o la satisfacción del capricho, o la superprotección ante las adversidades, sino aquella que hace a los sujetos capaces de ser libremente responsables ante las diversas situaciones de la vida. La mejor educación no consiste en la mayor ocultación de las realidades difíciles o negativas que se presentan en la convivencia, sino en la capacitación para asumirlas tomando en serio la propia condición humana.

 

En suma, la figura del padre, pues, puede y debe ayudar a los hijos e hijas a cumplir con los compromisos y con la palabra dada; a aceptar los resultados de sus acciones, y ser responsable de lo que se recibe como encargo; a ganar la confianza de los demás por su proceder honrado; a ser constantes en la lucha y superación de los obstáculos; a saber tomar decisiones propias; a saber aceptar el sacrificio, las pruebas y fracasos; a superar la comodidad, el conformismo o la cobardía. Como se ve, el rol del padre va mucho más allá de la tradicional “función paterna de proveedor”; que es la suele destacarse en la festividad que hoy reseñamos. Tal vez, cuando descubramos la importancia de ser “padre”, optemos por transformar la presencia autoritaria y machista del mismo, y por cultivar su función humanizadora: dando libertad y exigiendo responsabilidad.

 

Terminamos con una historieta que puede ilustrar lo que aquí hemos denominado la figura del padre.

 

Una niña se acercó a su papá y le dijo: -Papá, me siento muy culpable por algo que he hecho mal.

 

-No has de sentirte culpable, hija mía. -¡Pero si todavía no sabes lo que he hecho mal¡- exclamó la niña.

 

-No importa lo que hayas hecho, si te sientes culpable jamás arreglarás el problema y jamás aprenderás.

 

-¿Cómo he de sentirme entonces? -preguntó la niña algo desorientada.

 

-Sencillamente- dijo su papá-, has de sentirte responsable, no culpable. No sé qué has hecho, pero sea lo que sea no eres culpable, eres responsable, asúmelo cuánto antes y deja de sentirte culpable si no quieres volver a cometer el mismo error muy pronto.

 

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